“Hay un proceso de la creación que el escritor desconoce”

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Un asesinato visto a través de cómo un muchacho de veinte años fantasea imágenes de lo ocurrido buscando superar la tragedia que vivió a los diez años y lo dejó marcado, es lo que cuenta la escritora uruguaya Marisa Silva Schultze en «Siempre será después», novela que publicó Alfaguara, y con la que conquistó el Primer Premio de Narrativa Inédita del Ministerio de Educación y Cultura del Uruguay.

María Silva Schultze, narradora, ensayista, poeta, y profesora de Historia, ha publicado la novelas «La limpieza es una mentira provisoria», «Qué hacer con lo no dicho», «Apenas diez», la investigación histórica «Aquellos comunistas», y tres premiados libros de poesía. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con la destacada novelista uruguaya.

Periodista: ¿»Siempre será después» de un trauma? ¿Siempre una tragedia es una marca que nos cambia?

Marisa Silva Schultze: Hay hechos que nos signan y el resto de la vida es después de eso. Se podrá elaborar lo ocurrido de una u otra manera, pero siempre estará ahí signando la vida, y todo el esfuerzo y la energía que puede costar superar lo ocurrido forma parte de ese después.

P.: En su novela ese muchacho que trabaja en una inmobiliaria en el espacio vacío de los departamentos que visita recupera escenas de una tragedia que lo envolvió a los diez años.

M.S.S.: Esos espacios vacíos son los escenarios en los que puede desplegar su ritual de imaginar escenas que no vivió. En ese espacio de absoluta soledad y anonimato busca incluirse en aquello de lo que fue excluido: la escena en que su padre asesinó a su madre y se suicidó. El no estuvo en el lugar del crimen, sólo tiene imprecisas referencias de los hechos.

P.: Y se siente muerto, como si su padre lo hubiera matado también a él.

M.S.S.: En algún momento se plantea si estar en la escena del crimen es lo que hubiera deseado. No es sólo el deseo de haber muerto junto a sus padres sino el deseo de haber sido incluido, el de no haber sido excluido, de ser parte de la familia. Y una forma es recuperar el drama que no vivió es representándose escenas de lo que podía haber ocurrido. Una novela siempre está acotada en el tiempo. No sabemos qué le irá a ocurrir a Álvaro en otro «después». La novela lo toma a los 20 años, cuando aún está sin poder superar lo que le ocurrió una década atrás, cuando la abuela lo fue a buscar a la escuela y le contó lo que había sucedido. Nunca supo más que eso. El ser humano necesita reconstruir el pasado aún cuando no pueda hacerlo con sus propias vivencias, y la memoria es resultado de los vínculos. Álvaro tiene una memoria que no es resultado de los vínculos, es una memoria de estar solo. Mi novela no es la historia de una pareja sino los recuerdos, percepciones y sospechas que tiene el hijo. Si sabemos que la madre tenía miedo de su ex marido es porque el niño narrador percibia y sentía el miedo.

P.: ¿Qué la lleva a escribir una novela sobre un femicidio?

M.S.S.: Es difícil saber el momento en que una novela nace en uno. Recuerdo que estaba en mi casa mirando noticias por televisión y dijeron que un hombre había matado a su mujer, y al pasar señalaron que la pareja tenía dos hijos. Eso, que fue hace como 10 años, quedó rondando dentro mío con la pregunta «¿qué sucede con los hijos?» Creo que en esa pregunta está el punto de partida de «Siempre será después», ver qué es ser hijo del progenitor asesino de su madre. Creo que se emparenta con mi novela «Apenas diez», que sucede después de la dictadura, donde aparecen muchos hijos y nietos. Es mi preocupación por las consecuencias en los hijos de las decisiones de los adultos. Hay, en varias novelas que he escrito, temas sociales que no se desarrollan en lo macro sino puertas adentro, en la casa, en el interior de la familia.

P.: ¿Por qué los capítulos tienen voces y ritmos diferentes?

M.S.S.: Hay un ritmo que tiene que ver con la tercera persona del singular, cuando Álvaro es niño, donde está el aspecto más informativo de relato. Hay capítulos narrados en segunda persona donde el ritmo se acelera para dar cuenta de la desesperación, de la obsesión, de la soledad, de la frustración de no poder convivir, saber, armar su pasado, y entender. Hay dos ritmos y dos voces narrativas.

P.: ¿Cómo se le ocurrió que Álvaro trabajara en una inmobiliaria?

M.S.S.: Fue fundamental. No sé si hubiera escrito la novela si Álvaro no trabajaba en una inmobiliaria. Hay un proceso de la creación que se desconoce. Yo sabía que en alguna novela mía iba a aparecer el tema de los cuartos vacíos, y de un empleado de inmobiliaria. Tenía un personaje adentro mío, que no sabía si era hombre o mujer, que trabajaba en una inmobiliaria, y tenía relación con el espacio vacío, interior, despojado, que tiene una gran carga simbólica. Cuando pude articular eso con Álvaro, alguien que había sufrido una tragedia familiar, nació la novela.

P.: Y a través de Álvaro, de modo paradojal, habla desde un hombre sobre la violencia de género.

M.S.S: Tengo una dificultad con la expresión «violencia de género», en Uruguay se usa mucho «violencia doméstica». Ambas están perfectas, pero creo que esas expresiones amortiguan el sustantivo violencia, y la violencia es violencia. Cuando se dice «violencia doméstica» se asocia la violencia con otra cosa, una cosa más «doméstica» y no con la brutalidad de la violencia. La violencia adentro de las casas tiene que ver con las características de un vínculo y del poder. Tradicionalmente adentro de la casa el hombre ha tenido más poder que la mujer. Muchos elementos de la violencia hogareña tienen que ver con el desacomodo frente a nuevas relaciones de poder en el mundo de la familia. No es una cuestión de hombre contra mujer, se da de muchas maneras y cuando hay un vínculo siempre hay dos y, se quiera o no, hay competencia. Álvaro podría haber sido mujer, pero supe que se llamaba Álvaro, que era un hombre, mucho antes de que me sentara frente a la computadora. Es un hombre víctima de una sociedad violenta.

P.: ¿Cómo está la literatura uruguaya?

M.S.S.: Soy escritora y no crítica, y a veces se confunden las dos cosas. Como escritora no me siento en condición de tener una visión panorámica y con calificado criterio como lo hace un crítico que tiene suficientes herramientas. Creo que está bueno diferenciar crítica literaria y escritora, porque suele haber una especie de pegoteo entre las dos cosas. Yo eso lo tengo muy diferenciado, tal vez influya que no soy profesora de literatura sino de historia. Como escritora y como lectora de mis compatriotas -creo que son pocos los autores uruguayos que nos leemos entre nosotros- considero que hay conviviendo múltiples tradiciones, y múltiples generaciones. Ha irrumpido una nueva generación, gente de entre 25 y 35 años, que está escribiendo algo que se podría llamar ciencia ficción, que hoy no se podría decir ciencia ficción pero sirve para entender en qué están, y que empezó con Álvaro Castillo; ha crecido el policial, que en nuestro país nunca tuvo una tradición tan fuerte; hay una «escritura del yo» que parte de Mario Levrero, y que ha generado una corriente y una escuela. Y hay una buena cantidad de escritores que tienen como referente a Onetti. Y hay, por último, un sector importante dedicado a la novela histórica. En mi caso, mis referentes, mis escritores uruguayos clave, aunque no se los note en mi escritura, son Felisberto Hernández y, por supuesto, Juan Carlos Onetti. Hubo, claro, un deslumbramiento adolescentes, como el Mario Benedetti cuentista, con aquel de «Montevideanos». Y en la poesía tengo a Circe Maia como mi referente fundamental.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.S.S.: Borradores. Vivo de borrador en borrador, de principios, de textos inconclusos. Tienen que articularse muchas cosas dentro de uno para que cuajen en una novela, y yo soy de escribir muy lentamente. Antes de sentarme a escribir realizo un proceso muy largo y muy lento, del que la escritura es la última etapa. Bueno, entonces, ando en borradores.

Entrevista de Máximo Soto

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