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Menos Keynes y más Friedman
Enrique Szewach
La respuesta de los segundos, personalizada en Wolfgang Schauble, el ministro de Finanzas alemán, es que los déficits fiscales y la elevada deuda pública han generado incertidumbre y desconfianza en los inversores y consumidores y que, cuanto antes se despejen esas dudas, antes el sector privado retomará su sendero de expansión del crédito, el consumo y la inversión y antes las economías europeas se recuperarán. Es más, agrega en tono ciertamente irónico, más propio de un británico que de un alemán: «El déficit fiscal americano no redujo el desempleo, y si fuera por la magnitud de los déficits públicos, Grecia sería una de las primeras potencias mundiales». (Algo así como decir que si la inflación ayuda al crecimiento, la Argentina sería el país número uno del mundo.)
Por supuesto que detrás de esta discusión hay medias verdades, circunstancias diferentes, estadios distintos de la crisis en cada país, diversas situaciones políticas, presiones sectoriales, y, por qué no, culturas y egos distintos.
Sin el ánimo de enmendarle la plana a ninguno de los «bandos», ni pretender, monopolio de nuestra Presidente, darles lecciones de economía a los líderes mundiales, las líneas que siguen intentan reflexionar respecto de los diferentes problemas que enfrentan Estados Unidos y Europa y sacar, allí sí, alguna conclusión para la Argentina de los próximos años.
La crisis financiera de 2008 fue, básicamente, una crisis de «hoja de balance», de percepción de insolvencia sobre el sistema financiero norteamericano, y sus lazos globales, originada en la burbuja crediticia inmobiliaria y la «atomización del riesgo» que se convirtió en «riesgo para todos», percepción ratificada por la quiebra de Lehman Brothers. Ante esa situación, la «solución» consistió en compensar, desde el gasto público y la reducción transitoria de impuestos (política fiscal), y desde la baja de la tasa de interés, la compra de activos tóxicos, la ampliación de la garantía de los depósitos y la explosión de la oferta de dinero (política monetaria y algo fiscal), la caída del gasto privado, el vuelo a la calidad, es decir, a la compra de bonos del Tesoro americano, y el brusco desplome del «multiplicador bancario», es decir, la demanda por liquidez y reservas bancarias de las entidades financieras y los particulares, ante el riesgo de quiebra de más entidades financieras.
La crisis europea, por su parte, empezó con la relación global de sus propias entidades financieras con el sistema norteamericano (el ya mencionado riesgo atomizado, igual a riesgo generalizado), pero recrudeció, en estos meses, por la crisis de «hoja de balance» de dichas entidades financieras, atacadas, no tanto por la insolvencia del sector privado tomador de crédito (como había sido el caso norteamericano, quizás con la excepción parcial del caso español), sino por su exposición a la deuda pública de los Estados mediterráneos, percibidos como insolventes, por sus déficits, agravados por la recesión. En otras palabras, la deuda «subprime» de la banca europea es la deuda pública, y no la deuda privada. En ese sentido, se parece mucho más al caso argentino, donde la última crisis financiera tuvo su origen en la exposición a la insolvencia pública de su sistema bancario. Frente a estos «hechos», la reacción alemana suena lógica: «Si la percepción, por parte del público, de insolvencia de la banca se basa en la insolvencia de los Estados, lo que tenemos que despejar es la duda respecto de la solvencia pública, con ajustes fiscales urgentes e importantes». La respuesta norteamericana también suena lógica: «Con ajustes fiscales violentos se crea más recesión, y con más recesión, más déficit por caída de los ingresos, y más percepción de insolvencia. Lo ideal sería que los Estados europeos con capacidad de endeudamiento o percibidos como solventes (léase Alemania), gastaran y «fusionaran» sus balances con los más débiles, postergando el ajuste fiscal necesario para el momento de que la reactivación esté consolidada». Ahora bien, toda esta discusión se ha concentrado en la política fiscal. Como diría el propio Keynes, es el fantasma de sus ideas el que sobrevuela a los líderes políticos. Sin embargo, la discusión podría hacerse desde la política monetaria. En efecto, el fantasma de las ideas de Friedman diría: «Muchachos, lo que los salvó de la depresión fue el anuncio de que no quiebra ningún banco más y la expansión monetaria para compensar la caída de la velocidad de circulación del dinero (el aumento de la demanda de reservas bancarias y liquidez). Es más, lo que tienen que hacer ahora la Fed y el Banco Central Europeo es seguir inyectando liquidez y no frenarse, como han hecho en los últimos meses. La amenaza de una nueva recesión no es por el ajuste fiscal, sino por la menor expansión de la oferta monetaria, ante una demanda por liquidez que sigue firme. Si les tienen miedo a los rezagos inflacionarios de la política monetaria, preocúpense más adelante, no ahora. La mejor combinación para el endurecimiento de la política fiscal es ablandar aún más, sin medias tintas, la política monetaria. La peor combinación es hacer política fiscal dura y política monetaria dura (como sugieren algunos «halcones» del Banco Central Europeo) o hacer la kirchneriada (recuerden que el fantasma de Milton bien puede conocer a los K) de política fiscal blanda y política monetaria blanda, que atrasa el tipo de cambio real -generando expectativas de devaluación futura- y preanuncia un ajuste fiscal desordenado».
En síntesis, más que cuánto keynesianismo evitará la nueva recesión global en 2011, habría que discutir cuánto friedmanismo evitará la nueva recesión global en 2011.
El caso argentino es distinto. Se trata de cuánto kirchnerismo monetario seguirá cebando la bomba de la caída del tipo de cambio real y de cuánto la pelea política por la caja seguirá generando las condiciones para un ajuste fiscal futuro.


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