14 de julio 2009 - 00:00

Los tres Morenos que se tienen que ir

Enrique Szewach
Enrique Szewach
La discusión sobre la permanencia en su cargo de Guillermo Moreno presenta tres dimensiones diferentes de análisis. Después de todo, Moreno es una metáfora del kirchnerismo en su expresión más representativa.

La primera dimensión es la obvia y la más mediática. Los «modales».

Puede parecer un tema menor que un funcionario público intimide, insulte, haga constantes referencias escatológicas o sexuales, al mejor estilo del «capo cómico» de un teatro de revistas, pero no lo es. Una República organizada requiere guardar las formas. Exige una relación respetuosa entre gobernantes y gobernados. Entre dirigentes de todo tipo. Las palabras y los gestos, son parte integrante de una cultura de relación que merece ser observada. Una cosa es el trato familiar y no solemne. O un lenguaje desacartonado y llano. Otra cosa es un Presidente o un candidato insultando a medios de prensa, o faltándole el respeto a ocasionales adversarios. O estos adversarios políticos, destratándolo desde discursos de barricadas.

Las palabrotas de Néstor, o las de Juez, o las de De Angeli, representan una degradación importante del respeto que las personas, en tanto personajes públicos, se deben y nos deben. No es la hipocresía de las formas. Es la necesidad de consideración mutua que tienen los ciudadanos en una Nación. Si el otro merece la descalificación de un insulto ¿Cómo evaluar valiosas algunas de sus ideas? ¿Cómo debatir con seriedad sus propuestas? Una cosa son los personajes de Tinelli, otra, muy distinta, las personas de la realidad.

La segunda dimensión es la de «las políticas». La descalificación del «estilo Moreno» esconde un tema más claro: el fracaso de las políticas intervencionistas del Gobierno kirchnerista. Si es cierto que el secretario de Comercio tiene «obediencia debida» para con sus superiores, el Gobierno como un todo debería reconocer que la política de controles de precios, prohibiciones de exportar, subsidios cruzados a favor de los más pudientes, prohibiciones de importar, controles de cambio, han destruido el funcionamiento normal de los mercados. Han reducido la producción agropecuaria y energética, desalentado la inversión privada. Expulsado capital de riesgo en el comercio y la industria, etcétera.

Pero esta política económica, no es sólo fruto de la mente perversa de algunos funcionarios. La clase política en sentido amplio y hasta gran parte de los sectores dirigentes, en tanto y en cuanto no les tocara a ellos, han apoyado o considerado razonables estas medidas. La sociedad argentina debería reconocer y expulsar del manual de políticas disponibles todas estas aventuras intervencionistas que han sido ya desterradas del mundo civilizado que crece y progresa hace décadas. ¿No nos ha alcanzado con el fracaso masivo del experimento de la Unión Soviética de hace ya veinte años? ¿Por qué una burocracia argentina, destruida y desanimada salvo honrosas excepciones, bajo el mando de cuatro iluminados podrían haber sido exitosos, dónde ha fracasado el aparato de intervencionismo estatal más profesional y disciplinado que haya existido?

Las políticas intervencionistas exitosas son, por definición, transitorias y siempre van en el sentido de no desalentar y enturbiar el largo plazo privado. Nosotros, en cambio, hemos tolerado y muchos apoyado, este absurdo experimento de acción de gobierno de largo plazo, incoherente, discrecional, caprichosa.

Paradójicamente, la destrucción del INDEC, el elemento más visible de esta invasión bárbara, es quizás donde se imponía una discusión más profunda y seria de reforma. Es cierto que no tiene mucho sentido indexar la deuda pública por la evolución del precio del tomate perita. O los salarios más bajos, por la variación del precio de un automóvil. Pero esa realidad exigía, como en otros países, un equipo profesional y académico intachable que evaluara y produjera metodologías homologadas para calcular distintos instrumentos de ajuste en contextos inflacionarios y de bruscos cambios de precios relativos. En lugar de ello se impuso la mentira, la ma-nipulación, la burla institu-cional.

Y esto lleva a la tercera dimensión de la metáfora Moreno, la más grave.

Funcionarios que, al margen de la ley y de las normas escritas y de sus atribuciones, que ordenan a empresarios para que hagan tal o cual cosa, para que tomen cierta decisión o la posterguen. Para que compren o vendan un instrumento de deuda o un producto. Para que publiquen o no publiquen una solicitada. Simplemente, con un llamado a un teléfono celular. Como si fueran señores feudales tratando con sus vasallos. Y que todo esto sea visto como «normal», es lo peor que nos ha pasado, política y económicamente en los últimos años.

¿Qué ha llevado a una sociedad ilustrada, orgullosa de su capacidad profesional y educativa a convertirse en un Macondo bananero a merced de reyezuelos de baja calaña?

Entiendo las limitaciones de un empresario que arriesga su capital o de un ejecutivo que pone en juego su puesto y la calidad de vida de su familia. A nadie puede exigírsele comportamientos heroicos, ni martirologios. (De paso mi humilde reconocimiento a Juan José Aranguren y a la empresa petrolera más grande del mundo por respaldarlo). Pero lo cierto es que hemos dejado de funcionar en el marco mínimo de la ley. Nos hemos dejado dominar por esta forma despótica de gobierno y no hemos hecho otra cosa que consolidar la decadencia, la mediocridad, la pobreza, la pérdida de calidad social, todo tapado por unas buenas cosechas y una burbuja transitoria de los precios de la soja.

El kirchnerismo está terminando, afortunadamente. Pero ésa es sólo una condición necesaria. Hasta que los «modales», las políticas y las instituciones en sentido amplio no se reconstruyan. Hasta que no recuperemos la capacidad de funcionar como una verdadera «comunidad organizada», el futuro se parecerá demasiado al pasado.

Los «tres Morenos» se tienen que ir, cuanto antes, mejor.

Dejá tu comentario