Kirchner, sin custodios; Scioli, de la familia a la inseguridad

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Carlos Zannini terminó, por traslación, crucificado. «El Chino» (por maoísta), que redactó el texto correctivo de la reforma política bonaerense, fue invocado, con una pizca de ingenuidad, por un intendente en la cumbre de caciques de la semana en el BAPRO y desató una tormenta.

-Pero Zannini dijo que la reforma era beneficiosa -dijo el dirigente y escondió la boca.

-Zannini dice eso porque nunca fue a una elección -saltó, ardiente, José «Pepe» Pampuro.

El tono del senador de Lanús, profuso en comicios (perdidos, salvo en 2007, con Manuel Quindimil), reflejó la acidez de la charla en la que, sin nombrarlo, la furia del conurbano cayó sobre Néstor Kirchner. Para eso sirvió Zannini, en este show apenas un amanuense del patagónico.

-Acá, Coco, les va a explicar de qué se trata. Pero a mí no me pidan que diga nada; la ley que se votó es la que mandaron de arriba -asomó Alberto Balestrini y le tiró la piedra en llamas a Ulises Giménez, apoderado del PJ.

-Pero ustedes la votaron -se descargó Juan José Mussi-. Esta ley la aprobaron legisladores que no tienen territorio y por eso no les importa.

No se trataba, en rigor, de un reproche a Balestrini. El destinatario de todas las quejas fue Kirchner; aunque camufladas en esforzados eufemismos, evitó expresar claramente que el malestar apuntaba al ex presidente.

Gente precavida. Estaban casi todos los intendentes del conurbano sur y una palabra de más podría derivar, contada más tarde ante oídos ávidos, en una condena sin juicio previo de la Casa Rosada. De reojo, todos miraban al varelense Julio Pereyra.

Tanto que el jefe de la FAM, en otras cumbres un férreo defensor del matrimonio, guardó un sigiloso silencio. Su mutismo, junto con el corrimiento de Balestrini, fue la señal más visible: esa tarde, Kirchner se quedó sin portavoces que lo defiendan en el PJ bonaerense.

Junto con Balestrini, Pampuro, Mussi y Pereyra, en ese diván ardiente del peronismo estuvieron «Cacho» Álvarez, Francisco «Barba» Gutiérrez, Darío Díaz Pérez, Fernando Gray, Darío Giustozzi, Fernando Espinosa, Enrique Slezack y, entre otros, Gustavo Arrieta.

Ausentes

Faltaron, con aviso previo, Martín Insaurralde, heredero de Jorge Rossi en Lomas de Zamora, y Daniel Di Sabatino, intendente de Presidente Perón. Más llamativa, y quizá sintomática, fue la ausencia de Alejandro Granados, el histórico alcalde de Ezeiza.

A Granados le imputan haber comenzado un corrimiento: su ex mano derecha, el «Bebe» Mosto, que fue su secretario de Gobierno, acaba de ponerse al frente del armado del PJ disidente en el distrito, pivoteando entre Felipe Solá y Francisco de Narváez.

Puertas adentro, entre tecnicismos, «Coco» Giménez ensayaba explicaciones que no satisfacían la voracidad de los caciques.

-¿Va a poder haber colectoras o no? -se precipitó uno.

-La ley establece que no, pero, en verdad, es muy difícil impedirlo -se desgarró en una confesión el apoderado.

-Si hay colectoras abajo prepárense porque va a haber colectoras para arriba -enrojeció el alcalde.

Balestrini, un maestro zen. Parecía que las parrafadas incendiarias nada tenían que ver con él. ¿Por qué defender a Kirchner luego de que éste lo maltrató con el caso Franetovich y los retoques en la reforma política?

«Entre Alberto y Kirchner ya nada volverá a ser lo mismo», filosofó, anoche, un dirigente que atravesó junto al vice los últimos días de furia. ¿Anticipa una fuga del espacio kirchnerista? El peronismo es binario: endiosamiento o traición.

En el momento menos esperado, surgen oportunidades. El 19 de diciembre, en Tres de Febrero, sesionará el Congreso del PJ. Hay que definir a las autoridades partidarias, sobre todo quién será su presidente. «Lo va a poner Kirchner», dijo, el jueves, Balestrini mientras saludaba.

¿Y la rebeldía de toda la charla previa? Quizá haya que entender esos movimientos para imaginar cómo podría comportarse la liga de intendentes ante una figura impuesta, a dedo, por el ex presidente. Suena un nombre: el diputado José María Díaz Bancalari.

Transiciones

Otra furia padece, desde hace una semana, Daniel Scioli, que perdió a su hermano en medio de la batalla con Kirchner, se desprendió de Claudio Zin para amortiguar la ruptura política y familiar, pero que sólo se obsesiona por un área indomable: seguridad.

Al gobernador le advierten que sólo un dirigente con rango y experiencia política podría ponerse, con algo de fortuna, al frente de la Policía. Pero Scioli zigzaguea: primero acordó una salida, a principios de año, de Carlos Stornelli; ahora pide que caiga un funcionario político, además de uniformados.

¿Acaso Paul Starc no se instaló una semana en Pergamino para desplegar su experiencia como fiscal para buscar a los Pomar? Regresó cargado de hipótesis, la mayoría conspirativas. Scioli más que contra la Policía, brama contra sus conductores. Stornelli y Starc pueden volver a sus fiscalías.

El ministro avisó que la suerte de ambos está anudada. No responde, en tanto, sobre otras presencias «permanentes» en Seguridad.

Nada -se arriesga- cambiará sin Claudio Zin: Alejandro Collia, que llegó de la mano de Hugo Curto luego de sumar medallas en hospitales del conurbano, parecía funcionar como el «ministro» de hecho. El hueco de «Pepe» será más difícil de llenar. Lo de Mariano Cervellini será transicional. Javier Mouriño aparece como la apuesta más sólida, pero Scioli teme que caiga sobre el dirigente la guadaña de Olivos.

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