12 de abril 2010 - 00:00

La historia del hombre según el corrosivo verbo de La Zaranda

El original y notable grupo andaluz La Zaranda representa «Futuros difuntos», en un hospicio del que quieren adueñarse tres internos.
El original y notable grupo andaluz La Zaranda representa «Futuros difuntos», en un hospicio del que quieren adueñarse tres internos.
«Futuros difuntos» de E. Calonge. Dir. y Espacio. Esc.: P. de La Zaranda. Int.: G. Campuzano F. Sánchez y E. Bustos. Ilum.: E. Calonge y A. Le Nouêne. (Teatro Metropolitan 2).

Son andaluces hasta la médula. Sus voces tienen la inconfundible música del sur de España y retumban en el escenario con esa aspereza medio destartalada y vivaz que algunos asocian a la ebriedad, la demencia o a cierto salvajismo indómito, propio de quienes -aún perteneciendo a generaciones de desposeídos y humillados- no se resignan a agachar la cabeza.

Esta condición de desahuciados en pie de guerra, de bufones que representan las injusticias de este mundo, riéndose de los poderosos y dialogando cara a cara con la muerte, ha hecho que los personajes creados por La Zaranda conserven su vigencia y universalidad luego de casi tres décadas de recorrer mundo.

En «Futuros difuntos», Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos interpretan sus papeles con tal convicción y visceralidad que no parecen estar actuando. Su expresividad esperpéntica, la gracia con que sueltan sus textos y los fascinantes rituales que juegan en escena (sin un ápice de solemnidad, carentes de todo preciosismo) apuntan a avivar la imaginación del espectador, a conmover su espíritu y a crearle nuevos interrogantes en el aquí y ahora.

Aquí parten de la antigua metáfora de «el mundo como manicomio». La acción transcurre en un hospicio de mala muerte, donde tres internos, al principio muy desconcertados por la desaparición del regente del lugar, deciden ocupar su puesto fantaseando por un momento que son dueños de su propio destino. Pero esto desata una feroz disputa entre ellos exacerbada por la vanidad, el delirio de grandeza y la ambición de poder (aunque el único beneficio real sea el saqueo de la despensa).

De allí en más entran en una alucinación colectiva que es también un viaje a través de la historia con sus guerras, iniquidades y miseria como triste resultado de una civilización eclipsada por ideologías mesiánicas y falsos ideales patrióticos. Vuelven a aparecer la procesión religiosa, la música estruendosa y los momentos de epifanía, otra marca de estilo de este grupo asentado en Jerez, Cádiz. Pero sus remedos de ceremonias monárquicas y de ritos eclesiásticos son recursos para denunciar el engaño y la amenaza de los discursos oficiales.

Desde 1989 hasta hoy La Zarada ha presentado en Buenos Aires cerca de una decena de obras que comparten la misma estética y el mismo criterio de puesta. En «Futuros difuntos» (espectáculo coproducido en 2008 por el Théatre Sorano de Toulouse, Francia) vuelven a desfilar por el escenario objetos antiguos o semidestruídos que en el transcurso de la acción van cambiando de signo y de funcionalidad (camillas y sillas de ruedas se transforman en tarimas, guillotinas, tribunas y pedestales; un embudo se convierte en copa y más tarde en el bonete de un ridículo personaje que parece escapado de un cuadro de Hyeronimus Bosch (El Bosco). Hay muchas otras citas pictóricas (los bufones de Diego Velázquez, los «Fusilamientos del tres de mayo» de Francisco Goya, etcétera) e incluso el diseño lumínico está inspirado en la pintura española y utiliza la técnica del claroscuro. Una serie de muñecos de madera representan a los demás pacientes del psiquiátrico. Al igual que los maniquíes mudos que caracterizaron el teatro de Tadeusz Kantor (Polonia 1915-1990) estos también representan a esa masa anónima y sin rostro, pronto destinada a ser carne de cañón: «Cómo no nos dimos cuenta que las trincheras que cavábamos eran nuestras propias fosas», clama uno de los protagonistas.

Fieles a su línea artística y con la misma eficacia de siempre los integrantes de La Zaranda dan cierre a su espectáculo con una triste pero certera conclusión: «Hay tanto hoyo en la tierra, que en su fondo se encuentran amigo y enemigo abrazando sus huesos eternamente. A eso le llaman los cimientos de la historia, a dejar la tierra preñada de huesos y carroña.» No por nada han crecido en un país que padeció las atrocidades de una guerra civil y aún no logra hacer las paces con sus fantasmas.

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