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Lo que importa son los vínculos
Antes que el alegato social que la consagró en la Gran Bretaña de 1958, hoy «Sabor a miel» interesa más por la intensidad de los vínculos, algo que destaca la acertada puesta de Lizardo Laphitz.
«Sabor a miel» (1958) iba a ser una novela y derivó en pieza teatral por voluntad de su joven autora, que en sólo dos semanas y con la furia de sus 18 años decidió romper con los estereotipos del teatro británico de posguerra (hasta entonces habituado a satisfacer los gustos de la aristocracia, sin preocuparse por la realidad).
Harta de ver obras insustanciales, Shelagh Delaney expuso en su célebre opera prima (éxito que no volvió a repetir), todos los tabúes y conflictos sociales de la época. Y lo hizo a través de las peripecias de Jo, una chica de su edad, proveniente de la clase obrera y en permanente litigio con su madre, Helen, una alcohólica con ínfulas de dama y carente de instinto maternal. La vida de Jo está signada por el caos y el desamor (y también por la amargura y el desencanto de los años de posguerra). Su vida de colegiala se ve interrumpida por la necesidad de ganarse el sustento y de independizarse de esa madre inestable e indiferente. Ambas se pelean como perro y gato haciendo caso omiso del vínculo materno-filial, pero una misteriosa interdependencia hace que Jo extrañe a Helen cada vez que ésta huye con el candidato de turno dispuesto a mantenerla.
En ese sálvese quien pueda, los representantes del mundo adulto (incluido Peter, el último amante de Helen) son seres brutalizados, racistas, homofóbicos, aferrados al placer sin medir las consecuencias, e incapaces de un gesto solidario.
En cambio Jo, integrante de la generación joven, carece de prejuicios, lucha por su dignidad y es capaz de crear lazos afectivos. Aun así sus decisiones son poco afortunadas: se entrega a un marinero que la deja embarazada con una promesa de casamiento en la que nadie cree y luego hace amistad con un estudiante de arte homosexual que quiere ser su marido -y padre de la criatura- tal vez para protegerse él mismo del rechazo social.
La puesta de Lizardo Laphitz envuelve al espectador con su convincente recreación de época y un montaje escénico que fluye sin obstáculos como una película. También se destaca la actuación de Cristina Dramisino, en el rol de Helen.
A tantas décadas de su estreno la pieza despierta más interés por la complejidad de los vínculos en juego que por su alegato social.


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