3 de junio 2014 - 00:00

Ícono democrático que no estuvo libre de dudas y cálculos

Juan Carlos de Borbón junto al dictador Francisco Franco, en una foto del 22 de julio de 1969. El “caudillo” lo nombró su sucesor, pero éste aceleró la transición democrática al acceder a la jefatura del Estado español.
Juan Carlos de Borbón junto al dictador Francisco Franco, en una foto del 22 de julio de 1969. El “caudillo” lo nombró su sucesor, pero éste aceleró la transición democrática al acceder a la jefatura del Estado español.
Con la abdicación de Juan Carlos I anunciada ayer, la vida pública de España pierde, cuatro décadas después de la muerte de Francisco Franco, al último protagonista de la transición que seguía participando de las grandes ligas de la política local.

Toda transición a la democracia es un proceso complejo. Años y décadas después de concluida una dictadura, ésta sigue asomando, sobre todo, en el inconsciente colectivo. En el caso español, dicha tutela fue particularmente imperecedera, habida cuenta de que el régimen de 38 años dejó su legado en manos de sus hombres más fieles.

Uno de ellos, la joven promesa del franquismo, fue el entonces vicejefe del movimiento falangista y luego primer presidente de Gobierno electo de la democracia recuperada, Adolfo Suárez, fallecido en marzo pasado. Otro protagonista fue la invención monárquica de Franco, Juan Carlos de Borbón.

Cuentan los biógrafos que la relación entre Suárez y Juan Carlos creció cuando el primero se hizo cargo de Radio Televisión Española, a fines de los sesenta. Con poco para contar en la emisora monopólica de un régimen asfixiante, el audaz Suárez encontró en los viajes y las inauguraciones a cargo del designado príncipe una buena vía para en-tretener a la audiencia. Años después, ambos hilva-

narían un delicado camino a la democracia en un juego de silencios y com-

plicidades con el tercer gran protagonista de la transición española, el histórico líder comunista Santiago Carrillo
, fallecido en 2012. A no confundirse: no se trató de una novela épica, sino del juego de la política, poblado de pactos, desconfianzas y traiciones.

La paradoja de la historia es que el pecado original de Juan Carlos I y Adolfo Suárez -haber sido concebidos como figuras políticas por Francisco Franco- representa también el dato que enaltece sus legados. En lugar de dar paso a la democracia, Suárez y el rey ahora abdicante pudieron haber optado por postergarla o vaciarla de contenido. Pudieron haber mantenido en la ilegalidad al Partido Comunista, o agravado la represión y aumentado la cantidad de víctimas en un país que las había contado por centenares de miles a lo largo del siglo.

El planteo no es de ciencia ficción por más que España fuera entonces un paria en la Europa de la democracia y el Estado de Bienestar. En la segunda mitad de los setenta, sobraban herederos del franquismo con ganas de más sangre y de preservar sus privilegios y valores. Su capacidad extorsiva y sus escuadrones de la muerte sobrevolaban el país, al tiempo que se agotaba el envión que había tomado la economía durante la década previa.

Y la nave fue, pero lejos de las idealizaciones simplistas que entorpecen el análisis de las décadas recientes de España. Suárez y Juan Carlos I también pudieron haber intentado buscar justicia por las atrocidades cometidas, como lograron hacerlo la Argentina o Alemania. O al menos pudieron haber escuchado a las víctimas, como Perú o Sudáfrica, en lugar de acallarlas. Pudieron haber indagado cómo se construyeron las fortunas del franquismo o haber puesto la piedra basal de una democracia sin una presencia tan significativa de apellidos del pasado. No lo hicieron ellos ni logró hacerlo ningún juez ni político, con mucho más margen, en las décadas posteriores.

El 23 de febrero de 1981 es señalado como una bisagra crucial de la democracia española. Con Suárez ya renunciado, un grupo de militares intentó un golpe de Estado que se conoció como "Tejerazo", por el papel quien irrumpió a los tiros en el Congreso, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero. En un devenir dramático, no se plegaron al golpe todas las unidades militares que se habían comprometido, y el rey Juan Carlos, expectante del resultado, impulsor de la asonada desde el Palacio de la Zarzuela para algunos investigadores, se decidió por respaldar la democracia, y se ganó un lugar en la historia.

Pocos días antes del "Tejerazo", el 28 de enero de 1981, un episodio reconstruido en algunos libros muestra el grado de mala convivencia que habían alcanzado Suárez y el rey. El primer ministro, sin capital político y empujado, entre otros, por el monarca, acudió a la Zarzuela a informar su renuncia para "que gobiernen los que no me dejan gobernar". El rey no le dirigió la palabra y pidió a su asistente, Sabino Fernández del Campo, que subiera de inmediato a su despacho. Frente al presidente de Gobierno electo por voto popular, Juan Carlos I soltó: "Sabino, que éste se va".

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