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Las calles de Amsterdam, una eterna pasión para andariegos

Medieval, tradicional y sin pretensiones de modernidad, la ciudad es una escala ineludible fuera del clásico circuito turístico europeo y ofrece opciones para todos los gustos. Hoteles palaciegos como el histórico De LEurope -todo un símbolo de buen gusto y de respeto por las tradiciones- hacen que una estadía de pocos días selle la garantía de un viaje inolvidable. Miembro de The Leading Hotels of the World, por sus habitaciones pasaron, entre otros, las actrices Sharon Stone, Goldie Hawn y el expresidente de los Estados Unidos Bill Clinton. Además, el hotel fue elegido en 1940 por Alfred Hitchcock para rodar la película «Foreign Correspondent».
Cuesta imaginar cómo ha sido antes de la existencia de la bicicleta el movimiento urbano de los habitantes de esta ciudad. A bordo de miles de ellas viajan hombres de traje y mujeres de altos tacos, jóvenes estudiantes, ancianos, familias completas y turistas. Nadie se atreve a desafiarlas: en el tránsito tienen prioridad, incluso sobre peatones y vehículos, y también frente al tranvía, el otro medio de transporte muy utilizado por los locales. El furor tanto por las bicicletas como por el tranvía no sólo tiene que ver con una razón ecológica, sino con una cuestión de necesidad de adaptación a una ciudad pequeña, donde todo queda cerca y donde la estrechez de las calles que circundan los canales no resiste el paso de más de un auto a la vez.
Amsterdam es ideal para recorrerla también a pie, de día y de noche. Son dos ciudades diferentes. De día y en otoño, la paleta de colores de las típicas casas que se inclinan levemente sobre los canales se destaca bajo un cielo plomizo que se empecina en cerrarle el paso al sol. De noche, las luces mortecinas acentúan el camino hacia rincones sorprendentes y únicos en el mundo, como lo es la zona roja (Red Light District), famosa por su oferta libre de sexo, y los cientos de coffee shops, pequeños bares donde está legalizado el consumo de marihuana. Ninguna de estas dos alternativas cierra durante el día.
Comer en una cama
Esa pulsión permanente por cruzar siempre el límite es el sello distintivo de esta ciudad que estalla plena en sitios como el Supperclub (Jonge Roelensteeg 21), un local nocturno -ahora con varias sucursales en el mundo- perdido en un callejón urbano detrás de una pequeña puerta. Allí la comida se sirve en camas y el servicio de mesas lo brindan unas extravagantes camareras ataviadas de bombín negro, musculosa y medias de red, que esconden generosas sonrisas bajo grandes bigotes negros pintados. Toda una estética estrafalaria perfectamente combinada, sin embargo, con buena comida y DJ en vivo de fusionado estilo europeo.
El concepto cotidiano de urbe escapa aquí a la lógica de las grandes ciudades. Los tiempos se acomodan a cada estilo y hay varias razones para dejarse llevar por el pulso natural que vibra en cada rincón, en cada calle.
El agua es, por ejemplo, un elemento diferenciador de Amsterdam. Construido hacia el siglo XVII sobre pilotes de madera -que poco a poco están siendo renovados por otros de hormigón-, el centro histórico conserva todas las características de una ciudad pesquera. Sobre los canales que lo circundan es común ver casas flotantes de madera (hay cerca de 2.500) y decenas de barcos que los recorren de día y de noche. Esa convivencia diaria entre el agua y la arquitectura hace que se mencione a Amsterdam como la «Venecia del norte». Pero quien ha estado alguna vez en esa ciudad de Italia sabe que se trata, en rigor, sólo de una mención coloquial.
Cuna de maestros
La tolerancia, el liberalismo y la diversidad de la sociedad holandesa coexisten inevitablemente con grandes expresiones de tradición cultural, como la pintura. Cuna de grandes maestros del siglo de oro holandés, el Rijksmuseum conserva por ejemplo «La ronda nocturna» (una de las joyas de la exposición permanente), pintada por Rembrandt entre 1640 y 1642 y una de las mejores expresiones del arte barroco europeo.
Cruzando precisamente la Plaza de los Museos se encuentra el Van Gogh Museum. Ofrece al público la colección más extensa de este pintor, que puede ser apreciada en plenitud gracias al sistema de audiología en diversos idiomas. Como curiosidad, el museo expone desde el año pasado el cuadro «El dormitorio», que recuperó detalles originales tras más de seis meses de restauración.
Para comprender la idiosincrasia local hay que detenerse en el Museo de la Ciudad (Kalverstraat 92), que desde 1975 exhibe una serie de artefactos que resumen la historia de esta aldea que, con el correr de los siglos, se transformó en un gran centro financiero y cultural de proyección internacional. A pocos pasos se encuentra la iglesia protestante -religión oficial de Holanda- de Westerkerk, la más grande del país. Además de guardar la tumba de Rembrandt, en ella se celebró el matrimonio de la Reina Beatriz y Claus von Amsberg.
Más adelante se llega a la zona de Dam Square, donde se encuentran el Palacio Real, el Monumento Nacional de la Liberación, que rinde homenaje a los caídos en la Segunda Guerra Mundial, y el museo de cera Madame Tussaud. Esta plaza seca es, sin lugar a dudas, el corazón de la ciudad.
Precisamente, en los alrededores de Dam Square se estacionan los Bici-Taxi, otra opción para trasladarse rápidamente de un punto a otro de la ciudad. Estos vehículos de tres ruedas propulsados a pedales por un chofer tienen capacidad para transportar a dos pasajeros. Es un recurso divertido que permite bucear en las calles de Amsterdam de un modo diferente.
Antes de que caiga la tarde, los canales llevan hacia otra parada ineludible para comprender el impacto que tuvo la Segunda Guerra Mundial en esta parte del mundo. Se trata de la Casa de Ana Frank, aquella adolescente que hizo de su conmovedor diario todo un símbolo de esperanza. El almacén sobre la calle Postbus 730 y la casa de atrás donde se escondieron de los nazis las familias Frank y Van Pels son museo desde 1960. Allí trabaja Mariela Chyrikins, una socióloga argentina que se emociona hasta las lágrimas al describir en detalle parte de la historia de la casa. «Para construir un futuro, es preciso conocer el pasado», dice haciendo propia una frase de Otto Frank, el único sobreviviente.
Pequeña, ecléctica, vibrante, cultural e irreverente, Amsterdam es, en definitiva, como un paseo en bicicleta del que nadie quiere bajarse una vez vencido el desafío del equilibrio sobre dos ruedas. Vale la pena visitarla. Por todo esto, y por mucho más.
* Enviada Especial a Holanda


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