Despojada de lo anecdótico, la muestra de Bruzzone sobre Charly García se vuelve atemporal.
La semana pasada, la atractiva megamuestra de la Fundación arteBA en el Centro de Exposiciones, y la exitosa Feria Buenos Aires Photo que anoche cerró sus puertas, monopolizaron la atención del público del arte. Sin embargo, fuera de ese circuito, un paseo por Palermo deparaba otras sorpresas.
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La muestra de Dino Bruzzone dedicada a Charly García que exhibe la galería Dabbah Torrejón, recupera la capacidad que posee el arte de provocar emoción, condición que en el contexto de la producción contemporánea es casi una rareza. Si la música tiene el potencial de provocar y exaltar los estados emotivos, «Charly» es una exposición que llega al corazón; al menos, el de aquellos que alguna vez escucharon el fragmento de la canción «Cinema verité» que se reitera en una sala oscura, o aquellas otras canciones que al oírlas nos trae la memoria.
Los recursos que utiliza Bruzzone son mínimos pero complejos. Sobre dos pedestales negros giran dos maquetas; en una hay una ronda de conejos saltarines, unas bicicletas y unas nubes blancas; en la otra está Charly modelado en masilla blanca, al igual que las flores y las figuras que se desplazan como en un sueño y flotan delante del personaje. El músico aparece con anteojos negros y un traje también negro bajo una lluvia de estrellas, a modo de corbata tiene un moño con forma de mariposa y cuerpo de mujer que, como los estilizados y teatrales personajes que lo rodean, se percibe como clara metáfora del vuelo de la imaginación.
Con el simple recurso de eliminar el color, la obra se reduce a lo esencial y participa en gran medida de la condición de la música -que es la más abstracta de las artes-, mientras la reiteración de la canción y el permanente y lento girar de las maquetas generan una sensación envolvente destinada a atrapar al espectador.
Despojada de lo anecdótico, la obra se vuelve atemporal, y como la magdalena y el tintinear de la cucharita de Proust despierta la «memoria involuntaria», adquiere la facultad de avivar recuerdos del pasado que permanecían dormidos. El clima soñador de la muestra y las evocaciones que despierta una canción donde se repite la frase «mirar lo que pocos quieren ver», arrastran su carga de melancolía. Pero más allá de la nostalgia, el sentimiento se ve acentuado por la capacidad de abstraer del artista, por el punto de vista que adopta para exhibir el personaje y colocarlo fuera de la realidad presente, en un universo mágico y sin tiempo. Es decir, el inspirado «Charly» de Bruzzone (y no cualquier otro) está ubicado en ese más allá que sólo habitan las obras de arte cuando se tornan perdurables y eternas.
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