25 de febrero 2010 - 00:34

La venganza del aguafiestas y el error de suponer

La última señal de vida de Carlos Menem se registró ayer a mediodía. Fue en los links del club de golf San Juan de los Olivos de La Rioja, donde jugaba una partida con amigos que terminó en un asado. El testimonio se le atribuye a Luis Barrionuevo, quien habló con él por teléfono y registró la última promesa del ex presidente: «Voy a Buenos Aires, voy a firmar». A esa misma hora, Adolfo Rodríguez Saá recibió un llamado del auxiliar del riojano, Nicolás de Vedia, quien le dijo que Menem lo esperaba a las 13.30 para tomar un café en su oficina. Suponía R. Saá que ese café se haría, después de dos meses sin hablar con Menem. Como suponía el bloque opositor que el riojano estaría en la sesión, como también suponía el resto de los senadores ayer encabezados por Gerardo Morales que el bloque de Miguel Pichetto cumpliría el acuerdo de Labor Parlamentaria de que se votarían las autoridades del Senado y la distribución de comisiones. Lo festejó con risas Néstor Kirchner en La Plata, antes del acto de la resurrección: «Lo pusimos a Pampuro y no votaron la comisiones. Bien, bien. ¿Ellos buscan los 37 votos?, ahora nosotros también buscamos los 37 votos», bromeó junto a Daniel Scioli, Julio Alak y los entornistas Héctor Icazuriaga y Florencio Randazzo cuando iban del helipuerto al estadio Atenas. Se entusiasmó tanto que concedió otra chanza: «Menem es el héroe, se comportó como un patriota». Sólo al jefe se le permiten esos excesos recreativos.

Suponer algo en política y en otras mancias es el peor de los errores. Lo aprovechó ayer el kirchnerismo -quien también suponía que Menem estaría en la sesión- para sacrificar los acuerdos de media hora antes y hacer caer una sesión en la que le votarían en contra. ¿Quién haría lo contrario? Sólo un ingenuo que suponga cosas.

Ese reproche le cabe a Julio Cobos o a Gerardo Morales, quienes debieron registrar que faltaba el voto 37 para sostener el quórum en la votación de las comisiones. Supusieron que Pichetto habilitaría una votación en contra del Gobierno dando el quórum apenas se dio cuenta de esa ausencia para hacer caer un acuerdo que había cerrado media hora antes. «Se han roto los acuerdos, es gravísimo», musitaban R. Saá y Morales cuando daban explicaciones a los integrantes de sus bloques sobre lo que había ocurrió, una finta de elegante parlamentarismo que le agua por unos días los festejos a la oposición.

El caso Menem se ha contado; el veterano ex presidente está tan enojado con los peronistas como contra el kirchnerismo. En términos de prurito personal se le escuchan quejas sobre los «federales» que tiene un énfasis mayor que cuando se lamenta del oficialismo. «Quieren mi firma, pero no mi foto». Es decir que lo cuentan como opositor, pero cuando se sacan fotos, lo quieren bien lejos. Por eso avisó que irá a las sesiones cuando sea imprescindible, si es para otra cosa que no cuenten con él. ¿Se privaría un político con la experiencia de Menem de ocupar aunque fuera por unas horas el centro del escenario? Jamás. La firma como opositor la puso hace varios días entre los 37; pidió a través de su gente en el bloque que le asignaran puestos en varias comisiones y promete estar mañana en Buenos Aires para figurar en la primera sesión en la cual se votarán las comisiones, seguramente el 3 de marzo.

Debieron prever los opositores que Menem podía faltar ayer y ser el aguafiestas en una jornada que para los antikirchneristas era un día de jarana. Lo prueba que en los dos últimos meses no se hubiera comunicado en forma personal con ninguno de sus compañeros de ruta. Fracasaron en hablar con él hasta su hermano Eduardo, el ex senador; su vocero personal, Jorge Raventos; y su abogado, Pedro Baldi. Sólo Miguel Pichetto hizo decir que había hablado con él, pero nadie en serio cree hoy que pactase algo con el riojano, un hombre acosado por sus adversarios, las enfermedades -entre ellas la adicción al golf- y los jueces. Por ese silencio cruel que es peor que el odio, algunos lo suponían enfermo, presunción que desmentía la escena de los últimos días en su provincia en los verdes links del San Juan de los Olivos. Con el halo que ganó ayer Menem, cuyo olfato le permite suponer cosas, pero que no se deja arrastrar por suposiciones, seguramente será una estrella el lunes, cuando se reúna la Asamblea Legislativa para que Cristina de Kirchner, esposa de quien, aunque en broma le dijo héroe y patriota, abra el año legislativo.

Volteando la sesión de ayer, el kirchnerismo gana no sólo suspender la votación del reparto de las comisiones y la fiesta opositora. También se ilusiona que antes del 3 de marzo podrá sentar a los opositores a mejorar el reparto de los cargos. Se habían entusiasmado mucho los adversarios de Kirchner con el cierre de los 37 (que eran 36 para el quórum); tanto que alimentaron la inquina de Pichetto hasta justificar la picardía de ayer quebrando códigos. Si hubieran accedido los opositores a darles mayoría en algunas comisiones al oficialismo (como ocurrió en Diputados), el ánimo hubiera sido otro.

Esa desmesura triunfalista es otro error (la condenaban como «hybris» los griegos cuando señalaban ese pecado en los poderosos). Eso cegó la lucidez de un Morales o un Cobos que pudieron avivarse de que tenían sólo 36 para el quórum antes que Pichetto y promover un cuarto intermedio para evitar el cachetazo de que lo votaran a Pampuro por elegancia republicana y les arruinaron la fiesta de las comisiones. Hablando en plata, no hubiera cambiado nada, pero hubiera diluido la otra fiesta, la del kirchnerismo, que se reía anoche.

Tanto alarde de maquiavelismo de cabotaje deja una lección: para el oficialismo, que no le conviene mucho este estilismo de velorio con el que exhibe su declinación en el control del Congreso. Podrían evitar que le atribuyan, además de todo, que frustran sesiones legislativas cuando son los que gobiernan la Argentina. Una muestra de dialéctica negativa que desalienta sobre el futuro inmediato que, como todo futuro, debería ser mejor que el hoy.

Para la oposición, la lección es más dura: lo que le ocurrió ayer es porque no tiene un jefe que unifique estrategias y maneje las sesiones. Debería tenerlo por lo menos para estos espectáculos legislativos. Cuando un bloque tiene un jefe, basta un gesto para levantar sesiones y todos se mueven en el mismo sentido. Ayer faltó ese rol, imposible si se admite que los 36 de ayer son una suma de contradictores de ocasión, pero que debió improvisarse para el buen final de un espectáculo que los dejó como perdedores por un día.

Dejá tu comentario