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Los "trapos" y el kirchnerismo
• La campaña k en su peor momento. Cruces y reproches, aislamiento y malestar de intendentes
Juliana Di Tullio, Martín Insaurralde, Alejandro Granados
Por radio, Kunkel dijo lo que el viernes último Di Tullio le gritó en privado en la cara al top de la boleta que ella secunda, luego de considerar "de facho" su propuesta. La charla, como contó este diario, estalló en reproches: el alcalde dijo que lo dejaron solo y que, por esa razón, no consultará nada más.
De ese modo, Di Tullio y Kunkel bombardean al principal candidato K que, en el cadalso, se refugia en el único paraguas que se abre para él: el de Daniel Scioli.
En su peor hora, la campaña kirchnerista mutó en novela de enredos donde candidatos visibles y autorizadas de la lista cuestionan a su propio candidato mientras Scioli, que no pudo "cobrar" en esa boleta, la defiende.
Apenas 70 días atrás, Di Tullio se abalanzó sobre la yugular del gobernador. "Tendría que salir a aguantar los trapos", le dijo, para reclamarle que defienda a la Presidente.
La instantánea de estas horas muestra otro cuadro: Di Tullio, Kunkel y Diana Conti -también Juan Cabandié, el único camporista con visibilidad en la campaña oficial- desautorizan a la figura que Cristina de Kirchner bendijo como fronting del "modelo K" en la provincia mientras un desclasado, acusado de tibio por los ultra-K como Scioli, se transformó en el lazarillo que varea a Insaurralde por toda la provincia.
Leyenda
Una leyenda kirchnerista, con un dejo de romanticismo, reza que Insaurralde fue un concurrente asiduo a Olivos en los últimos tres meses de vida de Néstor Kirchner, quien elogiaba sus destrezas y su perfil de "nuevo peronista".
Su entronización como candidato fue un enjuague de Cristina de Kirchner pero -sobre la base de la leyenda- se presume que, al igual que en la designación de Gabriel Mariotto como vice de Scioli, la Presidente escarbó en la memoria política de aquellas épocas y en las preferencias del expresidente.
Ayer, un dirigente K esparció el rumor de la supuesta decepción de la Presidente con su candidato bonaerense a quien solía llamar "nuestro Massa" no sólo por su condición de intendente joven, sino porque, como el tigrense, tenía un toque de modernidad mediática de la que carecen buena parte de las figuras K.
El aislamiento que cuestiona Insaurralde, ayer invitado a la gala presidencial al paraguayo Horacio Cartes (ver nota en pág. 13), puede activar una bomba de tiempo: si los movimientos de Kunkel y Di Tullio se interpretan como un apartamiento explícito de los sectores K, el dato será leído por los alcaldes del PJ como un permiso para desentenderse de la suerte de la boleta nacional.
¿Si los ultra-K dejan de aguantar los trapos de Insaurralde, por qué los intendentes que ponen en juego su superviviencia no van a sistematizar un corte de boleta para evitar perder el control de los Concejos Deliberantes?
A veces errónea, la tendencia a leer a Kunkel como gurú del pensamiento K es reveladora en otro aspecto: aunque degolló en público la propuesta del lomense, fue concesivo y hasta elogioso con Alejandro Granados, intendente de Ezeiza a quien Scioli nombró ministro de Seguridad, fan del pistolerismo.
Algo cambió. En junio, apenas Insaurralde surgió como candidato, Kunkel reunió a su Peña Peronista en Lomas, se anticipó a los intendentes que recién 20 días después hicieron lo mismo para respaldar al candidato. En esa cena, Scioli le hizo una picardía a Julián Domínguez: lo paró a su lado en la foto "familiar" y lo presentó a viva voz como el jefe de la campaña en el interior de la provincia.


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