19 de junio 2012 - 00:00

Europa, paralizada mientras avanza más el incendio

El descalabro de Europa es evidente. La situación es la peor desde que se pactó la moneda común. Nunca España e Italia estuvieron tan maniatadas y a la merced de la borrasca. El sistema bancario europeo está paralizado. No se habla de ello, pero no se puede ocultar. A medida que se hunde el valor de la deuda española e italiana, más crujen sus cimientos. En realidad se agrietan, pero no crujen porque el BCE aceitó sus goznes en diciembre y febrero con un billón de euros en pases. No se puede hablar, en estos momentos, de un mercado interbancario que funcione. Se espera con ansias una respuesta de política que ataje el avance subterráneo de los problemas, pero no llega. La carta accesible a mano era la recapitalización directa de la banca española con los fondos del muro cortafuegos. Sin embargo, Alemania la retiró del mazo. Y, al hacer fracasar el rescate bancario español, que murió antes de nacer, avivó la crisis. La ruta del contagio está expedita.

España no puede financiarse en la intemperie de tasas a diez años que suben todos los días y ya exceden el 7%. Es que el segundo comodín -la reanudación de las compras de deuda soberana en los mercados secundarios por parte del BCE- tampoco se vuelca sobre la mesa. Europa se desmorona y el BCE hace catorce semanas que no sale al ruedo a ponerles el pecho a las balas. A estas tasas España se insolventa y no tendrá más remedio -como antes Grecia, Irlanda y Portugal- que abogar por su propio rescate. Pero Italia le sigue los pasos. Ya paga las tasas que, una semana atrás, le erizaban los cabellos a Madrid. Y cualquiera sabe, aunque por ahora no se piense en ello, que si la atrapan las llamaradas, arderá París. Europa tiene los medios para apagar el fuego, pero como se empeña en no utilizarlos, el incendio avanza.

Templanza

Eso sí, esta vez, no hay pánico (salvo entre los directos damnificados). Wall Street exuda templanza. Confía. Tim Geithner, que el año pasado caminaba por las paredes rogándole a Europa alistar una gran bazuka disuasoria, se muestra comprensivo. Y dice entender las razones de Alemania. Su tranquilidad, por cierto, tranquiliza. Después de todo, dos semanas atrás, el presidente Obama le había reclamado a Europa que tomara por fin el toro por las astas. No lo hizo. Quizás ya no importe. Flota la idea de que lo que está en juego es demasiado importante como para permitir que se rompa.

Cuando se examina el muro cortafuegos, uno se da cuenta: la contribución que deben aportar España e Italia representa un tercio de los recursos. ¿Se rescatarán a sí mismos si los tapa la marea? Se entiende que Alemania no quiera cargar con el costo del salvataje de media Europa, que sea renuente a mutualizar la deuda, pero, en los hechos, ¿ello no está ocurriendo ya? Si la objeción fuese puramente pecuniaria, la solución más barata era, por lejos, la que se desechó para los bancos españoles. Permitir que la crisis se eternice y no darle solución al drenaje de depósitos bancarios en los países castigados, en una unión monetaria que respeta todavía la libre movilidad de capitales (como lo establece el artículo 66 de su tratado constitutivo), es lo mismo que emitir eurobonos a cuatro manos y cederles los recursos (que el mercado interbancario les niega) a los bancos afectados. ¿No lo sabe Merkel? ¿Cómo piensa que cobrará esos créditos el BCE si todo se va al diablo?

Grecia, es cierto, no votó por abandonar el euro, y no produjo la conmoción que se temía. Pero esa posición jamás tuvo consenso, no era el centro de la contienda interna y mucho menos talló en los resultados de ninguna de las dos elecciones. Fue la propia eurozona -a instancias de Berlín- la que instaló el asunto y amenazó con la expulsión de los griegos si no votaban como debían. Como antecedente para una unión monetaria que se pensó como irrevocable no puede haber otro baldón más horrible. La crisis no se solucionará pronto. No sería imposible, pero no es la voluntad extinguirla antes que alumbre su parición de ajuste y reformas. «Llevará años», vaticina Merkel, que es juez y parte. Ésta no será, pues, la última elección que habrá que afrontar.

Ni Grecia, el único país en dificultades. Y el descontento no se limita tampoco a los que les va mal. También reniegan los que se ven a sí mismos pagando la factura si ocurre un desastre. ¿Habrá que jugar el destino de la unión monetaria en cada elección? Dice bien Merkel que Europa debe abogar por más Europa. Que hay que avanzar hacia la unión política. ¿En qué país conocido, una provincia que padece dificultades financieras, por ese solo motivo, corre el riesgo gemelo de la expulsión? De momento, Atenas salvó el examen. Entre un ladrón y un loco eligió el casillero recomendado. Pero no será fácil. El asunto no es Grecia que, puesta contra la pared, todavía obedece las reglas. El problema estriba en los que hacen las reglas. Allí es donde se extravió la brújula.

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