19 de noviembre 2009 - 00:00

Hacia un teatro de efectos especiales

Escena de «Visible», de Ana Alvarado, donde la tecnología se emplea como disparador de la historia y para el montaje de la obra.
Escena de «Visible», de Ana Alvarado, donde la tecnología se emplea como disparador de la historia y para el montaje de la obra.
El empleo de la tecnología para resignificar las artes escénicas se afianza a nivel local con la confluencia de al menos una docena de obras que la tienen no sólo como herramienta de producción o realización sino también en las tramas y argumentos. Lo novedoso ya no es que el teatro se valga de la animación, la videoinstalación o la multiplicidad de plataformas sino que además el hilo argumental de varias piezas aparezca salpicado por el Messenger, los encuentros virtuales en salas de chat o la ilusión de tener un millón de amigos gracias a un Facebook o Twitter.

Ana Alvarado repuso «Visible», obra que según ella misma «tiene fecha de vencimiento pues habla de herramientas tecnológicas que el año que viene quedarían obsoletas». En la obra la tecnológica no sólo es herramienta sino que su argumento parte de la pregunta por el avance de esta y su correlato directo con los seres en soledad. Alvarado explicó: «Los personajes hablan del adelgazamiento de la presencia del cuerpo en la comunicación actual y siempre en clave de humor, nos referimos a la incidencia de la tecnología en la vida cotidiana, por ejemplo el celular. Hay un monólogo amoroso vía SMS donde se advierte cómo el celular va cambiando las palabras o también lo disparatada que suena en el escenario una conversación de chat».

La obra que representa el Colectivo La Fase puede verse los sábados en el Espacio Cultural Carlos Gardel y abrió «La noche de los museos». Allí no sólo se problematiza sobre las prácticas cotidianas vinculadas a la tecnología sino que también se la emplea, y hasta se busca que los técnicos operen volviéndose personajes del espectáculo. «El técnico opera sobre la escena así como el actor, con su teclado, puede incidir sobre el fondo de pantalla. La obra no es «anti» nada, no se critica a la tecnología sino que se piensa en la manera en que determinada generación se comunica. Cuando trabajábamos y explorábamos, apareció el tema de la soledad y cómo la tecnología facilitaba la comunicación a esos jóvenes solitarios, quienes así se sentían menos solos. Fue un debate. Muchos creen que se comunican mejor, que tienen una llegada a infinidad de gente que de otra manera sería imposible», explica Alvarado.

La tecnología se tomó también para el montaje y el formato dramatúrgico, que está inspirado en el sistema de navegación por Internet. Las escenas suceden mientras otras ventanas se abren y se superponen, hay íconos que representan a los actores y se envían fotos unos a otros. Otro elemento que se utilizó fue el objeto en desuso (de tecnología obsoleta) como un teléfono viejo o un grabador, para dotarlo de tecnología digital y «regresarlo a la vida». En cuanto a Facebook, no formó parte de la temática pues la obra fue creada en 2008, cuando las redes sociales comenzaban su difusión masiva. «Por esa misma razón es que si esa obra fuera reestrenada el año próximo, debería ser revisada pues tiene fecha de vencimiento. Pero cierra antes de la fiestas.», concluyó Alvarado.

Victoria Almeida,
quien creó y protagoniza «La última vez (que me tiré a un precipicio)» y viene de destacarse en «El trompo metálico» de Heidi Steinhardt, se refiere a su nueva creación de teatro «animado» para adultos: «Tomé el recurso tecnológico pues las proyecciones me sirvieron para mostrar qué pasa por la cabeza del personaje sin perder el aspecto poético. La historia no se ata a una temporalidad realista, las cosas van sucediendo y se hilan mediante los estados del personaje y lo que le pasa internamente. La animación abre un campo de posibilidades ilimitado, es verosímil y a la vez permite que todo pueda ser. Si bien el clown de por si permite un vuelo al que el espectador entra, al estar sola en escena necesitaba de algo más para salir de escena y cambiarme. La animación es como mi partenaire, como lo son para cualquier clown los objetos, los vestuarios. A diferencia de apoyarme en una tradición más realista, con la tecnología y la animación todo es posible. Algunos recursos son muy difíciles y costosos para lograr que lo teatral sea poético.

La obra fue creada junto al americano George Lewis, bajo la dirección de Mario Marino, y partió del cuaderno de «sueños» de Almeida, donde hace años toma nota de todo su recorrido onírico (el que recuerda). La pieza parte de una pregunta donde lo real queda al borde de lo ilusorio, con un clown que se pregunta el sentido de su existencia parado en una cornisa frente al abismo. Puede verse los viernes a las 23 en el Teatro El Piccolino. «Lo tecnológico está absolutamente ligado a lo narrativo, no es un completar con lo audiovisual, sino que nos sitúa y tiene plena incidencia en el eje dramático. El hecho de querer innovar a como de lugar es un error. Hay tanto hecho y visto que lo importante es desde dónde uno lo hace. Hay obras que dan idea de querer romper con algo, o de generar algo diferente, pero la tensión tiene que estar en la búsqueda más que en la herramienta con la que se representa», concluyó Almeida.

Otra de las obras que combina diferentes tecnologías es «Speak 3.0 y m2», creada por Fabián Kesler y Alejandra Ceriani. Debuta hoy a las 20.30 en el Centro Cultural Borges y se verá durante noviembre. Se trata de una exploración donde los movimientos y gestos del cuerpo son captados por una cámara que los procesa y reproduce, via web, en una pantalla. La imagen se descompone en colores y formas, con música desapacible como telón de fondo, y además surge la explicación y el comentario del creador a la audiencia, para guiarlos en esta inusual experiencia. Lo que se ve es la descomposición del movimiento y la construcción de nuevas imágenes digitales a partir de lo real.

Ceriani se refirió a esta creación: «La obra se vale de la imagen, el sonido, el movimiento y las interfases para hablar de vínculos. No se trabaja con la idea de cuerpo que luzca, como el de la bailarina, sino que es un cuerpo por su capacidad de movimiento y generar formas de interactuar. Todo pasa a través de la computadora y la web, sucede en tiempo real, ahí, no hay reseteo, no es interactividad reactiva sino diálogo. Otra de las ideas es mostrar el esqueleto del espectáculo, que se vea cómo se hace y que la gente pase, pruebe e intente comprender los mecanismos pues eso lo vuelve todo más atractivo. Y el público se engancha, quiere probar por horas. No nos interesa vender un espectaculo, sino más bien un laboratorio abierto».

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