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Frutas y verduras exóticas, una alternativa para el agro norteño

Sin embargo, una propuesta que tiene menos de una década está tomando cuerpo y da señales de poder convertirse en uno de los disparadores del despegue de, al menos, media docena de estados norteños: la producción de frutas y verduras tropicales.
Es que aunque resulte difícil de creer, la Argentina sigue siendo un importador neto de cantidad de alimentos de zonas «calientes», que superan los u$s 250 millones anuales de compras, tanto en fresco como con sus múltiples derivados (concentrados, jugos, pulpa, esencias, etc.) y que recién ahora se «descubre» que se pueden producir con suceso en el territorio. Y esto no se refiere sólo al ananá (el consumo anual es de 30.000 toneladas, el 98% importado), la palta (ya con más de 1.100 hectáreas, pero aún se importa cuatro meses al año) o la banana, cuya producción formal ya se había iniciado en los 90 (ver aparte), sino también a productos mucho más sofisticados y hasta desconocidos.
De tal forma, a los clásicos mamón (mayoritariamente industrial, para fruta abrillantada), zapallos, citrus y mangos se fueron agregando las granadas (el principal consumidor de granadina, con 34 millones de litros anuales, es China), chirimoyas, distintos tipos de vides y duraznos, el maracuyá, el caqui, las guayabas o la glamorosa macadamia, una sofisticada nuez de altísimo valor gourmet y también para cosmética.
Especies asiáticas
Y no fue sólo eso, también especies exóticas, muchas asiáticas, como el lichee, la carambola y el dragon fruit, una especie de tuna gigante deliciosa, irrumpieron en la región y comenzaron a multiplicarse.
Y el efecto no se hizo esperar: los productos tradicionales (melón, sandía, zapallos, batata, etc.) se vieron beneficiados por las novedades que traía de la mano una tecnología muy superior a la que, hasta entonces, ostentaba la producción local, en muchos casos apenas de subsistencia.
Con el avance también aparecieron los «inventos», como las cosechadoras de banana (que evitan los golpes a la fruta, caracterizados por las «pecas» oscuras en la cáscara) o el recolector de zapallos, entre otros avances.
El corolario se produjo en la cuarta edición de Frutar 11, organizada por la Agencia de Desarrollo Empresarial de Formosa y el Consejo Federal de Inversiones (CFI), que se realizó recientemente en la capital provincial, donde se lanzó finalmente la Mesa Nacional de Frutas Tropicales que, entre otras cosas, busca lograr una política unificada para la actividad que, de hecho, ya cuenta, en varios casos, con apoyo del CFI y también del PROSAP, el millonario programa que se articula desde el Ministerio de Agricultura con algunas provincias.
Sin embargo, aún son muchos los déficits, sobre todo si se considera la fragilidad y lo perecedero del producto. Es que si bien por clima y por suelo las producciones son perfectamente factibles y las pruebas están a la vista, energía, infraestructura y mano de obra calificada constituyen cuellos de botella casi tan importantes como los capitales que se necesitan para producir en escala.
Es que ya no se trata de pequeños predios con producciones familiares que se venden al minoreo. Ahora son establecimientos integrales, sistemas de producción empresarios o esquemas que reúnen a los productores más chicos, califican, procesan y venden a los grandes mercados del país, aunque el proyecto podría ser más ambicioso tras la primera etapa de disminuir el monto de importaciones, y luego directamente eliminarlo.
Sustituir importaciones
Así, lo que comenzó como esfuerzos aislados en distintas provincias, y que en el caso de la banana hasta tuvo luego un importante retroceso productivo que ahora comenzó a revertirse, y que apuntaba a la «contención social», ahora busca ser un esfuerzo nacional con el objetivo, ambicioso, de sustituir importaciones.
Pero para eso, además de los capitales y de la estabilidad de las reglas de juego, hace falta garantizar la provisión de energía, una red de frío, transporte (Formosa inició la construcción de 900 km de vía férrea hacia Salta, en el oeste), etc. que permita el procesamiento integral y la salida de la producción del norte del país hacia los grandes mercados locales, y por qué no, del exterior.
El potencial es de unas 50.000 hectáreas para frutas y hortalizas con inversiones «sobre la tierra» que van desde algunos miles de dólares hasta u$s 50.000 y 100.000 por hectárea, según el grado de integración y sofisticación de los sistemas, algunos de los cuales incluyen coberturas para evitar los daños eventuales de alguna helada, uno de los principales peligros de la zona.
El caso es que lo que hasta hace 5-6 años era un proyecto sólo de contención social, ahora comenzó a cobrar vuelo y puede constituir la punta de lanza para el despegue económico de toda la región, con inversiones, desarrollo de infraestructura, sustitución de importaciones, y hasta ingreso de divisas en un plazo no tan largo.


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