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Floja sátira sólo para fanáticos de “Fierro”
Esta película ganó el concurso del Bicentenario convocado por el Incaa. Dos preguntas surgen de inmediato: ¿tan malos eran los otros concursantes?, ¿y quiénes integraron el jurado? (¿alguno habrá votado en disidencia?). Porque el guión es flojo, la sátira que pretende es relativa, y la película bastante fallida, pese a los efectos especiales y los amplios gastos que tuvo.
Originalmente protagonista de un cuento de Juan Sasturain publicado en los 90 en un libro donde también figuraba San Jodete, y otros personajes «ejemplares», Zenitram es un flaco abombado de Villa 31, Martínez, recolector de basura, que una noche, en un mugroso baño público, tiene una revelación. Le basta gritar su nombre al revés mientras se aprieta groseramente los genitales, para que haya un cambio en su vida. Un periodista propio de pulp fiction, un presidente chanta y un sujeto de negocios turbios con el agua clara procuran «desarrollar su imagen». Transcurre el 2025 y el consumo de agua potable ha sido privatizado, cada grifo funciona con la tarjeta de un monopolio español pegado al gobierno. Aparte hay un vecino científico, que estudia cómo mejorar las corrientes de agua para que sea gratis (adosado de la novela «Los sentidos del agua»), su hija agallegada con pretensiones revolucionarias, un latino llamado Harry el Trovador, y la madre del héroe. Que es un pavote cervecero, se marea cuando vuela, por lo que esnifa antes de cada misión, carece de músculos y también de cerebro, en fin, es el superhéroe argentino del futuro.
Ciertos chistes son buenos, pero no abundan. Hay una atendible imagen de ciudad futura incorporando al Kavanagh, las moles escultóricas que el mítico Salomone dejó en Azul y Pringles, algunas participaciones amistosas para el recuerdo (Jorge Rulli, hoy militante ambientalista, el plástico Daniel Santoro, Montes Bradley en rol de médico, etc.), algunas situaciones sin continuidad (por ejemplo, el niño que quiere aprender el oficio de superhéroe y éste lo pone a sellar papeles), no mucho más. Tal como quedó, y encima con una fotografía coherente pero dificultosamente reventada, la obra apenas es equiparable a una historieta del subtemento «Oxido», de «Fierro», no da para metáfora bien hecha (eso lo hizo mejor «La sonámbula», de Fernando Spiner), ni para cinta bizarra de culto como las de Farsa Producciones, y encima miente, diciendo que éste es el primer superhéroe argentino. ¿E Hijitus?
Para observadores: Zenitram también se llama un singular caricaturista, y era además el nombre de una vieja fábrica de depósitos de agua para baños públicos, propiedad de unos inmigrantes de apellido Martínez. Por ahí va la broma inicial, que podría seguir con la vieja fábrica de cerámicas Iggam, de los inmigrantes Maggi, etcétera.
P.S.


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