10 de julio 2013 - 00:00

“Me aburre la literatura en la que predomina la corrección”

Romero: “Siempre me interesó el mundo gótico, el del expresionismo alemán que llega al cine actual, de la narrativa inicial de Maturin, Potocki, Stoker a las ficciones de Vonnegut. Quería ver cómo sobrevivían esos personajes en un Buenos Aires posapocalíptico”.
Romero: “Siempre me interesó el mundo gótico, el del expresionismo alemán que llega al cine actual, de la narrativa inicial de Maturin, Potocki, Stoker a las ficciones de Vonnegut. Quería ver cómo sobrevivían esos personajes en un Buenos Aires posapocalíptico”.
Con "El spleen de los muertos", el escritor entrerriano Ricardo Romero cierra la trilogía formada por "El síndrome de Rasputín" y "Los bailarines del fin del mundo", una saga inclasificable que transita por la novela policial, la ciencia ficción y el relato gótico, que publicó Aquilina, en la colección Negro Absoluto, que dirige Juan Sasturain.

Romero es licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba. Dirigió la revista literaria "Oliverio" y, en Gárgola Ediciones, la colección de policiales "Laura Palmer no ha muerto". Lleva publicadas, además de la trilogía mencionada, las novelas "Ninguna parte", "Perros de la lluvia", y los cuentos de "Todas las noches que sean necesarias". Como miembro del grupo de escritores El Quinteto de la Muerte publicó "5" y "La fiesta de la narrativa". Tiene en preproducción "Necronomicón", guión de cine que escribió con Luciano Saracino. Dialogamos con él, entre otras cosas, sobre la saga que, si bien cerró, sospecha que podría volver.

Periodista: ¿Cómo se le ocurrió contar de tres personajes desaforados en un ámbito que no se sabe si es un mundo porteño del futuro o de un universo paralelo?

Ricardo Romero:
Todo comenzó cuando supe del Síndrome de Tourette, enfermedad que impone tics nerviosos, repetición de gestos, reiteraciones físicas y vocales.Los que la sufren no pueden dejar de repetir palabras, frases, levantar la voz o putear inesperadamente. Yo tuve tics cuando era chico, y el tema me interesó. Si bien hay casos límite, terribles, de gente que parece poseída y que me imagino que en la Edad Media los deben de haber quemado, hay otros, menores, que son los que narra Oliver Sacks en "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", que pueden llevar una vida social activa, y el Tourette es parte de su identidad. Sacks cuenta de un baterista al que curó y que le pidió volver a ser el de antes porque junto a su enfermedad había perdido su don artístico. Eso me dio una clave para mis personajes. Tuve como referentes los personajes de Dostoievski y de Arlt, que son los que me interesan, los Erdosain, los Astrólogos, los Barsut. Seres aislados que arrancan de la soledad a generar mundos. En ellos hay que inventarlo todo, los sueños, las ideas, el destino. Mis tres personajes, Abelev, Maglier y Muishkin se verán asociados en la aventura de vivir desde la marginación social y afectiva en la que los coloca la enfermedad compartida.

P.: Usted los hace entrar en una ciudad de Buenos Aires del futuro, "que es peor que ésta", donde hay bombas sin estallar y la gente vive en los túneles de los subtes abandonados.

R.R.:
Siempre me interesó el mundo gótico, el del expresionismo alemán que llega al cine actual, desde la narrativa inicial de Maturin, Potocki, Stoker a las ficciones de Vonnegut, que me han dado mucho. Quería ver cómo sobrevivían esos personajes en un Buenos Aires posapocalíptico, porque el desastre ya pasó, en el mundo caótico de una ciudad colapsada por la niebla, inundada por la lluvia, con autopistas inservibles. Los tres tienen trabajos nocturnos. Uno es sereno, otro trabaja en una empresa de computadoras y lo pasan a la noche porque no lo soportan de día, y el tercero, Muishkin (un homenaje a "El idiota" de Dostoievski), es un DJ que encuentra en una megadisco la posibilidad de que su Tourette fluya libremente. Están en una ciudad donde cualquier cosa puede pasar. Eso me llevó al folletín aventurero del siglo XIX, que hoy se ve en las series de televisión, y a lo que buscaba desarrollar: una novela de personajes. Y se me han pegado tanto que ahora que cierro la trilogía, no puedo dejar de soñar al estilo de Alejandro Dumas con "Los tres mosqueteros" un "Veinte años después", para saber qué les pasó, porque convivir con ellos fue una fiesta que me liberó la escritura.

P.: ¿De ahí surge el ritmo que da al relato, los juegos y guiños con el lector?

R.R.:
"El síndrome de Rasputín", primero de la saga, lo pensé durante 6 meses, y lo escribí en un mes y medio muy intenso de laburo, casi un capítulo por día, que me dio el ritmo vital de los personajes y de la historia. En las novelas siguientes busqué mantener ese vértigo. Me permití probar todas las cosas que se me ocurrieron, quise pecar por exceso como marca estilística. Personajes secundarios de pronto cobraron una inesperada importancia, como Osvaldo Miranda. El humor busqué ligarlo al de Buster Keaton, a los personajes de Beckett donde el caos en que se ven instalados le sirve para señalar la desintegración del discurso de lo real, esa linealidad a la que estamos acostumbrados por las noticias, por el modo de recibir la información de lo que sucede. A mis personajes su Tourette los lleva a provocar quiebres, a desestructurar. De pronto uno en medio de su discurso grita, putea, dice ¡Heil Hitler!, está instalando un mecanismo disruptor que rompe la normalidad.

P.: ¿Reunió tres personajes sorprendentes para mostrar las razones de la solidaridad entre ellos?

R.R.:
Escribí una trilogía sobre la amistad que empieza como un policial y se va corriendo hacia la ciencia ficción. La intriga no deja de crecer. En la primera hay un asesinato, en la segunda un secuestro que se convierte en secuestros múltiples. Hay un mundo zombi bajo tierra. Una disco de noche eterna en la que me perturbaban sus extraños espacios, esos en que no se ven quiénes están allí. La última novela es una batalla contra la melancolía, donde tanto los malos como los buenos intentan habitar en un simulacro de ciudad en medio de sus propios simulacros, donde no existe una verdad inefable.

P.: Nombró algunas influencias al pasar: Dostoievski, Arlt, Vonnegut, ¿también Philip K. Dick?

R.R.:
Toda esa es gente que he leído con placer y a la que he recurrido en mis búsquedas. Pero también están, por ejemplo, el Gaston Leroux de "El misterio del cuarto amarillo" o "El fantasma de la ópera", el Chesterton de "El hombre que fue jueves". Me atraen esos personajes que siempre están al borde de la risa o el llanto y que hacen que uno los siga paso a paso. En la trilogía me interesaba un registro excesivo, porque me desalienta la literatura de tono medio, me aburre esa donde predomina la mesura. O para hablar de una moda reciente, la autorreferencialidad demasiado pegada al minimalismo es difícil que no haga caer en el tedio. Alejan de ese placer que hizo que nos acercáramos a los libros.

P.: ¿En qué medida lo marcó el haber estudiado Letras?

R.R.:
Es una carrera con vallas. La Universidad de Córdoba tiene una biblioteca hermosa y, más allá de las lecturas para la carrera, me abría a mis búsquedas. Recuerdo una compañera que me ve con un libro y me dice asustada: "eso para qué materia es", porque no lo tenía registrado. La carrera importa por lo que hace leer, pero también por lo que deja de lado. Descubrí gracias a la carrera muchos autores fundamentales para mí, como Mario Levrero, que leí para Hispanoamericana mucho antes que se pusiera de moda. Después me ayudó tener que manejar la colección de clásicos en la editorial Gárgola, y volver a leer a Conan Doyle, a Jules Verne, a Gaston Leroux. Trabajar en las ediciones me dio una frescura que había dejado obsesionado por el trabajo sobre el lenguaje. Antes prefería a Di Benedetto, hoy a Daniel Moyano, cuyos relatos más oscuros tienen que ver con la literatura que hoy me interesa, que me lleva a abundar en la fiesta sobre el desastre.

P.: ¿Qué está escribiendo?

R.R.:
Acabo de terminar una novela que, a diferencia de las anteriores, no está en un género específico. Mi ambición fue lograr una novela dickensiana, que siga el recorrido de un personaje durante unos cincuenta años, desde los años 50 al 2003. Dickensianamente, es una novelita de 500 páginas.

Entrevista de Máximo Soto

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