Una de las ventajas de quienes no tienen que seguir minuto a minuto lo que sucede en el mercado financiero, es la posibilidad de asombrarse. Para quienes en cambio tenemos una vinculación más estrecha con el mercado y debemos ir enfrentando las cosas a medida que se van dando, esto es algo que no es dado sólo al final de la jornada al mirar hacia atrás. Puede parecer una exageración, pero la de ayer fue una de estas jornadas que dio para el asombro. Como decíamos en nuestro comentario del viernes, todo parecía dado para que en esta semana el mercado continuara recuperando terreno. No sorprendió casi nada entonces que el Dow arrancara el lunes del lado ganador, ni que poco después de las once de la mañana llegara a trepar un 1,15%, impulsado por las petroleras que avanzaban un 1,6%, movidas a su vez por el 2,8% que trepaba el precio del petróleo (que a su vez tenía algo que ver con el 1,5% que se revalorizaba el euro frente al dólar; los commodities ganaron en promedio un 1,6%). Sin embargo, al escucharse el campanazo final el Dow quedaba perdiendo un 0,2% en 10.190,89 puntos. La mayoría de los analistas intentó vincular este cambio de humor con la noticia que la calificadora Moodys había bajado el rating de la deuda griega a nivel de chatarra. Lo curioso es que esto se difundió cerca de mediodía, tres horas antes que las blue chips entraran al terreno perdedor y, si hemos de ser sinceros, no fue realmente una novedad, salvo para los más despistados. Mientras tanto, la zaga de BP (British Petroleum) no aparejó nada importante, más allá del hecho que la empresa incrementó la estimación de pérdidas por la fuga en el Golfo a u$s 1.600 millones y que la retórica de Obama contra la empresa se tornó aún más vitriólica.
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