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La cuestión es reformar la política
No se puede cambiar el reglamento una vez que el juego ha comenzado; pero cierto es también que, después de la elección de 2007, la Cámara Electoral se dirigió a los poderes políticos y a los partidos con representación parlamentaria para que estudiaran la conveniencia de una reforma legislativa. Se organizaron foros de especialistas a los que asistieron jueces electorales, académicos y organizaciones de la sociedad civil pero asistieron muy pocos representantes políticos y partidarios.
Es cierto que los debates electorales no conmueven mucho en años no electorales al quedar fuera de la agenda mediática; pero son esos, precisamente, los tiempos más calmos para debatir con serenidad y cuando la visión de la política arquitectónica debe prevalecer sobre la visión de la política agonal, en términos aristotélicos.
La actual convocatoria al diálogo se realiza apenas concluido el acto electoral, pero con su recuerdo todavía muy cercano. Aún no ha concluido el escrutinio definitivo, el único con valor legal. No sabemos todavía cuáles fueron los porcentajes reales ni quiénes son los candidatos definitivamente electos hasta tanto las juntas electorales nacionales no proclamen a los ganadores.
En la agenda debería incluirse, entonces, la necesidad de vincular el llamado escrutinio provisional, a cargo del Ministerio del Interior, con el escrutinio definitivo a cargo del Poder Judicial para no correr más el riesgo de los resultados diferenciados. Como canta Joan Manuel Serrat, «nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio».
En materia de control de financiamiento se han registrado singulares avances a partir de la Ley 25.600, así como de la jurisprudencia y acordadas de la Cámara Nacional Electoral que nos colocan a la vanguardia de América Latina.
El quid de la reforma será determinar si se mantienen las competencias en el Poder Ejecutivo o si se fortalece el control judicial, tal como lo recomiendan las experiencias del Derecho Comparado. Es insólito que el Presupuesto nacional no prevea una partida específica en cabeza del órgano electoral, tanto para esa delicada materia como para los procesos electorales.
La reforma no puede ser ingenua, sino realista; difícilmente exista en ninguna parte un Gobierno dispuesto a ceder poder, ni tampoco agrupaciones políticas que renuncien a obtener ventajas de un debate parlamentario que está llamado a ser muy arduo y que corre el riesgo de evaporarse en fuertes anuncios para empantanarse otra vez en un juego de «suma cero».
La mirada debe superar los intereses particulares de quienes tienen derechos electorales pasivos -los candidatos y los partidos- para fijarse en los ciudadanos electores; depositarios del sufragio activo y componentes de la soberanía nacional. Se acabó el tiempo de confundirlos en el cuarto oscuro con confusas boletas e indefinidas propuestas. La República del Bicentenario nos reclama un sistema electoral creíble y confiable para que el pueblo siga queriendo votar.
(*) Vicepresidente de la Cámara Nacional Electoral. Presidente de la Asociación Argentina de Derecho Constitucional.


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