11 de mayo 2009 - 00:00

Las paradojas del examen a bancos de Wall St.

Las buenas noticias son una avalancha. Con vistas a las negociaciones en GM, la quiebra de Chrysler discurre a pedir de boca. Bajo presión, los acreedores minoritarios se disgregan y corren el riesgo de recibir una compensación menor que la que les ofreció la firma antes de convocarse (una quita del 71%). El mercado laboral es otra vertiente que irradia optimismo. La economía destruyó sólo 539 mil puestos netos de trabajo en abril (el sector privado, 611 mil). La mejoría no luce ficticia: las solicitudes flamantes de subsidios por desempleo -una información que se obtiene de manera independiente- ascendieron a 601 mil. Otro sector arisco que supo clavar su puñal -los bancos- mutó también en fuente de alegrías. En el escenario adverso más severo que imaginó la Fed para 2009-2010, las principales 19 instituciones financieras de los EE.UU. sufrirían quebrantos por 600 mil millones de dólares. Y, por fortuna, no habría que raspar la olla en la misma magnitud. Bastará con reforzar el patrimonio con 75 mil millones de dólares para hacerles frente. Un mercado comprensivo permitió iniciar la colecta al día siguiente y arrimó los primeros 15 mil millones a las alcancías de Morgan Stanley y Wells Fargo. La pregunta crucial es la misma que preocupaba al rey Pirro, ¿resistiremos el efecto acumulativo de éxitos tan devastadores? Las Bolsas, por supuesto, no dudan que así será.

¿Cuál era el verdadero problema de los bancos? ¿Acaso, la mala comunicación? Desde que se filtró la misiva de Vikram Pandit, un memo interno dirigido a los empleados de Citigroup, a comienzos de marzo, las cotizaciones de las acciones bancarias treparon un 143%. Los papeles del Citi multiplicaron su valor por cuatro. Mucha agua corrió bajo el puente. Hubo otras declaraciones alentadoras, se conocieron los balances del primer trimestre y, la semana pasada, las pruebas de estrés. Lo que se suponía una dura carrera de obstáculos fue salvado como una exhalación. Cada testimonio, el anuncio de cada elemento nuevo de información, lejos de frenar el avance, le dio más impulso.

Los exámenes de estrés no fueron diseñados, precisamente, con el fin de elevar los niveles de tensión. Todo lo contrario. Si la manera como se propalaron los balances bancarios exigió montar -amén de cambios ad hoc en las reglas contables- una celosa ingeniería de la comunicación, la difusión de las pruebas de estrés demandó un trabajo aún más descomunal. Durante dos semanas, una usina incesante de rumores alimentó la primera plana del Wall Street Journal y del New York Times con sucesivas aproximaciones a los verdaderos resultados. De existir un festival de Insider Information -si la actividad no fuera ilegal-, tamaño esfuerzo merecería el máximo galardón. Aun así habría que acallar a la Garganta Profunda que, lejos de llamarse a silencio (se sabe que la práctica es adictiva), ahora relata las negociaciones de última hora entre los reguladores y los bancos. Ventilar el monto de las rebajas concedidas -que el Citi pasó de un faltante de 35 mil millones de dólares a 5,5 mil millones o que Bank of America obtuvo un descuento de 16 mil millones de dólares- le resta brillo al informe.

¿Cuán creíbles son los resultados oficiales? Si se los quita de su estuche, si se deja de lado el envoltorio de su cuidadosa presentación, son, por cierto, verosímiles. La realidad, desde ya, puede ser más cruda que el peor escenario contemplado. La tasa de desempleo ya trepó en abril al 8,9% (el valor promedio de los reguladores para todo 2009). Y, como variable netamente rezagada, la desocupación arrastra una fuerte inercia a la suba. Por ende, cabe esperar que el rojo de las tarjetas de crédito exceda las proyecciones oficiales. En última instancia, ¿puede catalogarse una coyuntura como extrema si combina una caída de la economía del 3,3% este año y un repunte del 0,5% el próximo? Tal vez sí, pero es fácil imaginar un teatro de operaciones más macabro.

Con todo, la contabilidad de los destrozos es más severa que la última versión revisada del Fondo Monetario (aquella que ajustó los quebrantos en todo el globo a 4,1 billones de dólares). Para el sistema bancario de los EE.UU. en su conjunto, el FMI estimó cargos por 550 mil millones de dólares en 2009-2010. Para la submuestra de las 19 instituciones de mayor porte, la Fed calcula 599,2 mil millones. Pero, el Fondo es mucho más exigente en su medición de las carencias de capital. Lo que para la Fed requiere un aporte extra de 74,6 mil millones de dólares contrasta con los faltantes que detecta el FMI. O bien, 250 mil millones de dólares (manteniendo un ratio de 4 entre capital tangible a activos totales) o de 500 mil millones de dólares (si se procura un ratio de 6; o sea, un menor apalancamiento). Aquí tallan notables diferencias. En parte, porque la Fed considera que los bancos tomaron acciones concretas, en el primer trimestre, que recortaron la brecha de necesidades en 110 mil millones de dólares. Pero, la discrepancia de fondo yace en la visión sobre la capacidad del sistema de generar otros ingresos (disponibles para absorber pérdidas). La Fed descansa sobremanera en ese potencial (que el FMI no niega, ya que ubica en 300 mil millones de dólares en los dos años). Queda claro, pues, cuál es la lógica de la estrategia del Gobierno de los EE.UU.: preservar el sistema líquido; el paso del tiempo cicatrizará las heridas. En esa inteligencia, el hallazgo de los exámenes de estrés no podría ser más conveniente. El Congreso no quiere oír de bancos y los fondos disponibles del plan TARP apenas superan los 100 mil millones de dólares. Es un poder de fuego modesto conforme la visión del FMI, pero más que holgado en el escenario de la Fed. De hecho, la brecha podría cerrarse apelando al canje de acciones preferidas por ordinarias (sólo contemplado específicamente en el caso del Citi) sin requerir una utilización nueva del TARP.

Así las cosas, el mayor riesgo que hoy sobrevuela es el de la decepción. La realidad puede ser insumisa y no comportarse tal cual predice un archivo de Exxel. Basta mirar a Fannie Mae para darse cuenta lo mal que lucen los actores desprovistos de maquillaje. No es sólo la pérdida de 23 mil millones de dólares en el trimestre. Es el hecho de que así devoró todo su patrimonio neto. De ahí la necesidad de pedir otros 19 mil millones de dólares del Tesoro para salvar el trance.

Mientras tanto, el mensaje a las expectativas es muy potente. Y la respuesta inmediata -el derrumbe del costo de los CDS o que, trascartón, Morgan Stanley y Wells Fargo lograran emitir 15 mil millones de dólares en acciones- indica que llegó a destino. Si la carestía de capital es magra, se aleja el fantasma de la nacionalización obligada y el riesgo de dilución se minimiza. Ese es el señuelo para que los privados inviertan de nuevo su propio capital. La paradoja es clara: aun si el diagnóstico de las pruebas de estrés es incorrecto, en la medida que movilice la integración de nuevo capital privado, sus conclusiones sobre la fortaleza del sistema pueden terminar siendo válidas.

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