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Fiba: la oferta nacional fue más sólida que la extranjera
La única intervención callejera estuvo a cargo de La Biznaga Teatro de México, que en la Plaza de la República instaló «Las cajas voyeuristas».
La programación nacional ofreció un nivel artístico más parejo que el de las producciones extranjeras, si bien en ambos casos las propuestas fueron heterogéneas. Se incluyeron varias obras del interior y seis estrenos (con obras de Luis Garay, Joaquín Bonet, Andrés Binetti, Gerardo Hochman, Lisandro Rodríguez y Fernando Rubio) surgidas del concurso Proyectos Teatrales, organizado por el Festival junto al Instituto Nacional de Teatro.
En calidad de retrospectiva también se ofrecieron tres obras del director Claudio Tolcachir (entre ellas su gran éxito internacional, «La omisión de la familia Coleman»). La grilla internacional deparó sorpresas y decepciones y, como ya es habitual, también dividió opiniones. Empezando por el maestro Peter Brook que desconcertó a sus admiradores con dos espectáculos de una austeridad franciscana, muy lejos de aquel maravilloso espectáculo que trajo al Fiba en 1999, «The Man Who...», basado en el libro del neurólogo Oliver Sacks «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero».
Pasaron los años y el venerable director inglés de 86 años parece haber llegado a una síntesis extrema en su búsqueda de lo esencial. Su versión de «La flauta mágica» de Mozart (reducida a una hora y media de duración) fue aprobada por algunos operómanos, pero no contentó al público teatrero que esperaba una puesta de mayor espesura. Pese al encanto y frescura de este relato escénico su puesta en escena resultó naïf.
El otro espectáculo de Brook, «Warum, warum» («¿Por qué? ¿Por qué?») que reemplazó al unipersonal de Patrice Chereau por encontrarse éste enfermo, tampoco resultó muy convincente. Unos lo recibieron como una «master class» irónica y decontractée, pero demasiado abocetada como puesta en escena, mientras que otros disfrutaron de sus ingeniosas citas de Meyerhold y Artaud y del subyugante histrionismo de su protagonista -la actriz alemana y de origen africano Miriam Goldschmidt, habitual colaboradora de Brook desde los años 70. La acompañó en escena el músico Francesco Agnello quien deslumbró a todo el mundo con su «Handpan», un exótico instrumento de percusión cuyo sonido, casi místico, semeja al del gamelan y al del cuenco tibetano.
El «Hamlet» versionado por el director alemán Thomas Ostermeier tuvo buena aceptación. Lo más destacable: su imponente escenografía y la actuación casi clownesca de Lars Eldinger. En cambio, el actor Fabian Hinrichs (un divo al que hubo que cambiar cuatro veces de hotel, porque no podía concentrarse) ofreció una performance menos carismática de lo esperable en «¡Te estoy mirando a los ojos contexto social de ofuscación!» una suerte de parodia al teatro interactivo.
Lo mejor del festival fue el espectáculo del alemán Heiner Goebbels, «Eraritjaritjaka, Museo de frases», con la presencia del cuarteto holandés Mondriaan, textos de Elias Canetti y un magnífico actor, André Wilms encarnando a un intelectual ya maduro que es seguido por una cámara de video en una extraña espiral de realidad y ficción. La española Angélica Liddell no dejó a nadie indiferente con su espectáculo autobiográfico «Yo no soy bonita» en el que evocó un episodio de abuso infantil del que fue víctima, en medio de rituales de autoflagelación. Algunos criticaron su morbo y autocompasión, otros en cambio valoraron la autenticidad de su compromiso escénico, ratificado en la entrevista pública que le hizo Emilio García Wehbi.
Los italianos del grupo «Motus» también apostaron al relato testimonial, pero con una proyección más política y social. «Alexis, una tragedia griega» tomó el caso de un adolescente griego asesinado por la policía en una manifestación para reflexionar sobre el papel del teatro en la actualidad, con apuntes sobre la «Antígona» de Sófocles y material periodístico en video. Pero fue Chile el que llevó la delantera en cuanto a teatro político. «La amante fascista» de Víctor Carrasco, pese a ciertos desniveles en su dramaturgia, impactó por su humor negro y por la desfachatez de su protagonista, una dama de ultraderecha encarnada por la excepcional actriz chilena Paulina Urrutia.
El dramaturgo y director Guillermo Calderón (es la segunda vez que participa de un Fiba) habilitó varias líneas de reflexión con su díptico «Villa+Discurso». En primer lugar, tres mujeres debatiendo sobre el destino de un ex centro de tortura y exterminio y a continuación un imaginario discurso de despedida de la ex presidenta Michelle Bachelet. El espectáculo se ofreció en las instalaciones del Parque de la Memoria lo que hizo que esta experiencia resultara aún más conmovedora e impactante. También participaron del Festival los eximios bailarines de la Sao Paulo Companhia de Danza, la gran cantante flamenca Estrella Morente (muy poco publicitada lamentablemente) y la compañía Théatre Nanterre-Amandiers con una versión de «Medea» menos interesante de lo que se esperaba, salvo por su magnífico coro proveniente de Burkina Faso.
La única intervención callejera estuvo a cargo de La Biznaga Teatro de México que en la Plaza de la República instaló «Las cajas voyeuristas» para que los transeúntes «espiasen» breves relatos de la historia mexicana.
Sería de esperar que en las próximas ediciones aumente el número de actividades paralelas, con ciclos de cine en la Sala Lugones del San Martín y con mayores espacios de reflexión crítica (como en años anteriores), para que el público pueda tener una mayor comprensión de los espectáculos exhibidos, sobre todo de los internacionales.


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