Hay que ser muy deshonesto para no admitir que poco y nada cambió de la semana pasada al día de ayer. Sin embargo, y como si fuera una nueva noticia, la mayor parte de los comentarios tratando de desentrañar por qué el Dow retrocedió un 0,7% el lunes para quedar en 12.592,8 puntos, habla de la creciente tensión entre republicanos y demócratas que no llegan a ponerse de acuerdo para extenderle al Tesoro el permiso para seguir emitiendo deuda. A esta altura, poco importa si fue hace uno tres o cinco meses que advertimos a nuestros lectores que cualquier acuerdo sería firmado cuando esté sonando la última campanada. Claro que esto es con la condición de que ninguno de los actores involucrados cometiese algún error demasiado grande que diera por tierra con lo que tendría que ser una negociación natural en el seno del Congreso. El abuso de la palabra default, en especial si se asocia a la deuda de los EE.UU., no es bueno ni para la credibilidad de los que la vapulean ni para la tranquilidad de los mal informados (en los EE.UU. hay unos 40 millones de personas con problemas serios de deudas que no creemos que se merezcan esta situación). Afortunadamente, el mercado es consciente de esto, y si bien es cierto que hay una cuota de nerviosismo -la cual venimos señalando hace meses dado su efecto sobre los volúmenes-, esto nada tiene que ver con el pánico. Así la baja bursátil de la víspera es algo totalmente normal -no olvidemos que estamos muy cerca de los máximos de poscrisis y que el cierre de ayer fue casi a mitad de camino entre lo peor y lo mejor de la rueda- y si bien el precio del oro trepó un 0,82%, por tercera rueda consecutiva, el dólar quedó casi estancado en torno a los 74 puntos, mientras la tasa cerró prácticamente sin cambios, clavada en el 3% anual. El problema es que más allá de lo que está ocurriendo puntualmente hoy, todo este manoseo político a la larga tiene su precio.
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