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“Me atrae la intensidad de la experiencia infantil”
Alcoba vive en París desde pequeña y explica que “el disparador de la escritura fue que me puse a leer la correspondencia que mantuve durante años desde Francia con mi padre, que estaba acá encarcelado”.
La argentina Laura Alcoba vive en París desde hace ya más de treinta años, es profesora de Literatura Española del Siglo de Oro en la Université de Paris Ouest- Nanterre, y es considerada una "escritora y traductora francesa", al punto de que sus obras aparecen en la famosa colección "blanche" de la editorial Gallimard que sólo publica autores galos, además es editora en Editions du Seuil. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con ella.
Periodista: ¿Qué le hizo elegir que la protagonista de "El azul de las abejas" estuviera entre la impavidez, el asombro y cierta acallada conmoción?
Laura Alcoba: La narradora es una nena. Es la misma voz infantil de mi novela anterior, "La casa de los conejos", que se prolonga en "El azul de las abejas". Me interesaba partir del asombro que le provocan las circunstancias que vive, la inocencia desde donde observa lo que le ocurre, la situación en que está involucrada sin haberla elegido. Me atrae la intensidad de la experiencia infantil, el hecho de que no siempre puede poner distancia de las cosas por falta de capacidad de intelectualización. Eso me permite una inmersión más fuerte en las situaciones. En este caso es el comienzo del exilio de la protagonista, la ausencia del padre, la preparación de su viaje a Francia para reencontrarse con la madre.
P.: ¿Buscó contar la experiencia de una chica, esa niña que fue usted y ahora es su alter ego, que vive el desarraigo, que tiene que irse de la Argentina y arraigarse en Francia?
L.A.: Es más que residir, que buscar echar raíces, es tener que arraigarse en otro idioma. Adueñarse de otro idioma forzosamente es algo vivido desde los sentidos, corporalmente. Es hacer entrar otro idioma detrás de la nariz, en la boca, en el cuerpo. Pasar a otro idioma es muy interesante como experiencia física. Quise describir en "El azul de las abejas" los primeros pasos de entrar en otro idioma. Era otro modo de hablar del desarraigo y el arraigo. El disparador de la escritura fue que me puse a leer la correspondencia que mantuve durante años desde Francia con mi padre, que estaba acá encarcelado. Paradoja que hizo que a pesar de la ausencia, de la distancia, de no vernos, haya podido ser mi padre durante esos años. Fue desencadenante el releer esa relación epistolar, acotada, reglada, sometida a una mirada exterior, a la censura y autocensura, en la que nunca me hablaba de la cárcel. Él estaba preso desde 1975. Hay quienes se sorprenden, y otros que me comprenden, cuando digo que tuvo la suerte de estar preso. Desde que me fui a vivir a Francia me escribía una vez por semana.
P.: A su vez esas cartas le resultaron formativas.
L.A.: En esa correspondencia, ¿de qué podía hablarme? de libros. Caí en la literatura por esas cartas. Mi padre estaba en una celda, en la unidad móvil de La Plata, en la Provincia de Buenos Aires, yo en un París que no es París, en las afueras, en lo que fue la realidad del exilio, en un gueto de inmigrantes, no en el glamur parisino. En esa situación lo que permite abrir un espacio son los libros. A través de "La vida de las abejas" de Maurice Materlinck aparecen las colmenas, las abejas, y un espacio infinito. Me conmovió mucho leer esas cartas de mi padre, empezando por esa donde me recomendaba y me comentaba ese libro, pensé: de eso quiero hablar. Como los libros fueron una salida, pudo haber una trasmisión, un diálogo, una presencia, un intercambio que es literario, imaginario, que se abre a la literatura. Y el mío también es un libro sobre el arraigo en la lengua francesa.
P.: La nena se decepciona al no encontrarse con el París del Sena, de los bulevares y de la torre Eiffel.
L.A.: Pasó del París de los manuales de aprendizaje del idioma a los lugares donde se recibe a los inmigrantes. Llega, busca a franceses y no los encuentra, sólo hay portugueses, árabes, africanos. La realidad choca tanto con lo que ella había imaginado que elige el mundo de la fantasía, de los libros. Como queda marcada con que a las abejas les gusta el color azul, insiste en leer "Las flores azules" de Raymond Queneau, por más que la bibliotecaria le diga que no es un libro para ella, que mejor que lea "Le petit Nicolas", libro para chicos que ella desprecia. El color azul tiene muchos sentidos en el libro. Al comienzo está un texto de "El descubrimiento del mundo" de Clarice Lispector que dice "para ver el azul, miramos al cielo. La tierra es azul para quien la mira desde el cielo. ¿El azul es un color en sí o una cuestión de distancia? Lo inalcanzable es siempre azul". Es el mar que separa a la narradora de su padre. El espacio de encuentro tiene que ver con el azul, entonces ella rechaza la lectura infantil que se le propone, porque el azul para ella está lleno de resonancias, de ecos.
P.: Y ella seguramente cantó en la escuela "azul un ala del color del cielo, azul un ala del color del mar, es la bandera de la patria mía", que es lo alejado, que es el lugar del padre.
L.A.: Quizá eso no pensado [ríe] esté en el corazón de la novela. Yo nací casualmente en Cuba, pero vine al mes a la Argentina, soy argentina, estuve aquí hasta los 10 años. Olivier Rolin tiene un libro, "Paisajes de origen", donde habla de Borges, Hemingway, Kawabata, Michaux, Nabokov y relaciona obras con paisajes. Muestra en un cuento de Borges lo que llama el vértigo horizontal, que es la experiencia de la Pampa. Observa cómo una experiencia física y geográfica se transforma en literaria. Dice que en los escritores resuena siempre el paisaje de origen, como el sonido del Big Bang que sigue atravesando el universo. Yo viví en la Argentina mi primera década, pero tengo una total conciencia de que ése es mi paisaje de origen. Y si bien escribo en francés y vivo en Francia, no paro de explorar ese paisaje de origen explícitamente o no. Lo que dijo Françoise Dolto de que "todo se juega en la infancia" es verdad de un modo mucho más profundo y definitivo de lo que uno lo piensa, de lo que dispara las lágrimas, mueve emociones, y tiene que ver con las primeras emociones. Tanto en "La casa de los conejos" como en "El azul de las abejas" fui buscando todas las primeras veces de la infancia. Me fascina esa manera única que se tiene en la infancia de vivir las cosas, mucho es descubrimiento, mucho es primera vez. Es esa capacidad de maravillarse que parece perderse más tarde. Quise buscar algo de eso en el aprendizaje de un nuevo idioma, las sensaciones físicas que se viven hasta llegar a convertirlo en parte propia. Con el francés parece que se descubre la nariz, y nuevos gustos, perfumes, Acaso eso tiene que ver con la gastronomía francesa, con la importancia de los perfumes. Juan Ramón Jiménez en su exilio dijo que "aprender un nuevo idioma (el aprendía el inglés) es dotarse de una nueva alma".
P.: ¿Cuál es su relación con el mundo literario francés?
L.A.: Fue cambiando, evolucionando. Fui encontrando mi lugar. "El azul de las abejas" tuvo un gran reconocimiento. Escribo en la colección que Gallimard dedica a los escritores franceses. Y estoy en relación tanto con escritores franceses como con los escritores argentinos que viven en Francia. Para mí es muy significativo lo que ocurre en literatura en este momento, que es que se borra la frontera que antes parecía tan clara entre lo que puede ser ficción y realidad. Hay una especie de exploración, tan vez porque la sospecha se volvió muy grande respecto a qué es la realidad. Se asume completamente la subjetividad. La parte que puede haber de información se toma como documento, no ficción, algo que puede ser puesto en tela de juicio. Eso es lo que hace por ejemplo Emmanuel Carrère llevándolo al extremo, y lo critican mucho, pero es un camino muy interesante. En "El azul de las abejas" el material es autobiográfico, el objetivo no lo es. Usa las piezas del lego de mi memoria para entrar en el juego literario. A mí no, me interesa el testimonio por el testimonio sino por lo que nos ayuda a descubrir. Si hay algo que no soporto son los libros que vienen en literatura con una intención muy explícita.
P.: ¿Ahora qué está escribiendo?
L.A.: Algo distinto, otra cosa. No me alejaré de indagar la infancia, pero no la mía. Hay algo que se impone muy fuertemente en la infancia que me interesa mucho, por ejemplo cómo surgen las intensidades, cómo se da lo inaugural en nosotros. Es la magia de los comienzos, sean como sean.
Entrevista de Máximo Soto


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