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León, entre Bioy y “La Rosa púrpura”
A la manera de cajas chinas, la historia de «Yo en el futuro» sigue a un trío de amigos que se van viendo en filmaciones a lo largo de las últimas cinco décadas.
No es «La rosa púrpura del Cairo», pero sus personajes también se escapan de la pantalla (o algo parecido). «Yo en el futuro» reúne a un trío de amigos -un hombre y dos mujeres de 75 años- que instruyen en el escenario a un grupo de niños y jóvenes, muy parecidos entre sí, para que revivan algunas de las escenas que dichos ancianos filmaron en su infancia y juventud.
La primera de esta serie de películas, enlazadas en el tiempo a través de una estructura de cajas chinas, registra una salida al cine en la década del 50. Los protagonistas tienen apenas diez años. En la siguiente película se ve a los mismos niños, en el living de una casa, observando las tomas realizadas en compañía de sus familiares. Veinte años más tarde (década del 70) aparecen, ya adultos, contemplándose a sí mismos como espectadores de aquellas viejas imágenes.
La idea de infinito se refuerza con la presencia en vivo de los protagonistas que mientras miran la pantalla (de la sala Leopoldo Lugones) son observados por el público. «Yo en el futuro» recuerda a aquellas tramas fantásticas a la que era tan afecto Adolfo Bioy Casares, en las que el factor tiempo podía generar realidades paralelas, o bien irrumpir como un fatal enemigo de la vida y del amor.
En este caso las imágenes proyectadas sirven al vano intento de volver a formar parte de una realidad perdida. Ciertos juegos infantiles, el fumar en pareja ante la mirada de un tercero, la enigmática conducta de un grupo de adultos que se besan unos a otros en la boca y otras secuencias furtivas, magníficamente ambientadas, crean la ilusión de estar espiando la intimidad de los protagonistas.
Hay cierto dejo de melancolía en algunas miradas y en los encuadres que dan testimonio de la fugacidad de la vida. Las actuaciones en vivo, en cambio, presentan desniveles muy marcados que atentan contra la idea de «no representación» que se pretende lograr. Actores y no actores se ven limitados por una puesta en escena más bien hierática y algo pobre en acción que no llega a emular la potencia y verosimilitud del material fílmico. Aun así este nuevo trabajo del director teatral y cineasta Federico León no deja de ser una experiencia provocativa si se la ve desprejuiciadamente.


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