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La fisura impacta en el PJ y prueba eficacia del cerco K
Cristina de Kirchner, Daniel Scioli
La mala hora, quizá irreversible, entre Cristina de Kirchner y Daniel Scioli inocula en los caciques peronistas analogías con el tramo último de Carlos Menem como presidente con Eduardo Duhalde atrincherado en la provincia y pretensiones de sucesor sui generis.
Aquella película fundió a negro -como se sabe- en el 99 con un tropiezo peronista en las urnas. A los ojos partidarios, una CGT desgajada opera como un síntoma. Por ahora, es pura teoría pero se nutre de una turbulencia mayor: la de la tirria Cristina-Scioli.
De la fractura cegetista el Gobierno rescata un factor positivo y otro negativo. Desde mañana, la Presidente podrá jactarse de su eficacia para cercar a Hugo Moyano, En Ferro, el camionero se hará reelegir en una CGT jibarizada: Camioneros, UATRE de «Momo» Venegas, municipales, migajas de La Bancaria y una ristra de gremios menores.
Es una lección hacia dentro del peronismo. Toda desobediencia merece un castigo. Al animarse a sugerir que existe el 2015 Scioli se convirtió en un Moyano en estado larval: la captura de intendentes adicionó, ayer, quejas de gobernadores al bonaerense.
Juan Manuel Urtubey y Jorge Capitanich, dos aspirantes a habitar Olivos, rompieron el sintomático silencio que hasta ahora guardaban los barones de provincia. El reflujo interior vs. Buenos Aires es, por ahora, módico (ver nota en Ámbito Nacional).
De hecho, en su momento fue más nutrida la comitiva de caciques que se despabiló para criticar a Moyano. Urtubey y Capitanich conciben a Scioli como futuro adversario. Al salteño, en particular, lo anotan en varios ensambles: mezclado en una fórmula K o un binomio junto a Sergio Massa. Nunca en las cercanías del bonaerense.
Otros gobernadores prefieren el perfil bajo. Un norteño ultra K suplica que no le suene el teléfono con un llamado de Balcarce 50 o de Olivos: suele, como muchos de sus pares, hablar con Scioli. ¿Para qué enemistarse con quien podría, algún día, jurar como presidente?
Los más pragmáticos celebran, escondidos, como un mal menor la embestida cristinista contra el bonaerense porque puede depararle algunos beneficios. En conflicto, la Casa Rosada debe desplegar mayores seducciones, redescubrir el mecanismo de premios a los aliados.
Lo saben, por ahora virtualmente, los intendentes. Julio De Vido los volvió a convocar, como hacía tiempo no ocurría. Un déjà vu en toda su expresión: el ministro no le ofreció obras nuevas sino reactivar lo que le habían prometido antes y aún no le cumplieron.
«¿Qué te debemos?», fue la frase de cabecera del funcionario ante los visitantes. «Pasame un listado de los certificados demorados». Una fenomenal magia financiera: el ministro cubre con un mismo billete dos compromisos políticos.
El viernes pasado alcaldes del conurbano se reunieron para analizar. Los más voluntariosos suponen que la crisis los vuelve necesarios. Durante la cumbre circuló la novedad de la charla entre Cristina y Scioli. Se contó que el tono no fue nada amigable.
Un osado, en un aparte, dijo detalles sobre el tramo en que el gobernador le preguntó a la Presidente sobre los dichos de Darío Díaz Pérez, intendente de Lanús que lanzó una parrafada tremenda sobre Scioli. Dijo que la Presidente respondió en una frase: «Lo que yo tenga que decirte, te lo digo por cadena nacional».
El elemento negativo de la fractura de la CGT es que Moyano inicia un derrotero, sin red, a la oposición extrema. Esa mecánica no es infalible. De hecho no le alcanzó para forzar una negociación con el Gobierno, aunque hubo intentos pactistas de sus rivales.
Ahí radica una clave poco explorada de la interna cegetista: a pesar de Antonio Caló, el candidato con más simpatías K, interpretar al universo opositor a Moyano como una extensión del Gobierno es una apreciación prematura. Los une Moyano más que Cristina de Kirchner.
Silvestre, atormentado por el susurro de que la Casa Rosada lo quiere preso, el camionero fantasea con su reconversión noventista, cuerpeando contra un ajuste, instalado en la calle como su territorio natural. También el moyanismo construye sus propias épicas.
Ese Moyano es impredecible. Los sindicalistas K, algunos con sillón en la CGT otros en la CTA, reconocen la dificultad de fragmentar el poder del camionero. Su gremio es visto como una cofradía impenetrable. El poder de daño de ese Moyano sigue intacto.

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