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La economía necesita levar anclas
Enrique Szewach
Para que esta independencia se concrete, la clave está, obviamente, en mantener un superávit fiscal que permita pagar los gastos corrientes y los servicios de deuda, con recursos genuinos. Dado que los recursos fluctúan en función del nivel de actividad, la segunda clave de esta historia es mantener el gasto público dentro de una evolución que no lo haga demasiado dependiente del ciclo económico.
Cumplimiento parcial
La Argentina de 2003 a 2007 cumplió, parcialmente, estas reglas. Es cierto que el superávit fiscal permitió mantener una política monetaria y cambiaria relativamente independiente, pero no es menos cierto que la evolución del gasto público bien en línea con el ciclo económico afectó la posibilidad de ajustar en tiempos de vacas flacas.
Lo de «relativamente independiente» de la política monetaria y cambiaria se origina en el hecho de que, si bien el Banco Central se inclinó por acumular reservas y sostener subvaluado el tipo de cambio nominal en una política de estabilidad financiera y de respuesta a la remonetización de la economía en pesos, después de la debacle de 2001/2002, lo cierto es que parte de esas reservas acumuladas se utilizaron para pagar deuda pública en moneda extranjera en cabeza del Tesoro, en especial el pago al FMI. En otras palabras, una parte de la emisión para comprar dólares terminó financiando deuda que debió haber financiado la política fiscal.
Este escenario se agravó a lo largo de 2008 y 2009. La política de transferir utilidades realizadas y también «utilidades devengadas» por diferencias de cambio (ganancia en pesos de la valuación de las reservas en moneda extranjera), comenzó a tener cada vez mayor importancia en el financiamiento del sector público. En este contexto, la devaluación del peso dejó de ser un instrumento de «competitividad» o de acumulación de reservas, contra crisis cambiarias, para pasar a ser un mero instrumento fiscal. El Banco Central administra la devaluación, contabiliza ganancia cambiaria y transfiere esa ganancia al Tesoro. Este mecanismo, en el marco del estancamiento de la demanda de dinero, implica volver a utilizar el impuesto inflacionario como forma de financiamiento del Fisco.
El ancla nominal se ha perdido, y ello explica por qué tenemos hoy un escenario de estanflación, en donde con una caída del Producto no menor al 3% anual, la tasa de inflación verdadera no baja del 1%-1,5% mensual y por qué, el año próximo, para que las cuentas cierren, el Central tendrá que aportar, al menos, unos 40 centavos de peso, por dólar acumulado de reservas, con su devaluación administrada. Y el Tesoro tiene que recurrir al Banco Central, pese a la expropiación de los fondos de pensión y una presión tributaria récord, simplemente porque el kirchnerismo no cumplió, en estos años, con la segunda regla básica de un esquema fiscal «sano»: que el gasto público no evolucione amplificando el ciclo económico.
Ahogo
Por otra parte, el esquema de retenciones a la exportación que centralizó recursos en el nivel federal, también terminó ahogando a las provincias que, en su propio esquema de explosión de gasto, no encuentran ahora financiamiento genuino que no dependa de la discrecionalidad y la negociación política con el Gobierno central.
Y esto lleva al «ancla de largo plazo», que es el que determina el crecimiento de la inversión. En efecto, Kirchner y el kirchnerismo se encargaron, con sus arbitrariedades, violaciones sistemáticas de los derechos de propiedad, intervencionismo irracional, control del poder judicial, enfrentamientos con los sectores productivos, marañas de subsidios, etcétera, de reducir el esquema de inversión, casi al exclusivo reducto del «capitalismo de amigos». Pero claro, la derrota electoral de junio ha puesto en duda la continuidad del proyecto K más allá de 2011, aunque hoy no lo parezca por la atomización y debilidad de liderazgos de la oposición. Esas dudas limitan la inversión de «los amigos» teniendo en cuenta que éstos dependen de que el poder siga en manos de Kirchner.
En síntesis, la Argentina ha perdido el ancla nominal de corto plazo al borrar la frontera entre la política fiscal y la política monetaria y ha perdido el ancla de largo plazo para el capitalismo de amigos que implican las
dudas sobre la continuidad del kirchnerismo más allá de 2011.
En ese contexto, el crecimiento del año próximo se hace cada vez más dependiente del escenario internacional y de los precios de los commodities agrícolas. Y la tasa de inflación, de la capacidad del Gobierno de mantener la actual presión tributaria, desacelerar el crecimiento del gasto público, en especial en los subsidios, y de obtener algo de crédito voluntario en los mercados de capitales.
Y esto último depende de que el escenario de liquidez internacional persista y el riesgo de las inversiones de alto riesgo siga bajando.
Sin anclas, el barco depende más que nunca de la corriente, del viento internacional y de la pericia del timonel. Esto último, interesante.


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