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Mandela y el legado que dejó
Fue una persona clave en la historia de este deporte: falleció el jueves pasado a los 95 años
La imagen más recordada. Nelson Mandela, por entonces presidente de Sudáfrica, le entregó la Webb Ellis a Francois Pienaar, capitán springbok.
Fallecido el jueves después de una larga agonía y con unos 95 años bien vividos -con penurias, alegrías y un legado universal indescriptible- el sábado, en uno de los huecos del torneo del IRB Sevens jugado justamente en el Nelson Mandela Bay Stadium de la bonita Port Elizabeth, dieciséis equipos, referís y organizadores se unieron para rendirle un sentido homenaje a una de las principales personalidades de la historia del mundo.
El equipo de seven de Sudáfrica estaba formado en primera fila y en el plantel había cinco jugadores de color, aunque, injustamente, cuando la mayoría se refiere a gente no blanca, se le pone el mote de color. Los mayores de 24 años nacieron bajo el estigma del apartheid; los menores (nacidos después de 1990) llegaron a un mundo mejor, en gran parte gracias a la impronta de Mandela, que luego de pasar 27 años en prisión pudo salir con ganas de cambiar las cosas en su país. Poco imaginó que cambiaría el mundo, o que sembró semillas de paz y amor que, Dios quiera, puedan germinar en un mundo mejor.
Tuvo en el rugby un elemento clave para remarcar su política de integración. Como deporte de la mayoría blanca, sobre todo sus más acérrimos precursores y defensores, el rugby era en cierta medida una posición política más que un deporte. Era entendible que los no blancos buscaran coartar ese deporte lo más posible para que sufrieran quienes durante casi medio siglo los habían oprimido.
Mandela se puso firme; no había que usar el odio para negociar con los blancos. Defendió tanto al rugby como que apoyó la realización del Mundial de 1995, pues cuando le dio el visto bueno no era aún presidente, cargo al que accedió en 1994.
En la previa al debut de los Springboks, se acercó al equipo para desearle suerte. Hennie Le Roux, el habilidoso centro, le regaló una gorra del equipo que sería un emblema.
El soleado día inaugural, Mandela pisó el césped de Newlands ante la aclamación popular y el sostenido canto de Nelson, Nelson, Nelson. Se correría del centro de la escena de un Mundial fantástico hasta la semana de la final. Con fortuna -o ayuda externa- Sudáfrica logró pasar a la final al ganarle a Francia en una accidentada semifinal.
En un mitin político esa semana, Mandela instó a la gran mayo-ría negra para que apoyara a los Springboks, al equipo de todos, deponiendo las diferencias que habían existido. Usaba ese gorro verde.
La mañana de la final se comunicó con el mánager del equipo, Morné du Plessis (uno de los mas grandes Springboks de la historia) para pedirle un favor. Pocos sabían -ninguno de los jugadores- que golpearía la puerta del vestuario para saludarlos antes del partido. Estaba vestido con la camiseta verde con el número de Fran-çois Pienaar. Cuando lo vimos así, supimos que no podíamos ganar, alguna vez dijo el célebre Sean Fitzpatrick, capitán All Black.
Ese día no podían perder y no perdieron. Hubo que jugar dos tiempos extras y la diferencia entre ambos equipos, los más acérrimos rivales del rugby mundial, fue de tan sólo un drop del pie de Joel Stransky.
Al darle la Webb Ellis Cup a Pienaar generó una imagen imborrable, tal vez la foto más emblemá-tica de la historia del rugby. El triunfo Springbok en el nacimiento de una nueva Sudáfrica, la Rainbow Nation (Nación Arco Iris) permitió que se frenara una caldera social a punto de explotar. Si bien no fue un gran presidente, fue un estupendo estadista; hizo lo que dijo, promovió lo que plan-teaba y actuaba acorde a sus lemas. Cumplió lo prometido. Un grande.
Así como el rugby fue clave en su legado, también tuvo que lu-char contra el entonces presidente de la Unión Sudafricana de Rugby, Louis Luyt, quien lo llevó a un estrado por creer que el gobierno estaba intentando remover al grandote, y desagradable, líder del rugby en el país. Fue una enorme mancha negra contra el buen nombre del rugby. Típico de Mandela, al terminar sus declaraciones frente a un abogado que intentaba de mil maneras de hacerlo confesar de algo que no buscaba ni él ni su gobierno, siguió apoyando al deporte. De hecho, apoyó todos los deportes por el valor emocional que tenían para su pueblo.
Prometió un sólo término al frente del país, y lo cumplió. Abandonó la presidencia y se convirtió en un líder mundial hasta que, ya con problemas de salud, salió de la vida pública, apareciendo poco y nada. Recibió a los Springboks campeones del mundo en 2007 y su última presentación pública fue previa a la final del Mundial del 2010.
Se murió la semana que el rugby mundial se daba cita en el IRB Sevens. Se lo homenajeó como se debía. El capitán argentino, Nicolás Bruzzone, contó las vivencias. Fue duro estar acá en este momento, pero a su vez pudimos conocer el sentimiento del pueblo sudafricano y su amor por Mandela. Nos dejaron participar de este homenaje y lo tomamos con el gran respeto que se merecía.
Como corolario, los Springboks 7 se llevaron el trofeo. El perfecto homenaje a una figura inigualable.


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