22 de febrero 2013 - 00:00

Lo que importa son los vínculos

Antes que el alegato social que la consagró en la Gran Bretaña de 1958, hoy «Sabor a miel» interesa más por la intensidad de los vínculos, algo que destaca la acertada puesta de Lizardo Laphitz.
Antes que el alegato social que la consagró en la Gran Bretaña de 1958, hoy «Sabor a miel» interesa más por la intensidad de los vínculos, algo que destaca la acertada puesta de Lizardo Laphitz.
«Sabor a miel» de S. Delaney. Dir.: L. Laphitz. Int.: C. Dramisino, N. Laphitz y elenco. Esc. y Vest.: S. Rodríguez. Ilum.: L. Laphitz y N. Mizrahi. (Teatro El duende)

«Sabor a miel» (1958) iba a ser una novela y derivó en pieza teatral por voluntad de su joven autora, que en sólo dos semanas y con la furia de sus 18 años decidió romper con los estereotipos del teatro británico de posguerra (hasta entonces habituado a satisfacer los gustos de la aristocracia, sin preocuparse por la realidad).

Harta de ver obras insustanciales, Shelagh Delaney expuso en su célebre opera prima (éxito que no volvió a repetir), todos los tabúes y conflictos sociales de la época. Y lo hizo a través de las peripecias de Jo, una chica de su edad, proveniente de la clase obrera y en permanente litigio con su madre, Helen, una alcohólica con ínfulas de dama y carente de instinto maternal. La vida de Jo está signada por el caos y el desamor (y también por la amargura y el desencanto de los años de posguerra). Su vida de colegiala se ve interrumpida por la necesidad de ganarse el sustento y de independizarse de esa madre inestable e indiferente. Ambas se pelean como perro y gato haciendo caso omiso del vínculo materno-filial, pero una misteriosa interdependencia hace que Jo extrañe a Helen cada vez que ésta huye con el candidato de turno dispuesto a mantenerla.

En ese sálvese quien pueda, los representantes del mundo adulto (incluido Peter, el último amante de Helen) son seres brutalizados, racistas, homofóbicos, aferrados al placer sin medir las consecuencias, e incapaces de un gesto solidario.

En cambio Jo, integrante de la generación joven, carece de prejuicios, lucha por su dignidad y es capaz de crear lazos afectivos. Aun así sus decisiones son poco afortunadas: se entrega a un marinero que la deja embarazada con una promesa de casamiento en la que nadie cree y luego hace amistad con un estudiante de arte homosexual que quiere ser su marido -y padre de la criatura- tal vez para protegerse él mismo del rechazo social.

La puesta de Lizardo Laphitz envuelve al espectador con su convincente recreación de época y un montaje escénico que fluye sin obstáculos como una película. También se destaca la actuación de Cristina Dramisino, en el rol de Helen.

A tantas décadas de su estreno la pieza despierta más interés por la complejidad de los vínculos en juego que por su alegato social.

Dejá tu comentario