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La mística religiosa como base de la aventura literaria
Gustavo Ferreyra habla sobre su último opus, "Los peregrinos del fin del mundo". Nuevo capítulo de una serie en progreso, la historia se ocupa de una joven judía que se convierte al cristianismo de una manera atípica.
Ferreyra. Entre delirios mesiánicos y crímenes, la historia le permite al autor explorar también la función de lo religioso en el siglo XXI.
G.F.: El camino, los tropiezos, el paisaje, lo que van encontrando, la tumba de un gaucho, carteles extraños, un campo nudista, todo es real. Hice ese camino, no peregrinando. Desde el pueblito de Cuesta Blanca, Cabalango, Tanti, El Durazno, hasta la cumbres de Los Gigantes. El único que sabe el sentido de la peregrinación es el cura Horacio. Bruna cree que algo le va a ser revelado, que algo hay. Y algo hay.
P.: ¿Escribió una novela de fondo religioso en la tradición de Leopoldo Marechal?
G.F.: Lo filosófico metafísico fue apareciendo con la novela sobre Piquito, su delirio mesiánico me fue acercando a la religión. Fue una ampliación de miras. Se empieza siendo racionalista y luego se comprende que las dimensiones de los humano abarcan también lo irracional. Los sentimientos religiosos siguen siendo esenciales en la vida social. Están en los pastores de la televisión pero también en los rasgos mesiánicos de los políticos. Busco ver qué es lo que mueve hacia los misterios pero no intento reflejar estereotipos religiosos. La monja, las catequistas, los curitas que van en la peregrinación lo son a su manera. No veo la relación con Marechal, no soy lector de su obra.
P.: ¿Por qué repitió la forma narrativa de su celebrada novela "La familia"?
G.F.: En "La familia" la historia de la familia se mezcla con la visión personal del protagonista. Contrasta un narrador omnisciente con un monólogo interior. Eso comenzó en "El director" y pasó por "Piquito de Oro", "Doberman", "La familia" y llega acá. Es un período de mi narrativa. El monólogo nunca agota la novela, lo superpongo con el oasis de un relato general porque el discurso interior es agotador. Bruna va pensando a lo largo de la peregrinación, y es interrumpida por todo lo que la rodea: la cotidianeidad de una andanza, la banalidad de las necesidades diarias, la vulgaridad de los deseos primarios. Los sagrado y lo profano se mezclan.
P.: ¿Cómo llega a las herejías de Bruna?
G.F.: Cuando uno se mete en personajes dislocados, como me pasó con Piquito y su discípula, a medida que se escribe va descubriendo cuestiones que imponen ideas. Por ejemplo, el tema de la división entre Jesús y Cristo. Jesús el hombre nuevo, el que abre Dios, el traicionado, y Cristo el mesías, el esperado, el ungido. Eso me surgió poniéndome en la piel de esa chica judía, se me ocurrió en la escritura, no es algo que tenía a priori. Esos personajes dislocados me llevan a cosas que nunca habría pensado.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
G.F.: La saga de Piquito son cinco novelas: "Piquito de oro", "Piquito a secas", "Los peregrinos del fin del mundo" que es la última y dos que están inéditas: "Que lo que sea continúe" y "Sin espalda". Ahora estoy con "Sol", sobre un espía en un hospital perdido en una ciudad tras un desierto cuyo país se desmoronó.

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