12 de junio 2009 - 00:00

Más que retrato de marginales

«Parador Retiro» (Argentina, 2008, habl. en español). Guión y dir.: J.L. Colás. Documental.

En las guías de turismo hay varios paradores diseminados por lindos lugares del país. Para disfrutar de algunos, basta tomarse un ómnibus en la Terminal de Retiro. Pero ahí nomás cerca, en un edificio cedido por la Administración Nacional de Puertos, hay un parador municipal enorme, de 200 camas, que no figura en ninguna guía. Pocos saben de su existencia. Aún así, todas las noches, a lo largo de todo el año, queda gente afuera.

Apenas comienza a bajar el sol, ya empieza la cola. Quien tiene suerte, pasa una entrevista básica, una revisación médica también básica, recibe jabón, toalla, y número de cama. Incluso hay unos lockers, juegos de mesa, servicio de limpieza, personal de seguridad y enfermería, cena y televisión. De nada de esto se puede pedir mucho, eso es cierto, el personal es poco y hace lo que puede, el menú y la vajilla piden discreción, pero el personal es notable por su paciencia, y los demás huéspedes suelen ser agradables. Los borrachos pendencieros no entran. Los mugrientos crónicos tampoco.

Sorprende cómo la gente trata de estar limpita, bien peinada, con ropa medianamente presentable, aún en ese lugar tan de entrecasa. Sorprende que algunos no tengan casa. Por ahí tienen trabajo, pero no les alcanza para pagar una pensión, o para volver todos los días hasta el Gran Buenos Aires. Hay de todo. Viejos vagabundos de las plazas, jóvenes cartoneros, jornaleros, empleados de muy bajo sueldo, recién llegados a la gran ciudad, uno que otro tipo medio deschavetado, y hasta varias personas que evidencian haber hecho por lo menos la secundaria.

Notable, advertir cómo el autor de este documental, Jorge Leandro Colás, se ganó la confianza de los huéspedes, para que ninguno se incomode y todos se muestren como son, con sus momentos de rutina, chanzas, amarguras, confesiones, y aguante, sociables o gruñones como cualquiera, y dejando ver, sin enojo, que cualquiera puede terminar por lo menos una noche en un lugar como ése, en algún momento de su vida. De hecho, Colás se interesó por el de Retiro, y le dedicó tres años de su vida (uno y medio para ganarse la referida confianza), cuando supo que un ex compañero de estudios había ido a parar allí, y no por gusto propio.

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