14 de abril 2009 - 01:05

La bomba no estalló, pero sigue conectada

El mundo está en crisis pero no es la crisis que todo el mundo temía. La situación es grave, y sería terminal de no haberse evitado el colapso de la banca, pero aun así la implosión de los «desequilibrios globales» no se produjo. El Armagedón que los economistas sí imaginaron -y sobre el que escribieron en tiempos de bonanza- estaba en las antípodas del crac crediticio que hoy se enfrenta. No hay corrida contra el dólar. En 2008, se apreció contra todas las divisas principales (a excepción de una caída del 2,4% contra el yen). Se valorizó un 17% contra el euro y un 29% frente a la libra esterlina. Nadie huyó despavorido de las obligaciones del Tesoro. Ni crisis del dólar ni de la deuda pública. EE.UU. gestó la tormenta en sus entrañas, como se barruntaba, pero ninguna de las dos grandes tesis se cumplió. Al final del día, el único acierto de los presagios es la montaña de escombros.

Como premio consuelo, se afirma que la crisis, siendo una bestia distinta a la imaginada, también lleva en su código genético la impronta fatídica de los «desequilibrios globales». Se dice que el alza del endeudamiento externo de los EE.UU. -reflejado en un creciente déficit de su cuenta corriente- alimentó la efervescencia inmobiliaria y los excesos del crédito. Por qué los flujos netos de capital son los que importan y no los movimientos brutos que son muchísimo mayores es un interrogante que merecería contestarse. Después de todo, el auge inmobiliario que hoy se corrige con penuria, fue un fenómeno universal. Europa no se privó de participar pese a sus cuentas externas balanceadas. China vivió su propia vorágine sin desmedro de la ampliación rotunda de sus superávits. La mayor desmesura en la memoria reciente -el Japón de los 80, donde la Argentina vendió su embajada a más de 400 millones de dólares de la época- floreció en el seno frugal y ahorrativo del principal acreedor mundial.

Un paciente cardíaco puede morir atropellado. Que se salve, que restañe sus heridas, no cambia la prescripción de una dieta sin sal ni el control regular de la presión. De igual manera, los «desequilibrios globales» permanecen. Su amenaza subsiste. EE.UU. comenzó a corregir su déficit externo antes que asomara el tembladeral. Y el ajuste avanza trimestre tras trimestre. Sin embargo, los riesgos no merman pari passu. Ocurre que, en un mundo que la incertidumbre desglobaliza, que diluye sus vínculos comerciales y financieros, nada cae más rápido que los movimientos brutos de capital privado. Así, sufragar sin trauma cualquier nivel dado de desequilibrio supone mayor exigencia. ¿Cuánto hay de temporario en la sequía de capitales y cuánto de definitivo? No se sabe. En ese contexto, que los «desequilibrios globales» no hayan asestado el primer mandoble no excluye que más tarde le claven, a una economía ya muy debilitada, el puñal letal por la espalda.

Nadie luce más preocupado por estas vicisitudes que China. EE.UU. quiere montar a todo el mundo a la caravana del estímulo a la demanda agregada. Europa aboga por más regulación y, en su gesta contra los hedge funds y paraísos fiscales, también por una tributación más alta (¿ansía tornar competitivos a los pesados andamiajes de Francia y Alemania?). En el incendio, EE.UU. busca apagar pronto el fuego; Europa pretende cambiar los muebles de lugar y reforzar las cerraduras. La obsesión china, en cambio, es existencial. ¿Cuál será su lugar en el mundo? Teme, sin duda, ser expulsado del atalaya que ocupa y desde dónde concretó su formidable expansión. Es por eso que nadie vigila con más celo los cambios de la arquitectura financiera internacional.

En las últimas semanas China produjo un caudal de gestos más propios del histrionismo latino que de la severa máscara oriental. La preocupación pública del premier Wen Jiabao por la deuda pública de los EE.UU.; la firma de convenios y swaps cambiarios; sendos papeles de trabajo de la pluma de Zhou Xiaochouan, la cabeza del banco central chino, traducidos al inglés para su amplia difusión. Como no hay mejor defensa que un buen ataque, Zhou abogó sin ambages por un nuevo orden monetario. Pero quien crea que lo que China pretende, de veras, es remover la supremacía del dólar para fortalecer la ascendencia internacional del yuan renminbí (o diluir el poderío de los EE.UU.) no entendió el mensaje. Piénsese en los swaps cambiarios, ¿de qué sirven, fuera de la arena comercial, mientras el yuan no sea convertible en la cuenta de capital? ¿Acaso China revisó su postura tradicional y ahora procura que el yuan sea un activo internacional de reserva? No es así. En su ponencia, Zhou recita a Keynes como John Gielgud a Shakespeare. Se lamenta de su revés en Bretton Woods. Rescata a los Derechos Especiales de Giro (DEG) como el símil de la moneda supranacional que avizoró Keynes, el Bancor (hay que admitir que no es original). Y va más allá: ofrece que China y los demás países transfieran parte de sus reservas al FMI para que éste centralice su manejo en aras de asegurar la estabilidad (lo que EE.UU. no aprobó en Bretton Woods). No es difícil saber dónde le aprieta el zapato a China: el Keynes de Zhou es llamativamente inconcluso. ¿Cómo se corrigen los benditos «desequilibrios globales»? Zhou no lo dice; Keynes, sí. Para un proceso expansivo del comercio y la economía mundial, los países superavitarios deberían liderar el ajuste (y no poner todo el peso sobre las naciones con déficit). China es hoy un gran país acreedor. Debería tomar la iniciativa. Gastar más, desacumular reservas, apreciar el tipo de cambio. Un cambio de rol que resiste. O proveer financiamiento e inversión directa al resto de las naciones (la esencia detrás de convenios y swaps). Con EE.UU. y el mundo en la encrucijada, el desafío keynesiano no es una mera hipótesis. Basta mirarse en el espejo de las cuentas externas de Japón para comprobar que es una amenaza tangible, digna de quitar el sueño. El arreglo tácito de la era previa a la crisis -el Bretton Woods II según lo bautizaron Dooley, Folkerts-Landau y Garber- respira con dificultad. Nadie hoy teme más que China que el anciano régimen no tenga vía de retorno.

Dejá tu comentario