Olvidémonos del mercado alcista del 9/3/2009 que ha hecho subir un 77,38% al Dow, pasando de 6.547,05 puntos a los 11.613,3 de ayer (el cierre más bajo del año, pero aún ganador en un 0,31%), y olvidémonos también de la baja del 6,27% desde el máximo del 18 de febrero. Hace 11 años, 2 meses y 2 días (14/1/200) que el Dow superó por primera vez la línea de los 11.600 puntos. Esto significa que desde entonces ha sido más alta la probabilidad de perder que la de ganar dinero en el NYSE. Es cierto que lo coyuntural es lo suficientemente grave como para justificar el 2,04% que cedió ayer el Dow, pero la desconfianza que hay en el mercado obedece a cuestiones más profundas y de más larga data. Los problemas nucleares del Japón son, sin dudas, graves, pero no son terminales y resultan menores frente al número de víctimas humanas. Si ayer las acciones perdieron terreno y los inversores norteamericanos se lanzaron sobre los bonos del Tesoro (la tasa a 10 años retrocedió al 3,212%), el oro, que trepó un 0,24% (los commodities quedaron casi neutros a pesar de que el petróleo saltó un 1,46%, reflejando la crisis en Bahréin), y el yen (en 79,72 por dólar, marcó el máximo en 15 años), no fue sólo por una cuestión geopolítica, sino por cosas mucho más simples. Ej.: el inicio de nuevas viviendas en febrero resultó el menor en dos años y el de pedidos de construcción se desplomó más del 8%. Lo peor, sin embargo, fue el brutal incremento de los precios mayoristas, que treparon un 1,6% (se esperaba un 0,6%). Se podría retrucar a lo de brutal con la idea de que si desagregamos alimentos y energía, la variación fue la esperada (0,2%), pero como alguien le espetó el viernes pasado al presidente de la Fed de Nueva York que para explicar este fenómeno parafraseó a la decapitada María Antonieta argumentando que la nueva Pad da más prestaciones al mismo precio que el modelo anterior: Yo no puedo comerme una Pad.
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