25 de abril 2011 - 00:00

La fiesta interminable: Wall Street llega a récord y alista otro zarpazo

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
¿Matar o morir? Entre la espada y la pared, la ley de hierro de los balances le concedió al rally de las acciones la oportunidad de una sobrevida. Alcanzó con que las compañías tecnológicas blandieran sus resultados -un alud que desbordó las expectativas- para que la Bolsa se abriera camino, en veloz contraofensiva, con la esgrima de una fulminante estocada. Las prevenciones eran muchas y la semana arrancó mal. Sin preaviso, Standard and Poor´s, la agencia calificadora de crédito, rebajó la perspectiva de la deuda de los EE.UU. y volteó a las acciones. Una señal clarísima de debilidad ya que no afectó en nada a los destinatarios directos de su reproche, los bonos del Tesoro. Pero gracias a los balances favorables la semana terminó radiante. Y se hizo corta: el Dow Jones la cerró el jueves en las cotizaciones más elevadas del mercado bull («alcista») que se inició en marzo de 2009. Le faltó la rueda del viernes para descargar todos sus bríos. Su pujanza -sofrenada por el feriado- promete, pues, extender el recorrido.

¿Se cruzó el Rubicón? No por completo. Hay legiones que aún no lo vadearon. El Nasdaq despertó de su sopor, recuérdese el traspié de Google, con los estados contables de compañías maduras -como Intel o Apple- que tomaron el liderazgo sobre sus espaldas. Pero el índice que dominan las firmas tecnológicas todavía está a un tris de los máximos de febrero. Lo mismo cabe decir de la milicia más representativa, el S&P 500. Apenas ocho puntos lo separan de la cima. Bastará que sople una brisa a favor para que ambos coronen la travesía y consoliden la formación -hoy peligrosamente partida en dos- uniendo filas con las acciones que marchan a la vanguardia (como las del Russell 2000). No podrá negarse el cansancio -a diferencia de Julio César no hubo aquí un vertiginoso «vini, vidi, vinci»- pero tampoco la posibilidad de concretar la obstinación de proseguir el avance en mayo.

Dos semanas atrás, la debilidad del dólar (tras la suba de tasas del Banco Central Europeo), la fogosidad del precio del petróleo y de las materias primas estremecieron a la Bolsa y le pusieron un candado a su paso. Esta vez no importó. Si lo que un mercado alcista debe cumplir para mantenerse como tal es la obligación de escalar un muro de preocupaciones, no se dirá del rally en curso que sufre por la escasez de insumos. Así, el dólar se hundió a pique y abrazó nuevos mínimos absolutos contra una canasta de monedas. Por lo visto, la tragedia de Grecia no empaña la fortaleza del euro (ni de las bolsas europeas). Como si fuera poco, el enemigo principal del rally -el precio del crudo WTI- regresó a los 112 dólares el barril. Los inventarios de petróleo son generosos, pero los de naftas comienzan a consumirse -como es lógico a esta altura del año- y a clavar sus espuelas sobre las expectativas de precios minoristas. Las materias primas en general arremetieron otra vez al alza. Lo que en plena temporada de balances podría interpretarse como una agresión a los márgenes de rentabilidad no le quitó el sueño a nadie. Hasta el oro de los pobres, la plata, se desbocó en suba vertical. Si los metales preciosos son un conjuro para protegerse de los males más terribles -incertidumbre, turbulencias, inflación- ahora que ingresan en una fase mística, se diría que los avizoran en enormes cantidades. Lo cierto es que el Dow no se arredró. Menos importó que China elevase los encajes bancarios al 20,5%, las subas de tasas que ensayaron países tan diversos como Suecia, Tailandia o Brasil para controlar las riendas de sus respectivas economías o, de entrecasa, una flojísima lectura del informe Philly FED.

Si la medicina energizante la proveen los balances, conviene saber que hubo 110 la semana que pasó (contando sólo las empresas del índice S&P 500), pero habrá otros 178 en la que hoy comienza. Para fortuna de quienes tienen exposición en Bolsa, ya la banca mostró sus números; entre tibios y decepcionantes fueron culpables de la incipiente sensación de zozobra con que abrió la temporada. La economía real afronta su cuota de dificultades pero se da margen para crecer y superarlas. No puede decirse lo mismo de la cartera bancaria que no logra romper la maraña que tejen los viejos problemas de herencia, la falta de demanda crediticia y el peso muerto de las regulaciones a estrenar. El vituperado QE2 -el relajamiento cuantitativo que lanzó la Fed- sirvió para alentar la recuperación de la economía, encender las cotizaciones de las acciones (y más aún, de las materias primas) e inundar de nueva liquidez los bancos. Pero no consiguió que prestaran más. La prueba está a la vista. La pobre realidad de los balances tiene su contrapartida en los más de 1,4 billones de dólares estériles que la banca retiene en sus reservas excedentes (colocadas en la propia Fed a un magro rendimiento del 0,25%).

Con el Dow en territorio récord, con el Nasdaq y el SP 500 a centímetros de lograrlo, con el sino de los balances a su favor, el rally alista otro zarpazo. Pero la expedición marchará esta vez sin su amuleto, sin la compañía de los bancos. Necesitará que la Fed tras su reunión de martes y miércoles le confirme que la vía está despejada; en lo posible que el QE2 morirá su muerte natural, recién a fines de junio. Para quienes piensan que la Fed no tiene nada que aprender del Banco Central Europeo, ver a Ben Bernanke imitando a Jean Claude Trichet puede provocar una conmoción. La Fed estrenará la modalidad de las conferencias de prensa tras cada reunión. Tranquilizará comprobar que la copia de procedimientos no irá más allá.

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