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Intenta EE.UU. salvar el negocio de las armas para Brasil
Lula da Silva
El 7 de setiembre, día de la independencia de Brasil y ante el presidente francés Nicolas Sarkozy, el propio Lula da Silva anunció por cadena nacional que su Gobierno prefería los aviones Rafale de Dassault por razones «políticas y estratégicas». Relegó, así, el criterio técnico y dejó pedaleando en el aire a su ministro de Defensa, Nelson Jobim, y al jefe de la FAB, Juniti Saito, encargados de pilotear el tramo final de la licitación por 36 aviones cazas entre Boeing, Dassault y la sueca Saab. El vencedor de la contienda será conocido oficialmente en octubre, luego de la evaluación técnica del Pliego IV que las partes entregarán mañana, con ajustes de precio, financiación y plazos para la producción.
Hasta aquí, los hechos. Mientras se cumplen esos plazos, Brasilia, París y Washington libran, todavía, una guerra en sordina. Que se manifestó por primera vez, el 4 de agosto, en e encuentro del asesor de Seguridad de la Casa Blanca, James Jones, y la subsecretaria para Control de Armas y Seguridad Internacional del Departamento de Estado, Ellen Tauscher, con el canciller Celso Amorim, el ministro Jobim y el asesor especial de Lula, Marco Aurélio García.
Los dos estadounidenses, llegados a Brasilia para explicarle al Gobierno de Lula la naturaleza de las bases militares en Colombia traían además una carta especial de Hillary Clinton dirigida a Amorim. En ella, la secretaria de Estado dejaba sentado el interés de Washington por cerrar con Brasil la venta de los F-18 y de un «aumento en la cooperación industrial en defensa, incluso en el área de transferencia tecnológica». Así, ofrecía «el apoyo total de parte del Departamento de Estado para la transferencia de toda la información relevante y las tecnologías necesarias en esta venta». En otras palabras, le prometía a Brasil entregarle en bandeja lo que hasta ese momento le habían escatimado: la transferencia de tecnología, necesaria para poder construir los aviones en la fábrica brasileña de Embraer.
Pero Itamaraty no respondió precisamente con flores. La misiva de Hillary fue comentada por Folha de São Paulo antes de que la Cancillería brasileña hubiese enviado una contestación a Washington. En Brasilia dicen que la carta se habría deslizado a la prensa desde las oficinas del Ministerio de Defensa, para cubrirse «técnicamente» frente a la decisión inamovible de Lula y Amorim de cerrar un acuerdo con Francia antes del vencimiento del plazo para entrega de pliegos. Más aún, fuentes diplomáticas, extrañadas, comentan que la respuesta del canciller brasileño a su par norteamericana nunca salió del correo.
El especialista en Relaciones Internacionales Fabián Calle cree que «en la decisión por no depender más de EE.UU. está el episodio de 2006, cuando Washington hizo que Brasilia abortara una venta de aviones Súper Tucano a Venezuela». A eso se agrega la presencia de EE.UU. en la región con el Acuerdo de Cooperación Militar con Colombia, justamente del otro lado de la frontera con Brasil. «Por otra parte», prosigue Calle, «la alianza con Francia viene de lejos: Brasil sólo reemplaza los viejos Mirage por otros franceses, los Rafale».
En otras palabras: si las principales hipótesis de conflicto de Brasil (la Amazonia y los yacimientos petroleros en el Atlántico) refieren a una eventual amenaza estadounidense, sería incongruente comprarle a ese país el equipamiento militar necesario para defenderse, ya que un futuro freno a la transferencia de repuestos dejaría inerme al país.
La de Hillary no fue la única carta. También Francia tuvo la suya, firmada por Sarkozy y fechada el 7 de setiembre. Lo mismo que con la de Hillary, el contenido de la de Sarkozy trascendió oportunamente en la prensa paulista, en momentos que la oposición al Gobierno de Lula y los diarios más críticos como O Estado, o Correio Braziliense comenzaban a levantar las cejas sobre este acuerdo franco-brasileño por aviones un 40% más caros que el modelo propuesto por la Boeing estadounidense.
En ese documento, el presidente de Francia se comprometería a la «transferencia irrestricta» de tecnología. Una gradación mayor -galicismo exagerado- en el traspaso de know-how, que Robert Gower, vicepresidente de Boeing calificó el martes como «extraña». «Nosotros tenemos cuidado en no prometer algo que no podemos cumplir», recalcó.
Boeing, por su parte, decidió tirar los últimos cartuchos. En los anteriores dos días no sólo publicó avisos de página entera en los principales medios de Brasil sino que convocó a un congreso en San Pablo a 150 posibles proveedores brasileños para el montaje del F-18. Durante el martes y ayer, y nada menos que en la sede de la FIESP, los empresarios pudieron enterarse de las bondades del avión y de los cinco mil puestos de trabajo que el proyecto podría generar.


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