19 de octubre 2012 - 12:04

LA CONCORDIA ORIENTAL: Mitos, verdades y otras yerbas

Un país que todo lo dialoga. Una dirigencia calma y seria que sella consensos y nada toma a la tremenda. Así es el Uruguay ejemplar para buena parte de los argentinos. Para otros, se trata de meros lugares comunes que ocultan los conflictos. Paradójicamente, su presidente, elogiado en esta orilla por tirios y troyanos, es el más argentinista (y, dicen, el que mejor entiende al peronismo) de los políticos orientales.

LA CONCORDIA ORIENTAL: Mitos, verdades y otras yerbas
Hay días en los que, si se observa desde cierta altura, pueden divisarse los contornos de la costa uruguaya. Colonia. La línea nunca es clara. Y es como si esa falta de nitidez invitara a diseñar un vecino imaginario. Poblar aquel litoral con deseos propios. Un Uruguay donde es posible encontrar todo lo que aquí se presume que falta o se perdió: garra futbolística, el amor por las tradiciones urbanas en la música ("¿Por qué no tenemos un Jaime Roos, un Fernando Cabrera, eh?"), una idea de la decencia y el tiempo ("Nadie está apurado"), una cultura de la negociación permanente ("Se juega limpio"). Para colmo, en el margen oriental del Río de la Plata uno puede bañarse. No llega la suciedad que expulsamos.

"Gente de palabra", los resumió un pasajero frecuente del ferry. El viaje a Colonia dura casi una hora. Como estaba aburrido, le sacó conversación a un turista holandés, que sólo por amabilidad, asentía con su cabeza casi sin dejar de hojear una guía.

-Tenés que probar el chivito.

-¿¿??

-Carne. Pan. Panceta. No sé cuál es el secreto, cómo lo hacen. Pero es...distinto. Mirá que soy asador.

Esa mirada, que puede pasar de lo crudo a lo cocido, ha permeado diversos estamentos sociales y profesionales de la Argentina y, sobre todo, aterrizó hace tiempo en cierta dirigencia política y en el discurso periodístico.Los medios uruguayos a veces comparten esa percepción. Sus políticos resaltan el civismo, pero lo matizan. "Creo que impera la tolerancia; obviamente que ello no significa que no haya criticas y discusiones profundas. Firmes, apasionadas a veces, pero respetuosas", le dice a Viernes Pedro Bordaberry, la figura de mayor proyección que tiene en la actualidad el Partido Colorado. Hijo del dictador del mismo nombre, quien falleció en 2011 mientras cumplía una condena de 30 años por asesinatos y desapariciones en la dictadura, el senador y excandidato presidencial en 2009 cree incluso que las disputas del pasado condicionan menos el presente. Ese pasado sólo retorna "cuando se quieren dejar sin efecto" las reglas de juego que constituyeron la "salida democrática y uruguaya a los años de dictadura". Se refería, claro, a los intentos de juzgar las violaciones a los derechos humanos cometidas entre 1973 y 1985.

Claro que Uruguay es distinto por historia y escala. La recuperación de sus instituciones no fue resultado de una guerra perdida ante un eximperio. Después de la debacle económica de 2002, se fue preparando el camino para que el Frente Amplio (FA) llegara al Gobierno. La pobreza se ha reducido a un 13,7%. La desocupación llegó a un mínimo histórico (6%). Crecieron el empleo formal y la sindicalización. La central de trabajadores (PIT-CNT) tiene hoy más poder que antes. La izquierda no rompió con la matriz económica que lo precedía. Pero en Uruguay, los gobiernos de los 90 habían ensayado una apertura más moderada que algunos de sus pares latinoamericanos. El presidente Luis Lacalle propuso en 1992 privatizar todo lo que tenía a su alcance, pero la sociedad rechazó esa iniciativa en una consulta popular. ¿Importan esas constataciones?

La conversión de Uruguay en modelo ejemplar tiende a ser meramente instrumental. En Buenos Aires parece resaltarse sólo lo que sirve para el denuesto interno. En cambio, se desechan sus ejemplos incómodos. A saber, ciertos consensos históricos que serían mal vistos por importantes sectores de este lado de la orilla. A saber, la cultura plebiscitaria, la separación de la Iglesia del Estado o, para poner un hecho más cercano, su política que impulsa el Gobierno de "estatización" de la venta de marihuana.

"Es cierto: si fuera argentino, preferiría el sistema uruguayo. Al peronismo le falta un antagonista fuerte. La tolerancia es la consecuencia de la fuerza del otro. Nuestro sistema político admite la discrepancia y la negociación. Pero ojo, esto es como el fútbol: pierna fuerte. Como cuando Messi tiene que enfrentar a Lugano. ¿Qué hace el defensor? Lo espera con los dientes apretados". Adolfo Garcé es politólogo e investigador del Instituto de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República. Ha escrito los ensayos "Donde hubo fuego. El proceso de adaptación del MLN-Tupamaros a la legalidad y a la competencia electoral" (2006) y el reciente "La política de la fe. Apogeo, crisis y reconstrucción del PCU (1985-2012)". Garcé recuerda que estos umbrales de tolerancia son precedidos por una historia de violencia que se remonta a las guerras civiles del siglo XIX, sigue con el encono recíproco entre colorados y blancos, y encuentra otro pico de dramatismo en una dictadura de 12 años que, además de los muertos y desaparecidos, el exilio y la prisión, hizo de la tortura un deporte venal. A partir de 1985, los actores políticos empiezan a compartir una certeza. "Cuando ya no puedes exterminar al otro, tienes que pactar. Irrumpe el Plan B".

El economista Julio Martínez Lamas hablaba de "patrias subjetivas" para referirse a las identidades uruguayas. Ese mundo binario que distinguió por décadas al país vecino se ha partido en tres desde que el Frente Amplio (FA), construido con una paciente y por momentos conflictiva ingeniería, se convirtió en fuerza rectora. Ahora, dice Garcé, lo que tenemos son tres "patrias subjetivas", y la particularidad de que blancos y colorados se unen en el espanto que les provoca la izquierda, aún en sus expresiones más moderadas. "Si pueden evitar conversar, lo hacen. A pesar de las disidencias tan marcadas, se aguantan. Todos".



II


Sobre la avenida General Flores se encuentran los bancos que funcionan en Colonia. Ese lunes, los argentinos que llegaron en el primer ferry y necesitaban retirar dólares hicieron tiempo hasta que abrieran sus puertas, al mediodía. Caminaban por la calle. Enfilaban hacia el río. En el puerto de yates y veleros, un café y restorán ofrecía una promoción de mariscos y sushi. Los visitantes coparon las mesas y formularon sus pedidos. Los atendieron con la acostumbrada cortesía. Abundaba entre los comensales -dueños de veleros, ahorristas, amantes furtivos- la ponderación hacia los anfitriones.Hasta el presidente José Mujica, su picaresca y sus hábitos franciscanos eran valorados. En esa exaltación suele sustraerse la biografía insurgente. Pepe surgía delante de sus ojos de consumidores como un viejito bueno y herbívoro. Como si nunca hubiera sido guerrillero y tupamaro, palabra esa que, en Uruguay, sigue teniendo su resonancia conflictiva. Al fin y al cabo, algo traza la política uruguaya aquella frase de Artigas: "Los más infelices sean los más privilegiados".

Antonio Ladra es uno de los dos conductores de Código País, que transmite el Canal 12, y que, dice, es un programa que mira "todo el establishment". Ladra conoce a esa membrecía política. Ve cómo se comportan ante su auditorio y fuera de cámara, cuando los rivales se permiten bromas, cierta intimidad, y utilizan un tono que luego atenúan para complacer al espectador. "No hay monjas de convento. No las vas a encontrar". Con el escandaloso "caso Pluna" (la compañía creada por el Estado en 1951, privatizada en los noventa y, tras acumular deudas por 300 millones de dólares y reclamos angustiados del personal, suspendió su actividad en julio pasado tras presentar la solicitud de concurso voluntario ante la Justicia uruguaya), crecieron sensiblemente los decibeles de las críticas cruzadas, así como dentro del oficialismo. "Se dijeron de todo". Pero hay un límite que no se traspasa. "Nunca llegan a insultarse. Hay un campo delimitado por cuestiones ideológicas. Lo personal no entra. Claro, siempre hay alguien que se desmadra".

Entre los exabruptos escandalosos suele citarse el que profirió meses atrás el expresidente Jorge Battle, un experto en deslices, al sugerir, a modo de chicana, que la senadora Lucía Topolansky, esposa de Mujica, padecía alzheimer. Hubo otro, en noviembre de 2007, que incluyó escenas de pugilato. "Yo creo que es muy imberbe para decirme que miento. Sos un atrevido guacho... Te reviento la cabeza... Oligarca puto...", soltó esa vez el diputado del MPP, la agrupación de Mujica, Juan José Domínguez, en medio de un debate parlamentario. Luis Lacalle Pou, hijo del expresidente y diputado encargado de custodiar un apellido que incluye una heráldica más vasta, dejó su banca y aceptó el convite. Pablo Álvarez, que milita junto a Domínguez, trató de frenarlo. En ese momento, la cara de Lacalle Pou se sacudió como una bolsa. Con uno de los ojos cerrados soltó sus piñazos, y dicen que algún adversario cobró.

La riña, por lo inverosímil, fue noticia, y obligó al FA a un acto de contrición. "Esto no debe ocurrir en ningún lugar de intercambio democrático. Los legisladores estamos sujetos además de a normas éticas y de educación, a normas reglamentarias y eso es lo que tendremos que analizar", dijo el diputado Edgardo Ortuño.

Como en la Argentina, el territorio de la violencia simbólica se ha trasladado a los foros y las redes sociales. "Allí los comentarios son más acerados, hirientes", detecta Ladra. Será, no obstante, difícil encontrar equivalentes con las invectivas metalizadas del reciente cacerolazo.



III


Suena una radio en el restorán El Yachting. Es la Sarandí. Los comensales no le prestan atención. Hace 43 años, los estudios de esa misma radio fueron tomados por un comando tupamaro para lanzar una proclama en defensa de la lucha armada. "Saludamos a aquellos que se rebelan espontáneamente. Cuando un grupo de trabajadores desocupados entran a un supermercado y llevan comida para ellos y sus hijos, están procediendo mucho más honestamente que los que se quedan en su casa asistiendo impasibles a la desnutrición de su familia", se leyó. "Quienes así proceden también son tupamaros, porque tupamaro es todo aquel que no respeta las leyes, decretos y órdenes creadas por la oligarquía".

El MLN fue derrotado tras el golpe de 1973. "Me tocó perder", suele decir Mujica. Cayó con seis disparos policiales en el cuerpo. Fue uno de los rehenes que estuvo 14 años preso en condiciones infrahumanas. Salió de la cárcel en 1985, con la cabeza rapada. Lo llevaron de inmediato a un mitin. Le tocó hablar en nombre de la conducción tupamara. Su discurso fue sorpresivamente moderado. Allí empezó la nueva vida de Pepe. Sin arrepentimientos ni melancolía por las acciones armadas.

Cuando Mujica se lanzó a competir por la presidencia, en noviembre de 2009, blancos y colorados exhumaron igual su expediente y lo espectacularizaron. "¿Mamá, lo vas a votar?". Con esa pregunta inocente, tan de niña, la publicidad del candidato Luis Lacalle intentó disuadir a los indecisos. La prensa más difundida jugó a fondo. La apelación al miedo fue constante. Lacalle tildó a Mujica de "mesiánico" e hizo campaña con una motosierra con la que prometió serruchar a la inseguridad. El extupamaro ganó y, al tomar posesión de su cargo, llamó a sus rivales a participar "incansablemente" de las mesas de negociación con el Gobierno.

Garcé piensa que Pepe es un caso de transformación excepcional. Y que, a la distancia, tiene un mayor apego republicano que su antecesor. "Primero, porque disfruta menos que Tabaré Vázquez el ejercicio del poder, y mucho más que Vázquez la relación horizontal con la gente. Se siente mejor tomando un mate con un peón rural que en el sillón presidencial. Y es más republicano porque tiene mayor vocación por el diálogo con los partidos de oposición. Creo que seduce en la Argentina por algunas cosas que tiene de distinto y por otras que tiene de parecido con lo que sucede allí: es un caso impresionante de desinterés por la riqueza, por lo material, y sintoniza muy bien con la sensibilidad social -el énfasis en la igualdad- de la matriz ideológica del peronismo".

La cautela que signa a su gestión obedece, a su juicio, "a cálculos electorales en el contexto de la competencia con rivales fuertes y sagaces: si no te moderás, no ganás elecciones; en segundo lugar, a lo que llamaría aprendizajes sustantivos derivados del fracaso de las experiencias del llamado ´socialismo real´ y de los problemas generados por algunas políticas".

A principios de año, Mujica se quejó, no obstante, de la "fina intolerancia" que reverbera detrás de la cortesía, y que incluye a aliados en el FA como opositores que se resisten aún a aceptar que sea presidente "alguien que no tenga chapa universitaria o no pertenezca a determinado círculo social".

Aquel lunes por la tarde, en El Yachting, un cliente argentino había perdido la paciencia. El camarero se demoraba y temía perder el primer lugar en la cola del ferry de regreso, no ver su propia costa con una vista preferencial: la ñata junto al vidrio, en la proa. ¿Almacenaría una novela de Juan Carlos Onetti en el kindle que portaba? El gran Onetti ubicó a su Santa María entre Colonia y Buenos Aires. Pero en ese artefacto de la ficción abundaba lo atroz. Lo que, en definitiva, unía a las dos márgenes del río real. Las nuevas ficciones dibujan un mapa donde el río separa lo ejemplar de lo impuro. Esa diferencia, presentada de manera negativa, tiene, quizá, algo de ejercicio solapado de autocelebración de una singularidad incorregible.

-Mozo, por favor, ¡¡¡la cuenta!!!

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