El espectáculo comienza en el avión, si se está cerca de una ventanilla. Uno viene viendo ese árido desierto de Nevada que sirvió a tantos westerns, y de pronto, en medio de esa nada marrón, surge, como un estallido de fuegos artificiales, un interminable campo de luces de neón proveniente de miles de casinos. Y a medida que el Airbus desciende hacia el Aeropuerto McCarran, se vislumbra una ciudad que es una confusión de ciudades, una curiosa Disneylandia para adultos, una réplica a escala de algunas maravillas del mundo: la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo en el hotel París; la Estatua de la Libertad (dos veces más grande que la de Barrancas de Belgrano y un tercio de la verdadera), el Empire State Building, el puente de Brooklyn en el hotel New York New York, que recrea interna y externamente el mundo de la Gran Manzana; la Esfinge y la gran pirámide egipcia del hotel Luxor. Todo anuncia al viajero que tendrá mucho para mirar en una ciudad encantada que entre sus cuentos de hadas tiene el de convertirse en millonario poniendo veinte centavos en la ranura, como en la canción de Ariel Rot, inspirada por un poema de González Tuñón.
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A Las Vegas le aplicaron epítetos, eslóganes y refranes de todo tipo y ninguno logró definirla, acaso porque esa city vive en transformación permanente. La calificación más estable ha sido la de «ciudad del pecado» (Sin City), pero también es «el patio de recreo de los Estados Unidos», «la capital mundial del entretenimiento» y «la ciudad del juego», algo que se confirma al empezar a caminar por el aeropuerto. La terminal está plagada de tragamonedas que tientan al que pasa a probar suerte.
Años atrás, La Vegas hizo una campaña publicitaria para ampliar sus visitantes con el eslogan «Venga con su familia», mostrando grupos sonrientes en una de las montañas rusas que recorren muchos edificios. La cosa no funcionó y se volvió al clásico refrán que, entre otras cosas, caracteriza una ciudad con casamientos y divorcios instantáneos las 24 horas: «Lo que ocurre en Las Vegas, se queda en Las Vegas».
Al empezar a caminar por la ciudad se tiene una sensación de déjá vu, de andar por lugares conocidos, y es que han sido escenario de miles de películas y series («La montaña embrujada», con Andy Fickman, «Algo pasa en Las Vegas», con Cameron Díaz, y la serie «CSI Las Vegas», son apenas las más cercanas). Hollywood supo promocionar la «ciudad del pecado», de Sinatra y la mafia, del erotismo desenfrenado, de los Paradises, el porno y el romance, la comedia, las aventuras y el happy end. Pero lo que convirtió a Las Vegas en gran destino turístico es que está en renovación permanente, que cada vez que se va hay mucho de nuevo, que tan importantes como el juego son los espectáculos y paseos, que da posibilidades a todo tipo de viajeros, con tal de que quede allí algún puñado de dólares, sobre todo en estos tiempos de crisis. Si alguien se resiste a las apuestas, a la tentación de salir de compras y fascinarse con las grandes marcas, si se hospeda con espíritu mochilero fuera del centro, se dedica a ir sólo a los numerosos espectáculos gratuitos, y va a comer en los legendarios buffets de tenedor libre que aún quedan, tendría vacaciones low cost, pero es difícil lograr eso, rehusarse a las constantes seducciones onerosas de «la ciudad del juego».
Lo nuevo en la época estival
La posibilidad de apostar se esparce por todas partes y en todas direcciones: los tragamonedas, la ruleta, el póker, los dados, los encuentros deportivos, y bastantes más. Se puede jugar en mesas de un centavo de dólar a otras por cientos de miles, o tener como croupier a un doble de Elvis Presley. Y en los lugares más insólitos, por caso jugar al black jack mientras se está en una piscina tomando un daikiri, cosa que se instaló hace años en el Palpa Bar del Hard Rock, ese hotel al que se entra por una gigantesca guitarra rockera. La idea de jugar mientras uno se baña se está esparciendo (el Mandalay Bay tiene una zona de juegos climatizada alrededor de una de las piscinas), aunque la mayoría opta por que la piscina sea el momento de relax posterior a una «hard night». Aunque a veces eso tampoco se logre, porque muchas de las piscinas son «sólo para adultos», para «tomar sol a la europea», o sea topless, y «realizar bonitos encuentros».
El mes pasado comenzó la «temporada de verano», aclimatada por «el famoso aire seco del desierto», y las piscinas de los hoteles (todas gigantescas, todas con «hidromasajes íntimos») han empezado a mostrar sus novedades. El hotel MGM se enorgullece de sus dos piscinas de agua salada con parlantes subacuáticos y seis cascadas; el The Rio, tener el mayor club para caballeros; el Mandalay Bay, haber transportado toneladas de arena del sur de California para crear un ambiente acuático tropical con olas de agua salada que alcanzan el metro y medio de altura; el Golden Nugget su tobogán acuático de tres pisos para que los huéspedes se lancen a una piscina junto a la cual hay un tanque de cristal repleto de tiburones; en The Palms la piscina, que está rodeada de cabañas y bungalows con camas king size, vive de fiesta con conciertos en vivo, y como su fondo es de vidrio, desde el Glass Bar subterráneo se puede ver a los huéspedes nadando arriba.
Desfiles nocturnos
En la mayoría de los hoteles se cree vivir en una noche eterna; esto hace que los jugadores no sientan en los casinos el paso del tiempo. Sin embargo, hay muchos turistas que esperan la noche por los espectáculos (que generan tantos ingresos como las máquinas de casino), desde los gratuitos a los muy costosos. Entre los gratuitos están la imperdible experiencia de la entubada calle Freemont, «el show de luces y sonido más grande y espectacular del mundo», que en 5 cuadras, con 13 millones de luces desliza sobre el techo pájaros, aviones y aliens. En el Bellagio se pueden ver las fuentes danzantes y el increíble jardín botánico interno. En el MGM, un hábitat de leones. En el Venetian, los gondoleros cantando. En The Mirage, vivir la explosión de un volcán. Y mucho más. Entre los espectáculos pagos hay recitales de grandes figuras: Celine Dion, Cher, Bette Midler, Elton John, Ricky Martin, múltiples espectáculos de Cirque du Soleil, musicales consagrados en Broadway y la visita sorpresa de súper estrellas. No todo lo que se vive en Las Vegas se deja en Las Vegas; mucho, uno tiene ganas de compartirlo.
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