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Grecia: más cerca del FMI que del default
José Siaba Serrate
Los tiempos cambian. La crisis amainó. Steinbrueck ya no es funcionario. Su promesa no dejó descendencia. La Unión Europea carece de un mecanismo de administración de crisis. No creó ningún aparato burocrático ni dispuso fondos para atender esta eventualidad. Quizás lo más importante, Irlanda y España ya no se bambolean al borde del abismo. Sólo Grecia persiste. Su situación es más endeble, por cierto, de lo que se pensaba a comienzos de año. En marzo, la Comisión Europea vaticinaba un déficit fiscal excediendo el límite del 3% del PBI fijado por el Pacto de Estabilidad (y por encima del 4% en 2010). Cuando el nuevo Gobierno socialista tomó las riendas en octubre, lo que descubrió fue una flagrante manipulación de las estadísticas. La proyección actual supera el 12,7% del PBI en 2009. No por culpa de la crisis internacional, que a Grecia apenas la rozó. Ni por las tribulaciones de sus bancos que también supieron esquivar el misil de los activos tóxicos. Hay que comprender este punto. No es Dubai ni las calificadoras de deuda ni los mercados. Son las autoridades europeas las que embisten con más decisión. Sin pelos en la lengua, y ante las cámaras de la televisión griega, Jean Claude Trichet, el titular del Banco Central Europeo, planteó la necesidad de una rectificación completa. Y la promesa oficial de reducir el rojo fiscal en 3,6 puntos del PBI (con la parte del león, proviniendo del recorte de la evasión impositiva) no alcanza. No es la primera vez que no se cumple la letra del Pacto de Estabilidad, pero Grecia violó su espíritu olímpicamente. Reveló a Maastricht como un trasto inservible. Y precipitó el dilema en Bruselas. O la falta se corrige con un ejemplo aleccionador. O el orden fiscal de los países miembros se habrá perdido para siempre.
Interrogante
La crisis amainó su furia. ¿Pero habrá sanado tanto como para alentar la reaparición de las cuestiones de riesgo moral («moral hazard»)? Como sea, la presión sobre Grecia es ostensible. No hay gestos amables. Todo lo contrario: la propia Moody's da por sentado que la «presión de los pares» se ejercerá a pleno -en la Unión Europea y en la Unión Monetaria- para forzar el ajuste fiscal. La aplicación de penalidades - como la retención de los fondos comunitarios de nivelación- es una amenaza creíble. Ya en noviembre, además, los bancos griegos fueron objeto de una admonición por su arbitraje de los fondos prestados a un año de plazo por el Banco Central Europeo (BCE). Como la práctica se desmontará, allí también se ciñe el cinturón. Para peor, con la pérdida de la calificación A-, la deuda griega sólo será elegible para tomar recursos del BCE porque rige una medida temporaria de excepción (que corrió ese límite al nivel BBB-). No hay dudas, pues, que el cerco de la Unión Europea se cierra más y más. Aflojarlo requiere aceptar sus demandas de drástica austeridad. Saltar el cerco, abandonar la Unión Europea, sería suicidarse en el acto. El Gobierno socialista no da visos de querer tomar ni un camino ni el otro. A su manera, prefiere ensayar una pulseada.
Mientras la deuda griega sea colateral elegible ante el BCE, no hay razones para esperar una crisis de liquidez. Así lo piensa la propia Moody's, cuyas objeciones no tienen que ver con las dificultades de refinanciación de corto plazo -«las condiciones no son diferentes de las que enfrentan otros países de la eurozona»- ni con una posición vulnerable a los shocks de tasas de interés (porque la madurez promedio de la deuda es de 8 años). Lo que preocupa es la solvencia de largo plazo. Es prematuro, pues, menear la bancarrota. Grecia, aunque no quiera, luce más cerca del ajuste que del incumplimiento. Se parece menos a Lehman -o a Dubai- que a Latvia. Y como tal no deberá extrañar que le copie los pasos. El Fondo Monetario Internacional atendió a comienzos de año a los países vapuleados de Europa Oriental. La ayuda de la Unión Europea se administró con el filtro de su dura condicionalidad. Si la situación se agrava, Grecia encontrará allí su destino. Para el Partido Socialista resultará más atractivo no desdecirse de su plataforma de campaña y que sea el FMI quien prescriba la amarga medicina de ajustarse el cinturón.

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