Los oficialismos imbatibles ya en ocho elecciones. (¿Continuará?)

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Todas las elecciones que se han hecho en lo que va del año fueron ganadas por los oficialismos. En algunos lugares de manera confusa, como Catamarca, donde disputaban el gobernador y su vice; en otros con dificultad, como en Chubut; y en otros quebrando tendencias, como el balotaje que dio vuelta Fabiana Ríos en Tierra del Fuego. Si el kirchnerismo tuviera que sacar, como el macrismo, alguna lección de la elección del domingo, no debería preocuparse. Esos resultados significaron suertes diversas para el oficialismo nacional, que en algunos casos fue con la marca K, en otras se disfrazó detrás de amigos; ganó, perdió o empató por jugar a dos bandas. Pero en todos debió resignarse a esa fatalidad del triunfo de los oficialismos imbatibles en Catamarca, Chubut, Misiones, La Rioja, Salta, Neuquén, Tierra del Fuego y Capital Federal. De la misma pendiente esperan beneficiarse los oficialismos de Santa Fe y Córdoba.

Esto confirma la hipótesis Capitanich -el gobernador del Chaco la ha expuesto con detalles en público y en privado- de que el electorado argentino ha optado en este tiempo por la continuidad, y ha elegido -y elegirá, cree- a quien se la asegure, mirando a la economía y también a la política.

Las opciones que el mercado electoral ofrece para el cambio no han alcanzado en ninguno de esos comicios algún resultado interesante. Tampoco, en el orden nacional, ninguno de los candidatos presidenciales competitivos ofrece hoy un rumbo de cambio drástico, como si estuvieran obligados por el público al que se dirigen a proponer formas de continuidad más prolijas. Eso compromete a Ricardo Alfonsín y a Hermes Binner, que se diferencian claramente del mensaje de cambio total que ofrecen, para designar a formaciones que pelean un lugar en el escenario como Eduardo Duhalde, Elisa Carrió o Alberto Rodríguez Saá.

Aunque en estas horas el país está azotado por un viento de descrédito a la voluntad popular -Capital, por ejemplo-, esta hipótesis debería tranquilizar a quienes buscarán el resto del año reasegurar posiciones de poder en las provincias y en la Nación. El voto nunca se equivoca y expresa las tendencias profundas de una sociedad que, además, sufre una subrepresentación por parte de la clase política que hace rato ha dejado de consultarla, por ejemplo, en la elección de sus candidatos.

Las listas que han presentado los partidos incluyen a personas que han probado no su compromiso con la base sino con los dirigentes de la cúpula, que entienden como el resto del público que hay que apostar a la continuidad y no al cambio.

Esta seguridad de los oficialismos imbatibles entra en colisión con otra percepción: una de las dudas sobre las elecciones nacionales es si el público ha modificado el escenario de 2009, que se expresó con un rechazo del oficialismo nacional, al punto de que un aficionado como Francisco de Narváez derrotó en el distrito más grande del país a la dupla Néstor Kirchner-Daniel Scioli, la marca del modelo. En la elección de la Capital eso se repitió de manera implacable. Difícil explicar la victoria de Macri -sin duda el mejor representante del electorado porteño, lleva cinco elecciones ganadas al hilo en contextos cambiantes- sólo por su carisma, su gestión, su mensaje. Llevó los votos de radicales, conservadores, peronistas, socialistas e independientes que expresaron otra vez su rechazo al oficialismo nacional. Nadie puede asegurar que esto se repetirá en las elecciones nacionales de octubre, pero tampoco puede negarlo.

Por el filo de la contradicción entre los dos fenómenos es por donde tienen que trajinar oficialismo y oposición sus campañas para las primarias del 14 de agosto, que proveerán la verdadera encuesta previa a las generales del 23 de octubre. Esas elecciones -cuya realización ha comenzado a promover el Gobierno con avisos publicitarios acentuando que son «obligatorias y por ley»- mostrarán qué tiene cada fuerza, se hundirán figuras que hoy tapan el cielo y surgirán otras que hoy parecen no tener nada. La elección del domingo, además, aportó otro hecho que es difícil ignorar: terminó de destruir el sistema de sondeos preelectorales. Ninguna de las marcas pudo prever el resultado y, lo más importante, la diferencia de más de 20 puntos que alcanzó Macri. Discutirán los académicos qué pasó, pero el método fracasó al indagar qué pensaba el electorado en un distrito acotado, concentrado, hiperinformado. Eso deja a los candidatos sin el recurso de alardear de las encuestas a favor. Nadie podrá sostener hasta nuevo aviso que le va bien porque se lo dice una encuesta. Ni aun Macri podrá usar en su beneficio sondeos que le aseguran que ganará el balotaje, cuando esas muestras no pudieron prever el resultado de la primera vuelta.

Eso abre el espacio a Filmus para hacer algo. Nunca un proceso político ha pasado a depender del temperamento individual de un político. En este oficio las cosas ocurren un 90% por necesidad y un 10% por la voluntad de sus actores. La situación en la que ha quedado el senador da vuelta, por una vez, esa ecuación. Quienes creen que debe bajarse no entienden nada de este proceso. No sólo debe pelear el 13 de julio un balotaje reversible para subirle el piso al kirchnerismo con vistas a la elección nacional (ésa fue la razón de designar a Filmus, el mejor ranqueado de todos, como candidato, no que pudiera ganar la elección). También porque bajarse significaría anotarse en la lista ominosa de los grandes tránsfugas (¿para qué mencionar a Menem?) y pasaría a la historia con ese baldón. Está forzado a ir a la segunda vuelta por necesidad personal de no morir políticamente de forma individual. Su espacio es, para peor, un entendimiento odioso de peronistas, socialistas e independientes que dio todo lo que podía con el 27,7% del domingo, pero que puede desaparecer como opción si Filmus resignase competir el 31. La dificultad que enfrenta es armar otra asociación que le permita decir en la noche de ese día que aumentó el porcentaje de votos del domingo, algo para lo que, otra vez, está solo para decidir con el desbande que suele precipitar toda derrota.

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