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Lo que debería tener un plan pensado para 2010
Contrariamente a la visión oficial en el sentido de que «veníamos bien y nos mató el mundo», la causa principal del parate ha sido la fuga de capitales, superior a u$s 20.000 millones en 2008 casi el 100% de responsabilidad local. En el colapso exportador, que impacta de lleno en 2009, ahí sí se puede decir que a la pésima política exportadora se le agregan caídas de precios, devaluaciones y proteccionismos derivados del mundo y factores climáticos que jugaron en contra.
Con estos antecedentes, la pregunta relevante es si 2010 puede ser como 1996 (ya positivo después del «tequila») o como 2000 (otra vez negativo después del «brasileñazo» y las elecciones presidenciales de 1999). Es decir, si termina encontrándose la salida de la recesión o se van generando condiciones que la prolongan o algo peor. La respuesta incluye un mix que no puede dejar de lado la situación política local y el contexto internacional. Pero en realidad, la nota quiere hacer hincapié en cómo debiera ser la política económica pensando en 2010, sabiendo que es ineludible un replanteo respecto de lo ocurrido en los últimos años.
Lamentablemente el paso del tiempo ha profundizado la mediocridad del poco o casi inexistente debate. Al adelantamiento electoral, el 100% por razonamiento económico, se le ha agregado políticamente la triste deliberación sobre candidaturas. Por el lado económico todo el debate se circunscribe a 2 centavitos de dólar más o menos y si los exportadores liquidan parte de la cosecha gruesa. Después Dios es grande. O sea, pensar en 2010 a partir del 29 de junio parece un ejercicio de ciencia ficción a «resolver» el 28 a la noche.
Claramente una política económica pensada para 2010 debería tener dos ejes indiscutibles: llevar la fuga de capitales a cero y recuperar la caída de las exportaciones. Por supuesto en ambos casos dentro de lo que lo permita la situación internacional. Lo primero requiere varias cosas. Lo segundo necesita un acuerdo con el campo para que, «si llueve», la cosecha 2010 sea lo más parecida a los 88 millones de toneladas de 2008 y no al desastre de 2009. «Apenas» con estas dos cosas estaría garantizado que 2010 sería mucho más cercano a la salida vigorosa de 1996 que a la depresión de 2000. Desde el lado internacional es poco lo que se puede hacer o influir, sólo resta esperar. Se requiere una mejora que necesitaría como mínimo precios algo por arriba de los actuales y estabilidad cambiaria brasileña. O sea, en línea con recuperar la luz al final del túnel dentro de lo mediocre, sin giro de 180 grados, pero al menos sorteando la depresión.
El objetivo de ir a la menor fuga de capitales posible y al aumento de la producción del campo requeriría de un programa económico donde prime el sentido común.
Sin medias tintas, de entrada, debiera incluir al menos: I) reducir al máximo el derroche en subsidios para que la energía, el transporte y los alimentos se paguen cuando se los utiliza y consume, no cuando se paga impuestos. Complementariamente, apoyos específicos para compensar a las familias de más bajos ingresos que participen de esos consumos, II) hacer todo el intento posible para volver el riesgo argentino al menor valor posible. El riesgo-país es una variable que sigue existiendo más allá de que se la ha querido erradicar del diccionario. Actualmente el riesgo soberano del país está castigado a precio de liquidación y default; III) permitir que sea la oferta y demanda quien determine en serio el valor de la moneda, que continúe y se acople a las tendencias internacionales sin violarlas. Que el Tesoro participe a partir de su programa fiscal comprando dólares y que el Banco Central con su política monetaria puntualmente evite oscilaciones indebidas; IV) comprometer a las políticas fiscal y monetaria con la estabilidad financiera y de precios predecibles; V) eliminar todas las restricciones a las exportaciones de alimentos que tanto mal han hecho y no han cumplido su cometido. Vale para carnes, lácteos y cereales, llevando las retenciones con excepción de oleaginosos y petróleo (por razones fiscales) al 5% como el resto de las manufacturas; VI) diseñar simultáneamente un programa de reducción para esos dos productos con una baja inicial de 10 puntos buscando un verdadero aumento de los valores de producción de todos estos productos que han vuelto a sus guarismos de comienzos de 2000; VII) reconstruir una oficina de estadísticas confiable y seria.
Esto no es un programa económico en sentido integral. Es apenas un glosario de temas que debería complementarse con reformas estructurales, que han sido abandonadas por completo. Se trata de un listado mínimo y básico, no de un cambio de organización económica global que es lo que la Argentina requiere. Pero sería el día y la noche respecto de donde ha llegado la inercia actual.
Es cierto que la baja credibilidad y reputación vigentes hace poco probable un cambio drástico de expectativas. O sea, las personas y la confianza juegan un rol central. No se trata hasta aquí de hacer retornar el dinero que salió ni de llegar a las famosas 120 millones de toneladas de cosecha. Más modestamente tiene que ser un programa que retorne a cero la fuga y permita aumentar al menos 15 millones de toneladas la producción primaria con sus efectos cascada.
Es apenas empezar con el uso de políticas de sentido común como hay en Chile, Brasil, Perú o México. Todos vecinos de distinto color en sus variantes políticas. Sería hacer algo que vaya más allá que rezar para que el mundo mejore y volvamos a ligar. Un punto de partida para que en reactivación, no sólo se puede evitar la profundización de la crisis sino también sentar las bases para no volver a dilapidar las oportunidades.


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