La Ruta de los Templarios en el noroeste de la Argentina

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«La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, luego conocidos como Caballeros Templarios o Caballeros del Templo de Salomón, visitó América, y más precisamente, lo que hoy es el noroeste de la Argentina, 300 años antes del descubrimiento oficial hecho por Cristóbal Colón», afirma el autor del best seller «Permiso para una vida mejor», profesor Antonio Las Heras, presidente de la Academia Argentina de Masonería, Ciencias Primordiales, Iniciáticas y de la Tradición Hermética; Gran Prior Magister para la Argentina de la Soberana Orden Civil y Militar del Templo de Jerusalén y, sobre todo, un permanente expedicionario.

Ocurre que hay un sitio arqueológico donde, entre miles de petroglifos, aparecen algunos cuyas características remiten a los Templarios, y hasta está su famosa cruz, sostiene Las Heras y señala que hay allí símbolos alquímicos, el signo astrológico y alquímico de la Tierra: círculo sobremontado por una cruz latina; letras y figuras geométricas similares a algunos de los grafitis que aún hoy pueden verse en castillos europeos construidos por la Orden del Temple como, por ejemplo, el de Kenliworth.

El sitio es Laguna Colorada, explica Antonio Las Heras, y está a unos 10 kilómetros al este de La Quiaca, una zona inhóspita y totalmente despoblada al pie de la cadena de cerros conocida como Los Ocho Hermanos. El nombre surge de la coloración que toman las aguas -tanto de deshielo como de lluvias- cuando entran en contacto con el suelo formado principalmente por tierras rojas y fina arena amarilla. Es en este amplio ámbito, de varias hectáreas, donde la cultura yavi, que se supone fue un pueblo de cazadores, hacia el siglo I comenzó a erigir un centro ritual donde se realizaban (y aún se siguen realizando) ceremonias en fechas especiales como solsticios y equinoccios, así como homenajes a Inti (la Divinidad Solar) y la Pacha Mama (Madre Tierra).

«Laguna Colorada nunca fue un sitio de vivienda ni de tránsito para los pueblos originarios, sino un lugar al que se visitaba exclusivamente para actividades espirituales esotéricas», explica el profesor Las Heras, y se detiene en que «a la vez es el registro de la memoria de lo ocurrido con este pueblo pues los petroglifos (grabados hechos en la piedra) reseñan su historia». Prácticamente todas las paredes rocosas fueron objeto de este despliegue artístico. Por tratarse de una piedra de escasa dureza, las inclemencias climáticas han hecho desaparecer muchas, estando la gran mayoría en proceso de tal deterioro que, a juicio de Las Heras, habrán de desaparecen en pocos años.

El descubrimiento de ese yacimiento a cielo abierto recién tuvo lugar en 1961; por tanto, es absolutamente reciente para el campo de la investigación. Se ven allí grabados de camélidos, aves y figuras humanas en distintas actitudes. Las figuras más importantes hacen referencia a la posible observación de un cometa, los amautas (chamanes) con sus cabezas que emiten rayos y el bastón de mando en una mano, variadas figuras de cóndores así como de guerreros. Hay acuerdo entre los especialistas en que los petroglifos más antiguos datan del siglo VI como mínimo. Distintas lozas -algunas a varios kilómetros unas de otras, habiéndolas sobre los límites mismos de la laguna hasta alejadas en las partes más altas de las paredes montañosas- exhiben figuras con características especiales: serpientes aisladas con poca erosión por estar protegidas por aleros naturales hasta las que sólo muestran camélidos. Unas pocas tienen rasgos muy particulares. Hay una gran roca casi pegada al perímetro de la laguna donde aparecen sólo números, letras y símbolos. Está en un lugar tan protegido que el acceso sólo es posible cuando la laguna está seca.

«A unos mil metros de allí, en un sector sin protección, hay algo sorprendente: petroglifos de caballos de una plasticidad inédita con figuras humanas que los cabalgan llevando yelmos y lanzas con estandartes, que se asemejan en demasía a los Caballeros del Temple» y Las Heras agrega que esos petroglifos de esbeltas figuras ecuestres representan escenas ocurridas en el siglo XIII, cuando la Orden del Temple enviaba a sus miembros a esta parte del mundo para extraer un metal que era entonces más valioso que el oro: la plata. No lejos de allí aún hay minas de plata en actividad.

Pero hay más. Lejos del perímetro lacustre se observan cruces cristianas y otras que para Las Heras con certeza son las que lucían los hombres del Temple. Hay allí también símbolos alquímicos. Esos petroglifos, que constituyen un conjunto específico, en casos están sobrepuestos a otras figuras que son típicas expresiones de los pueblos originarios. Las dos cruces templarias llaman la atención no sólo por su gran tamaño, sino por estar excavadas con más profundidad en la roca.

Mientras el enigma que viene investigando el doctor Antonio Las Heras se mantiene y no deja de ampliarse, la zona se ha transformado en otro sitio de gran interés turístico que se suma a los muchos que tiene la provincia de Jujuy y el NOA en general.

M.S.

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