16 de enero 2009 - 00:00

Gaza, trampa mortal para periodistas

Gaza - El periodista de la AFP en Gaza Adel Zaanoun debe salvar una carrera de obstáculos para «cubrir» la ofensiva israelí: su casa se ha quedado sin ventanas ni electricidad, toma apuntes en libretas escolares y trata ante todo de proteger a sus hijos sin dejarse intimidar por las bombas.
«Cuando salgo, no sé si volveré vivo. ¿Desplazarse en Gaza? Se ha convertido en algo suicida. Pero eso no me impide trabajar. No son las bombas israelíes las que me impedirán trabajar», asegura.
Tampoco lo disuaden las súplicas de su mujer, Oula, de 28 años. Esta diplomada en Periodismo como él y madre de tres niños de corta edad se deshace en ruegos para que actúe con suma prudencia.
«Me llama a cada rato para decirme que no vaya aquí o allá. Llora, me presiona. Mi madre también lo hace por primera vez. Reza por mí. Pero sigo trabajando. Este trabajo es mi vida», sostiene.
Lo más difícil es transmitir la información. Las líneas telefónicas están a menudo cortadas o funcionan mal debido a los bombardeos.
«En cuanto vuelve la electricidad, aprovecho para dar informaciones, citas, datos que recrean el ambiente. Y me las arreglo sobre todo para recargar la batería de mi computadora portátil y de mi teléfono móvil», explica.
Cruzar la Franja de Gaza de Norte a Sur es una auténtica carrera de obstáculos, ya que los israelíes han dividido en tres el exiguo territorio de 362 km².
«Bajé a Rafah, en el Sur, con los cristales del coche abiertos de par en par pese al frío para evitar las esquirlas de vidrio en caso de explosión. Además, con todas las luces encendidas para ser visto y que no me dispararan», relata.
«Cerca del cementerio, entrevisté a un tal Abu Ali; era terrorífico. Los aviones israelíes habían destruido su túnel de contrabando y estaba asustado ante la idea de que los israelíes vinieran a buscarlo y lo liquidaran», dice. «Un F-16 pasó por encima de nuestras cabezas. Abu Ali escapó corriendo. Estaba convencido de que él era el blanco. Me metí a toda velocidad en el coche y volví a Gaza. Pero allí también bombardeaban los aviones».
Entrar en contacto con los responsables de Hamás se ha convertido en otro problema, porque desde los primeros minutos de la ofensiva, desatada el 27 de diciembre, pasaron a la clandestinidad.
«Sus teléfonos están cortados. A veces, sin embargo, contestan. Pero de forma muy breve. Dan frases cortas, entrecortadas, no pierden el tiempo con fórmulas de cortesía y cuelgan brutalmente. O bien envían mensajes escritos, a su vez muy breves», indica.
Adel, de 38 años, reside en Tal al Hawa, en los barrios del sudoeste de Ciudad de Gaza, a dos pasos de las oficinas gubernamentales, de los locales de la Seguridad Preventiva y de la Universidad Islámica. Como todos ellos son blancos de los ataques israelíes, su casa sufrió ligeros daños y se quedó a oscuras, sin electricidad.
«Tuve que alquilar un apartamento en el edificio donde se encuentra la oficina de la AFP. En él vivo con mi familia en el sexto piso», cuenta. «En total, somos nueve, con mis padres; sin muebles ni camas, ni mantas».
«Como muchos, pensaba que todo pararía al cabo de un día o dos. Mis colegas de la prensa extranjera en Gaza compartían la misma opinión. Nadie pensaba que duraría tanto tiempo», recuerda. «Y al cabo de unos días, los tanques entraron en la Franja de Gaza. Entonces comprendí que el balance de víctimas aumentaría. Pero no pensaba que fuera a ser hasta este punto».
A Zaanoun le cuesta borrar de su memoria la imagen del hospital Chifa de Gaza durante la primera noche de guerra. «Vi los primeros muertos y los primeros heridos. Era algo tremendo. Miembros despedazados, sangre. Al menos 50 cuerpos y jirones de carne. Una auténtica pesadilla. Niños, mujeres y también combatientes de Hamás».
Agencia AFP

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