Gabinete K: espera entre ansiosos y clandestinos

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• Sucesiones bonaerenses.
• Dolarizados.
• De Vido entrena.
• La táctica de la invisibilidad

El episodio ocurrió cuatro años atrás. Cristina de Kirchner pretendía asumir su primer mandato con un gabinete renovado. Su esposo, Néstor Kirchner, se resistía. Desde Chile, por oportuno azar, apareció un árbitro casual: el senador socialista Carlos Ominami.

El chileno contó, durante una charla en Olivos con el matrimonio Kirchner, la mala hora del flamante Gobierno de Michelle Bachelet, que al jurar barrió con el gabinete de su antecesor, Ricardo Lagos, y repartió la mitad de los ministerios entre mujeres.

A los meses, Bachelet naufragaba en un océano de crisis y debió recurrir a la burocracia partidaria entrenada en administrar. «No es fácil hacer un ministro: no se hace de un día para el otro», dijo Ominami. Se dice que así se frustró el recambio que impulsaba Cristina.

Una de las intrigas centrales del nuevo gabinete cristinista revisita aquella anécdota porque, más allá de los nombres, refiere a la dimensión y profundidad del retoque. ¿Cuántas poleas del engranaje estatal está dispuesta a cambiar la Presidente?

Se vacían, a priori, dos oficinas primordiales de la administración: el jefe de Gabinete y el ministro de Economía. Simple: en el instante en que Cristina de Kirchner ubicó a Aníbal Fernández y a Amado Boudou en las listas, Julio De Vido tuvo la íntima confirmación de que seguiría como ministro.

Expulsar al titular de Planificación -o dejarlo ir, según el relato de sus entornistas, que sostenían que De Vido ansiaba su retiro- significaría terminar de desarticular el «scrum» que se encargó durante estos años de los oficios y las tareas de coyuntura.

La misma lógica, susurran en despachos ultra-K, induce a pensar a De Vido como el futuro jefe de Gabinete. Un funcionario que el 10 de diciembre deja el Ejecutivo apostó, entre amigos, que el responsable de Planificación será el futuro jefe de todos los ministros.

Un libreto idéntico alimenta la hipótesis de los fans que ansían que sea Carlos Zannini el sucesor del Fernández de Quilmes. Pero «el Chino» ha hecho de la invisibilidad un don y una marca. Además, por su vínculo preferencial con Cristina opera como ministro mayor.

La irrupción de figuras extragabinete, como Nicolás Fernández o Agustín Rossi, parece descartada. Quedan, en tanto, en el bolillero otros dos nombres: Florencio Randazzo y Juan Manuel Abal Medina. A esa ruleta se sumó otro jugador: Carlos Tomada.

El rasgo, en cualquier caso, parece ser la rotación de piezas. «Un ministro no se hace fácil», diría, si se encargara del lobby de los que pretenden seguir, Ominami.

Junto a Zannini, De Vido, Aníbal F. y Oscar Parrilli, Tomada forma parte del pelotón de los ministros modelo 2003. Por esa razón, se habló de una embajada, destino similar al que, semanas atrás, se anticipó para el titular de Justicia y Derechos Humanos, Julio Alak.

Sin embargo, al platense le dieron tareas que a simple vista exceden lo que pueda hacer hasta el 10 de diciembre. Como el personaje de Fontanarrosa, los funcionarios miran el vuelo de los pájaros para tratar de adivinar qué les depara el futuro inmediato.

Lo sabe Héctor Timerman. Al canciller le habían anotado todos los boletos para dejar su cargo, pero su suerte ahora huele distinto. Si continúa, debería enviarles obsequios a sus detractores, que al anticipar con tanto fervor su salida quizá ayudaron a confirmarlo.

A los tres cambios forzados -Boudou, Fernández y Julián Domínguez, de Agricultura-, ¿cuántas variantes agregará la Presidente? Noemí Rial espera que se premie su persistencia. Para Justicia suenan León Arslanian y el actual vice, Julián Álvarez.

Hay que escarbar en ese nombre: se atribuye a Eduardo «Wado» de Pedro, a quien tributa Álvarez, soñar para sí mismo el lugar que ocupa Alak para, desde ese sillón, encarar una reforma judicial. «Wado» ya ha deslizado, ante la Presidente, algunas ideas sobre ese plan.

El otro casillero sensible es Economía. Ese cargo está en proceso de dolarización. La crisis del billete estadounidense puede convertirse en el elemento que decida a Cristina de Kirchner sobre la herencia de Boudou entre Mercedes Marcó del Pont y Juan Carlos Fábrega.

El nombre de Hernán Lorenzino dejó de ser agitado a diario: quizá sea, solamente, un cambio de táctica del boudouismo, que, como otros K, ahora recurre al silencio y la clandestinidad convencido, tardíamente, de que la invocación de un nombre puede traer más perjuicios que ventajas.

El territorio legislativo presenta otra peculiaridad: Bou- dou, que ayer se mostró con Daniel Scioli -un dirigente que alguna vez fue jefe del vice electo, Juan de Jesús, sería el jefe del bloque de diputados del FpV bonaerense-, será el primer eslabón de la línea de sucesión de la Presidente.

Esa saga, si en diciembre se confirman los nombres en danza, será íntegramente bonaerense: el marplatense Boudou, Aníbal Fernández y Julián Domínguez tendrán ese origen en su DNI.

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