23 de octubre 2014 - 00:00

Las lecciones que deja Ben Bradlee

La muerte de Ben Bradlee (foto), el mítico editor de The Washington Post en tiempos del escándalo Watergate, disparó ayer numerosas evocaciones en la prensa internacional. Especialmente interesante es este artículo de Marc Bassets, publicado por El País de España, en el que se repasa su figura a la luz de los cambios de época y de los nuevos criterios para juzgar la producción periodística. Bradlee era, dice el autor, un apasionado de la noticia, un lejano al periodismo militante que parece imponerse en muchos países. A continuación, los principales tramos de "Lecciones de Bradlee".

Las lecciones que deja Ben Bradlee
Ben Bradlee, que el martes murió a los 93 años, fue el último coloso de la era dorada del periodismo norteamericano. Era, en muchos aspectos, un periodista de otra época.

Por la seguridad en sí mismo y en su medio que siempre exhibió: su reinado en The Washington Post, desde 1965 hasta 1991, coincidió con la hegemonía de la prensa de calidad, que marcaba la agenda política, atesoraba una autoridad incuestionada e incluso podía provocar la dimisión de un presidente, como ocurrió con Richard Nixon por el escándalo del Watergate. Ni la prensa vivía permanentemente en el diván del psicoanálisis ni existían redes sociales, ni blogs, ni nuevos medios que cuestionasen segundo a segundo que lo que se publicase fuese "fit to print".

Ben Bradlee (1921-2014) era de otra época, también, en su relación con el poder. Se hace difícil imaginar hoy a un director de un medio de comunicación tan cercano a un presidente como lo fue Bradlee con su amigo John F. Kennedy, y difícil imaginar a los directores del Post o el Times mandando al diablo al fiscal general, como hizo Bradlee una vez después de que un reportero del Post recibiese una citación judicial.

Ni el Post significa lo que entonces significaba en la capital; políticos y otros medios le han robado el monopolio.

Y, sin embargo, Ben Bradlee no es un periodista del pasado. Bradlee acuñó el patrón oro de lo que supone dirigir un periódico. Desde entonces, sea para imitarlo, inspirarse o distinguirse de él, raro es el director que no se mide ante este modelo: el hombre del Watergate, el que convirtió un diario local en un referente mundial, el que electrizaba a la redacción con su mera presencia.

En tiempos en que regresa el periodismo activista -ahora reclamar la objetividad, incluso la imparcialidad, y aparcar los prejuicios en el armario parece a veces anacronía-, la lección de Bradlee es estimulante. Bradlee tenía pocas opiniones e ideas. Nunca aspiró a sentar cátedra. No era de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario. Se guiaba por la búsqueda de la noticia. "La esencia del periodismo es la superficialidad", dijo en una entrevista a El País.

Y otra lección, quizá tan importante como la de su gran éxito, el Watergate: su reverso, el escándalo de Janet Cooke, la periodista que en 1980 publicó un reportaje sobre un niño heroinómano. Cooke ganó el Pulitzer. Después admitió que era ficción. Bradlee ofreció a los Graham dimitir. Y ordenó al defensor del lector una investigación a fondo del error en la que él no salió bien parado. En su mayor fracaso, Bradlee dio otra lección de primer orden. Su periodismo, despojado de las circunstancias de su tiempo, sirve para hoy y para siempre.

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