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Kirchner pidió que el peronismo evite entrar en peleas internas

Como un sindicalista más, el patagónico se enfundó en una campera de cuero -emblema del gremialismo combativo que enarboló Saúl Ubaldini- para auspiciar el pacto gremios-piqueteros que ayer se presentó en sociedad bajo la invocación de Eva Perón.
Atrás, lejos y sepultado, quedó su recelo a posar con jerarcas de la ortodoxia peronista y sindical. Es más: terminó de asumir que el PJ, como entidad autónoma, es incorregible e impone su propia lógica. En estas horas, esa lógica es la del pulseo interno.
Ayer, desde el Monumento al Trabajo, punto de llegada de la Marcha de las Antorchas organizada por la CGT moyanista y el Movimiento Evita que capitanea Emilio Pérsico para homenajear a Eva Perón, Kirchner reveló su temor a la ebullición que sacude al peronismo.
«Lo que viene no debe ser una lucha dirigencial», advirtió, pidió o suplicó el ex presidente. No fue necesaria ninguna aclaración: el PJ, partido que preside, está atravesado por una disputa doméstica por posicionamientos, espacios y candidaturas.
Fueron los párrafos disonantes en el libreto habitual del patagónico. Dijo más: «Acá no importan los posicionamientos de los dirigentes, si hay que estar primero, estaremos primeros, si hay que ir últimos iremos últimos, pero hay que estar dentro del proyecto transformador».
Deslizó, además, un reproche contra los dirigentes a los que «sólo les preocupa su situación personal». No faltó ninguna traducción: el mensaje de Kirchner enfocó a la riña que protagonizan Moyano y alcaldes del conurbano por el control del PJ bonaerense.
El palco fue un reflejo implacable de esa cinchada: salvo el metalúrgico de Tres de Febrero, Hugo Curto -que al mediodía pidió que Moyano asuma por Alberto Balestrini en la jefatura del partido-, el lomense Martín Insaurralde, Francisco «Barba» Gutiérrez (Quilmes) y Aníbal Reguerio de Presidente Perón, el resto de los intendentes pegó el faltazo. Algunos, por mera cordialidad, mandaron adhesiones.
Es más: de los jefes comunales presentes, al menos dos (incluso tres) llegaron de la mano del M-E de Pérsico y no porque sientan simpatía por el camionero.
Antorchas
Al atardecer, pasadas las 18, las columnas avanzaron desde el Ministerio de Desarrollo Social, alguna vez oficinas de Eva Perón, hacia la CGT. Kirchner salteó ese ritual: apareció por la sede de Azopardo y se encerró en el tercer piso con Moyano, Pérsico y Daniel Scioli.
Luego cuerpeó los 150 metros entre la CGT y el palco escoltado por el jefe gremial y el cacique piquetero, junto a su segundo Fernando «Chino» Navarro, jerarcas del moyanismo y ministros de Cristina de Kirchner, entre ellos Amado Boudou, otro que se tentó con el look sindical (y/o de motoquero).
El adlater del ministro de Economía, Diego Bossio, titular de la ANSES, pudo dominar la atracción del cuero curtido al igual que Scioli.
A la hora de los discursos (luego del minuto de silencio de rigor), el primer turno fue para Pérsico -que hizo una biopsia del proceso K- y lo siguió, emotivo, el jefe de la CGT. «Mi primer juguete me lo regaló Evita», mostró su lado sensible ante la multitud.
«Un trabajador es la patria», metaforizó Moyano -entre frases de respaldo a los Kirchner-, que puso en la calle a la tropa de Camioneros y animó, además, a la JP sindical que comanda su hijo Facundo.
Movilizó, además, a la Corriente Sindical -que coordinan Juan Carlos Schmidt y Omar Plaini- y promovió a la filial porteña de las 62 Organizaciones, que ayer sentó a su secretario general, Alejandro Amor, en la cabecera donde también se reservó una butaca para Cristina Alvarez Rodríguez, sobrina nieta de Evita y ministra de Infraestructura de Scioli, con aspiraciones a ser su compañera de fórmula en 2011.
En el cierre, el patagónico ejecutó melodías dulces para los oídos sindicales, quizá remembranza de sus inicios. Repitió el axioma según el cual el movimiento obrero es «la columna vertebral» del peronismo y defendió el concepto sindical que refuta el carácter inflacionario del aumento de salarios.
«Tenemos riesgo de inflación cuando alguien se lleva más renta de la que le corresponde», afirmó para, antes de despedirse, compararse con Eva Perón, ejercicio que fascina a su esposa presidente: «Evita también (como nosotros) debió convivir con la máquina de impedir».


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