“Las irresponsables”: el juego con el abismo

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Cruzar el límite anida en las fantasías del ser humano tanto como el deseo irrefrenable de transgredirlo sin sufrir las consecuencias. Pero a esa pulsión de saltar al vacío como Thelma y Louise, acaso latente y legítima, un día alguien la toma en serio. Un fin de semana, tres amigas, dos de ellas hermanas, se reúnen en una casa lujosa y prestada para acompañar a una de ellas, hundida en la depresión y la paranoia tras haber sido abandonada por su pareja.

En las obras de Javier Daulte el espectador no debe preocuparse por entender qué ocurre o qué les pasa a los personajes porque desde el primer diálogo telefónico se le brinda la información necesaria para que sólo se entregue en su butaca al disfrute, a la sorpresa, a la carcajada, a la incomodidad, a la expectativa, a la conjetura de cómo se resolverá el acertijo, a la identificación con alguien o con algo. Y más tarde a la reflexión.

El humor no llega desde el chiste fácil sino desde el absurdo, y se torna cada vez más negro, con tres actrices enormes que apoyadas en el texto despliegan una cantidad de recursos corporales que descostillan a la vez que estremecen. El teléfono suena y talada, lo sostienen como una papa que quema y elucubran sin saber qué decir. La urgencia y el vértigo signan un relato construido de manera magistral por Daulte.

Los tres personajes están atravesados por desengaños, desconsuelo, inconformismo o desborde y, una vez más, Daulte conmueve apoyado en vínculos reconocibles, como esas dos hermanas que son capaces de decirse todo hasta la última y más cruda verdad. En esa relación fraternal se imprime una vida entera desde que eran chicas, vista desde lo adultas que puedan ser hoy. El personaje de Gloria Carrá es quien ordena y baja línea sobre cómo proceder, pero al mismo tiempo se anima a dar el primer paso hacia el abismo. O quizá ese abismo no sea tal.

Julieta Díaz, destrozada y alienada en una paranoia que alimenta una app de su celular, se transforma durante la obra en un ser que cree poder cumplirle el deseo más oscuro a su amiga ¿Y si lo que creyó entender no era tal? Su personaje pasa por todos los estados, y lo que al principio parecía una mujer herida por el abandono deviene en una insatisfacción e inmadurez irritantes. Carrá como su hermana mayor es honesta y no teme gritarle en la cara sin tanto cuidado, porque desconfía de ella desde la más tierna infancia. Aunque más tarde se quiebre al confesar cuánto la extrañaba cuando no estaban juntas. Y Paola Krum es la amiga de ambas, la más moralista y obediente, a quien prestaron la casa unos amigos con quienes no puede quedar mal. Esa casa funciona como disparador de cuestiones vinculadas con la envidia por lo que tienen otros semejantes, pero con dinero. Krum es también la más insistente en hacer lo correcto, aunque saboree con la mirada y el cuerpo el placer culposo de hacer daño.

El desopilante mundo perruno está presente desde la primera bolsita que carga Krum mientras habla por teléfono, y es a la vez espejo no sólo del universo humano sino de un giro crucial en la trama. El paso del tiempo de esos dos días locos está dado por elipsis de color en la luz y temas musicales en la línea Janis Joplin coronados por la canción final, “What a life”, del gran film de Thomas Vinterberg, “Otra ronda”. Esa danza catárquica hace vibrar los cuerpos y dota a la obra, como a la película, de un desenlace luminoso.

“Las irresponsables”. Dramaturgia y Dir.: J. Daulte. Int.: G. Carrá, J. Díaz, P. Krum. Teatro Astros.

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