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La magia de Barenboim llegó a un “Tristán e Isolda” abreviado
Peter Seiffert, Ekaterina Gubanova, Waltraud Meier, René Pape y Gustavo López Manzitti, el quinteto solista de “Tristán e Isolda” en concierto.
La realización de fragmentos de "Tristan und Isolde" que pudo escucharse el lunes en el Colón puede ser considerada desde muy distintos puntos de vista, y el resultado de la evaluación podría ser diferente según la perspectiva. Si se tiene en cuenta que se la presenta como parte de la temporada lírica, y más allá de la calidad de los intérpretes, la ejecución sin escena del preludio, el segundo acto y el final de una ópera de Wagner puede ser tomada casi una afrenta y una continuación de la "tijera wagneriana" que el Colón propició hace no mucho con el infortunado "Colón-Ring"; no es necesario enfatizar que pocos compositores hicieron de sus obras un micromundo tan perfecto y de una continuidad tan imprescindible como Wagner.
Enmarcada, en cambio, en el ámbito de un grandioso concierto (que bajo el título de Proyecto "Tristan und Isolde" Barenboim, la WEDO y los cuatro solistas principales repetirán en Europa dentro de dos semanas), la selección es adecuada, ya que se centra en el acto en el que el drama se despliega y a la vez permite el lucimiento de la pareja protagónica, de BrangTMne y del Rey Marke, en su fabuloso monólogo; tanto el Preludio como la "Muerte de amor" son parte habitual de conciertos, y en tal categoría constituyen una buena introducción y epílogo para el segundo acto. Y si, por último, se emplaza el hecho artístico en el marco del Festival de Música y Reflexión que Barenboim está llevando adelante en el Colón junto con la West-Eastern Divan Orchestra, se trata de algo digno de ser celebrado, porque permite vivir una dimensión distinta de estos intérpretes y un acontecimiento musical que también tiene mucho de trascendencia humana y simbólica.
Luego de un comienzo interrumpido por ruidos provenientes una de las localidades altas, que obligaron a Barenboim a detener los pocos compases que se habían escuchado del "Preludio" y retomar "da capo" la interpretación de esta dificilísima puerta de entrada al drama, su batuta comenzó a desplegar su sabiduría, su rumbo siempre certero, su calidad de antena de una energía que no pasa inadvertida. Barenboim es uno de los más consumados y expertos directores de este repertorio, y como tal es la mejor guía posible para una orquesta juvenil sin tradición lírica, y puede encausar los desfases, imprecisiones y destemplanzas que la endemoniada textura de Wagner es capaz de depararles. De todas maneras el desempeño de la orquesta fue admirable y sus integrantes respondieron al milímetro a los designios de su mentor.
Tras casi 40 años de carrera (y a más de tres décadas de su debut porteño), Waltraud Meier, una de las más sobresalientes sopranos wagnerianas, conserva su maravillosa inteligencia, su hondura interpretativa y su entrega en un papel que conoce a la perfección. Su actuación del lunes, sin embargo, estuvo signada por la casi constante tirantez y "calatura" de sus agudos y el esfuerzo de cantar detrás de la orquesta (cuestionable decisión, con muchos más perjuicios que beneficios), pese a que Barenboim cuidó en todo momento que el volumen del ensamble instrumental no fuera excesivo.
Algo similar le sucedió al tenor Peter Seiffert, que además lució muy poco conectado con su compañera. En el otro extremo, René Pape, el bajo alemán que hace con esta actuación su tardío debut local, deleitó de principio a fin; en su voz generosa y timbre exquisito, su actitud corporal y su decir estuvo lo más memorable de la noche, junto con la también increíble Ekaterina Gubanova (BrangTMne). El tenor argentino Gustavo López Manzitti completó el reparto con una labor impecable como Melot.


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