La mesa está servida para la recuperación económica. Pero la cena se enfría y Godot, otra vez, se retrasó. El sorpresivo informe laboral de mayo -un racconto corregido a 322 mil pérdidas netas de empleo, malo pero promisorio- llevó a calentar las raciones. Con la difusión, ayer, de las cifras de junio -que dieron cuenta de la destrucción de otras 467 mil posiciones y ninguna mejoría- lo aconsejable es devolverlas al congelador. Ante las noticias, Wall Street, el comensal más ansioso, tuvo que levantarse de la mesa de postres y, en su apuro, se atragantó con una baja generalizada superior al 2,5%.
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Sobran los indicios de que la estabilización de la economía -o un animal de silueta parecida- va en camino. Pero el terreno es fangoso y no se avanza en línea recta. Hay que negociar bien las curvas so pena, en caso contrario, de sufrir una recaída. Por su naturaleza de siempre (y por las características propias de la crisis que involucran una reestructuración profunda de actividades específicas como los servicios financieros, la construcción y la industria automotriz) el mercado de trabajo, por cierto, será el último espacio que confirme la recuperación. En ese sentido, qué duda cabe, se localiza en las antípodas de la Bolsa. Pero aún en ese territorio inhóspito, un indicador de anticipación por antonomasia -las solicitudes presentadas para percibir el seguro de desempleo- flamea, desde hace tres meses, su semáforo en onda verde. El caudal máximo de los pedidos de cobertura data de la semana del 2 abril cuando rozaron los 675 mil. Más importante aún: también fue en abril cuando el promedio móvil de las cuatro últimas semanas alcanzó la cima. Escarbando estadísticas, Robert Gordon, uno de los miembros del Consejo de Notables de la NBER (la organización que fecha oficialmente las crestas y los valles del ciclo económico), encontró e hizo popular una regularidad de muy interesante calidad predictiva. Cuando ese promedio hace cumbre, invariablemente, y en un lapso cortísimo, sobreviene la recuperación (contrariando, usualmente, el escepticismo acendrado de los economistas). Basándose en esa evidencia empírica, Gordon arriesgó su impresión de que una resurrección del sector real estaría en marcha en mayo o junio. Pero, más allá de una alfombra de verdes brotes, que se esparcen pero no ganan altura, nada lo sugiere.
Es verdad que las solicitudes de seguro de desempleo nunca volvieron a desafiar el techo de las 675 mil. Pero, en rigor, es igual de cierto que tampoco se zambulleron por debajo de las 600 mil (y esa terca reticencia es un patrón que marca diferencias notables con el pasado). Vale añadir que la mera inspección visual de la serie de tiempo ratifica que cuando la economía de los EE.UU. promueve, en forma sostenida, más de 400 mil reclamos está atascada en un brete de problemas serios.
El informe de empleo de junio fue malo por donde se lo mire. Y, aunque nadie aguardaba nada bueno, resultó mucho peor que lo esperado. La destrucción de 467 mil puestos netos de trabajo superó en más de cien mil a los pronósticos del consenso. Conviene tener presente, sin embargo, que la contratación, en abril, de un ejército temporario de censistas (lo que infló entonces los números) se revirtió ahora con la cancelación de 49 mil contratados. Pero, dejando esa miscelánea de lado, si se hurga en la actividad del sector privado se advierte la pesadez. Mayo fue auspicioso porque la poda de puestos privados se redujo a 312 mil, menos de la mitad del promedio del primer trimestre del año. Junio aportó una resaca no prevista: la cuota de amputaciones volvió a trepar -cien mil empleos holgados- a 415 mil.
Se sabía que todo proceso de mejora nunca se despliega en una traza lineal pero igual se alentaba esa expectativa. Y tras cinco meses consecutivos de menores recortes, junio cortó la racha. En perspectiva, el primer trimestre anuló dos millones netos de puestos de trabajo. El segundo trimeste, «sólo» un millón y medio. Es un módico alivio (para los que eludieron el hachazo).
Si las noticias de la dotación de empleo son pobres, el verdadero talón de Aquiles de la coyuntura laboral, una vez más, reside en la vertiginosa disminución de las horas trabajadas (otra variable -como los pedidos de subsidios por desempleo- de probada capacidad de vaticinio). La observación puntual de junio agravó la brecha entre ambos indicadores. El empleo se redujo a una tasa equivalente anual del 4,3%; las horas trabajadas al 10%. Ello recomienda la conveniencia de armarse de un colchón de paciencia hacia delante.
¿Qué hacer, a la luz de la renovada información, con la hipótesis remanida de la recuperación económica? ¿Será que, como escribió Samuel Beckett, Godot no vendrá nunca? ¿Habrá que cancelar el pronóstico de las Bolsas (y asumir la factura que sobrevenga)? Si se sopesa toda la evidencia y no sólo la que proviene del mercado de trabajo, lo más sensato es aceptar una postergación, como si fuese el anuncio de un retraso de vuelo; previsible por la naturaleza de la aerolínea que expidió el billete. Si muchos dudan de la existencia misma del viaje y se apresuran a exigir la devolución del importe en ventanilla, la Bolsa, queda claro, tiene mucha tela para cortar. Todo el mundo sabe que sumó abundante metraje reciente como para admitir un buen dobladillo.
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