3 de octubre 2016 - 00:00

Filarmónica de Hamburgo: la magia de una gran orquesta

La casi bicentenaria orquesta estatal alemana justificó su prestigio en dos conciertos que tuvieron al cellista francés Gautier Capuçon, para el “Don Quijote” de Richard Strauss, la primera noche, y a la mezzo japonesa Mihoko Fujimura para los “Wesendonck Lieder”, en la segunda, dedicada a Wagner.

Nagano. Es un director inquieto en cuyo talento musical confluyen numerosas influencias y culturas.
Nagano. Es un director inquieto en cuyo talento musical confluyen numerosas influencias y culturas.
Es difícil, cuando se habla de la Orquesta Filarmónica Estatal de Hamburgo, creada en 1828, disociarla del concepto de tradición musical y sonora. Pero podría decirse que sólo asistiendo en vivo a la magia y la perfección de este ensamble esos conceptos cobran vida, como sucedió en las presentaciones que brindó para el Mozarteum en el Teatro Colón.

Su titular desde el año pasado es Kent Nagano, un director inquieto en cuya sabiduría musical confluyen numerosas influencias y culturas, y su experiencia se manifiesta en la pulcritud de sus gestos, a los que en el concierto les basta echar a rodar el mecanismo de esa máquina perfecta que es la Filarmónica de Hamburgo.

Los programas de estas presentaciones conformaron una suerte de políptico de autores emblemáticos del repertorio germano. Pero, además, cada uno de ellos tuvo una estructura que resumió en cierto aspecto la oposición entre música descriptiva y música abstracta, una de las grandes querellas estéticas del Romanticismo. Sin embargo, la lectura que Nagano hizo de las sinfonías 1 de Brahms y 6 de Bruckner, que ocuparon la segunda parte de los conciertos de jueves y viernes, respectivamente, pareció superar esas diferencias gracias al dramatismo y a la virtud cromática que supo imprimirles.

El jueves el concierto se inició con un homenaje a Miguel de Cervantes a 4 siglos de su muerte con el "Don Quijote" de Richard Strauss. La interpretación no podría haber sido más teatral, no sólo por el realismo con el que fueron plasmados los efectos orquestales, sino, y especialmente, por la participación del cellista francés Gautier Capuçon (secundado de manera impecable por la violista Naomi Seiler y el concertino Konradin Seitzer). Constantemente atento y conectado con la orquesta y el director, Capuçon impactó por la tersura de su sonido y su expresividad. Hubo, además, un gesto elocuente respecto de su compromiso con la obra: tras el último suspiro del cello (Don Quijote), inclinó su cabeza, y así continuó hasta el final.

El viernes la primera parte estuvo dedicada a Wagner, en dos obras íntimamente ligadas. Después de una versión sublime del preludio y la muerte de amor de "Tristán e Isolda", la mezzosoprano japonesa Mihoko Fujimura se sumó para interpretar los "Wesendonck Lieder" con color y expresividad interesantes. Tras la extenuante sexta de Bruckner era lógico que no hubiera bises. Sí los hubo el jueves: un fragmento de "Rosamunda" de Schubert y el final del "Concert romanesc" de Ligeti, vertido con garra y energía arrolladoras.

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