18 de diciembre 2014 - 00:00

“Ir”: coreografía con raíces en los recuerdos del rock

Diana Theocharidis:“‘Ir’ es una palabra que nuclea muchos significados. Me gusta porque es un verbo en infinitivo, no tiene temporalidad”.
Diana Theocharidis:“‘Ir’ es una palabra que nuclea muchos significados. Me gusta porque es un verbo en infinitivo, no tiene temporalidad”.
 Desde hoy y hasta el domingo, la coreógrafa argentina Diana Theocharidis presentará en la Usina del Arte su obra "Ir", con la participación de la bailarina Alina Marinelli y el guitarrista Pedro Chalkho, además de la misma Theocharidis. La música pertenece a Chalkho y a Pablo Ortiz, compositor argentino radicado en los Estados Unidos. Las funciones de jueves y viernes serán a las 20 y las de sábado y domingo a las 19.

Dialogamos con Theo-charidis:

Periodista: ¿Qué es y qué propone "Ir"?

Diana Theocharidis:
"Ir" es una palabra que nuclea muchos significados. Puede ser ir hacia alguien, al encuentro de alguien, ir a un lugar con la idea de viaje y de búsqueda, de experiencias, pero también ir hacia el pasado. Me gusta porque es un verbo en infinitivo, no tiene temporalidad. Pensé en un dúo entre un guitarrista eléctrico y una bailarina. Me atraía el timbre de la guitarra eléctrica, quería hacer algo con este instrumento, algo muy simple. Después me incluí a mí misma. Pedro Chalkho es un músico muy talentoso. No hay mucha diferencia entre quién se mueve, quién toca y quién está. Y una parte de la música la compuso Pablo Ortiz, compositor con el que trabajo desde hace mucho tiempo. Trabajo con la idea de que la obra es un continuo de las obras que hizo y las que hará, y siempre retomo material de obras anteriores. Por eso el ir puede ser tomar materiales del pasado, es también ir. Por más que uno crea que va hacia algún lado, en el medio se encuentra con otras cosas, y eso es impredecible. Es lo que pasa cuando uno hace una obra. La idea original se va transfigurando en el proceso de creación. Hace muchos años hice una obra que se llamó "Transcripción", con música de Kaija Saariaho y Pablo Ortiz y la participación del cellista Anssi Karttunen. Esa obra me marcó mucho en la manera de trabajar, porque tomaba muchos materiales del pasado: los compositores trabajaron con materiales de tangos argentinos y finlandeses y otros más abstractos, y yo también trabajé con recuerdos de danzas tradicionales griegas y argentinas, células muy pequeñas que se iban transformando. Acá también se mezclan elementos. Ahora a Chalkho le pedí trabajar con recuerdos sobre todo del rock, al que la guitarra eléctrica está asociada. Para mí el rock fue muy importante. Siempre me llamó la atención el poder de la música para asociarse con experiencias muy íntimas y muy subjetivas. En el medio aparece la música de Pablo Ortiz, que toma a Pedro grabado para ir hacia otro lado.

P.: ¿De qué manera se desarrolló el trabajo? ¿Se fue trabajando sobre improvisaciones o sobre pautas más definidas?

D.T.:
Cuando empezamos a trabajar yo tenía una idea de estructura, de qué quería: le pedía a Pedro un fragmento muy breve de música y a Alina que cuando esto terminara ella lo continuara con sus movimientos. Trabajamos siempre simultáneamente, y para mí fue una experiencia nueva porque en general trabajé en producciones más complejas en las que los compositores no estaban en la Argentina. Ahora quería algo muy simple, nada más que dos personas y yo misma. Es la primera vez que siento que logré una fusión total. Muchas veces la música está escrita y hay que dialogar con eso, lo cual no me molesta, para nada, pero son maneras de componer muy distintas. El compositor es a la vez intérprete, y eso hace que el material esté muy íntimamente relacionado.

P.: A su vez usted es aquí también coreógrafa e intérprete.

D.T.:
Eso es raro porque hace mucho que no bailo, y que no sentía el deseo de meterme en una obra. Esta vez necesité tomar otra posición, no sé bien por qué, pero apareció. Primero eran dos, y sentí que faltaba una tercera presencia que creara tensión o misterio, algo que yo misma no sé bien qué es. Uno no sabe bien qué dice una obra suya, y es mejor no saberlo. La obra tiene que permitir que el público y nosotros mismos podamos proyectarnos en la obra, porque si uno cierra el significado no permite que algo se proyecte. Prefiero dejar las cosas abiertas. Si una persona sale de su casa y va a ver una obra es porque necesita proyectarse sobre eso. Es muy delicado lo que ocurre sobre el escenario. Una maestra me decía que si uno se ponía nervioso sobre el escenario o se juzgaba en ese momento, impedía que algo pasara, que algo fluyera. Por eso trabajo de manera asociativa, sin cerrar las cosas en un significado. La danza no es teatro, son códigos muy distintos, la danza no es un tratado de filosofía. Trabajé mucho con recuerdos. Tanto el guitarrista como la bailarina son dos universos diferentes que en un momento se cruzan, cada uno desde su lenguaje. Son como dos personas que hablaran distintos idiomas. Muchas veces trabajo así: a un bailarín le doy una frase de movimiento, a otro bailarín otra, y pueden comunicarse entre sí cada uno con su frase de movimiento.

P.: Es un procedimiento muy compositivo.

D.T.:
Yo vengo del mundo de la música primero que del de la danza. En todo trabajo de forma muy cercana a los compositores con música en vivo, por eso no puedo hacer muchos espectáculos, porque salvo excepciones no me gusta trabajar con música grabada. Es algo muy diferente el tener a los músicos en vivo. No soy música, pero no podría definirme como alguien que hace sólo danza.

P.: ¿Es autocrítica con su obra una vez estrenada? ¿Va modificando en base a esa mirada?

D.T.:
Sí, totalmente, y modifico todo el tiempo. Incluso coreografías de ópera. Me aburro, no puedo repetir. Un bailarín me decía que sufría eso, porque en cada reposición de una obra mía había una reescritura y eso implica un gran trabajo. La misma obra puede estar casi completamente reescrita. Hay cosas que quedan y otras que no. Es muy grato reencontrarse con los materiales, pero los materiales se mueven, cambian. Además no siempre son los mismos bailarines: se les puede dar pautas, pero el cuerpo dice otra cosa. Trabajando en el extranjero me pasa que voy con la misma coreografía, pero no es lo mismo trabajar con un polaco que con un griego: es otro cuerpo, otra cabeza, otro clima, y me gusta que los bailarines estén cómodos, no imponerles un material rígido. Y generalmente no veo los videos de mis obras salvo que tenga que reponerlas, me cuesta ver mi obra, no estoy feliz de la vida cuando estreno, soy totalmente autocrítica. Me gustaría estar más en paz, hay gente que estrena y es feliz, pero cada artista tiene su conflicto y su relación con su propia obra.

Entrevista de Margarita Pollini

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