30 de agosto 2010 - 00:00

Mensaje de Bernanke: hay balas por disparar

José Siaba Serrate (Economista)
José Siaba Serrate (Economista)
No fue la Reserva Federal la que alarmó a los mercados, sino la salud que se le escurre a la economía a toda prisa. Y fue Ben Bernanke, su titular, quien acudió al rescate. Desde Jackson Hole su mensaje levantó el ánimo de Wall Street como no pudo lograrlo ningún indicador reciente. Sucede que la recuperación luce más amenazada que nunca. Y si bien la desaceleración de la actividad y el empleo en los EE.UU. es más profunda que lo que estimaba la Fed meses atrás, Bernanke no vaciló en afirmar que «las precondiciones para que el crecimiento repunte en 2011 están todavía vigentes». Santo remedio contra las dudas que sembraron los tropiezos del mercado laboral y la caída a plomo de las ventas de vivienda. Para no mencionar el freno inesperado en las órdenes de bienes de capital que augura paños fríos en los planes de inversión (uno de los pocos renglones calientes en las cuentas nacionales). O el aviso inoportuno de Intel, una hora antes que tomara el micrófono, alertando que sus proyecciones de ingresos para el tercer trimestre eran excesivas dado el retraimiento de la demanda de computadoras personales. La palabra de Bernanke bastó para calmar las aguas, aunque su sola firma difícilmente revierta el viraje de los pronósticos, que ahora se deslizan hacia una nueva recesión. Dicho de otra manera, Bernanke tiene crédito: giró en descubierto. Los mercados querrán saber, este viernes, con el crucial informe de empleo, cuánto respaldo de fondo tienen sus afirmaciones.

Las promesas de Bernanke no se agotan en un vaticinio tranquilizador para 2011. La incertidumbre inusual que reconoció en su última visita al Congreso no se despejó. La economía, Bernanke dixit, permanece vulnerable. La política monetaria ya ofrece amplia lubricación, pero «si el panorama se deteriora», la Fed proveerá «estímulo adicional» con medidas «no convencionales». ¿Conserva la Fed poder de fuego? ¿O ya agotó su pólvora? Bernanke es tajante. La Fed tiene munición. La usará si los riesgos de deflación, que hoy estima «no significativos», se acentúan. Y si la recuperación estuviera en peligro, lo que no se admite que esté ocurriendo, la Fed «hará todo lo que pueda para asegurar su continuidad».

Armas conocidas

¿Cuáles son las armas «no convencionales» que la Fed atesora en su arsenal? El trío conocido de instrumentos que ya Bernanke utilizó en el pasado -reducir las tasas de interés con las que el banco central remunera las reservas excedentes de los bancos, modificar la estrategia de comunicación de la Fed o ampliar las compras de activos de largo plazo- y un cuarto recurso -aumentar los objetivos de inflación- propuesto por «algunos economistas». No obstante, a la hora de deshojar la margarita, las preferencias se concentran en una única variante: la compra de activos de largo plazo. Que no queden dudas: Bernanke citó el aumento de las metas de inflación al solo efecto de defenestrar la idea. Recortar las tasas de interés sobre las reservas excedentes -una opción que favorece, por ejemplo, el ex vicepresidente de la Fed Alan Blinder- no le genera mayor entusiasmo. Existe el riesgo de que complique la situación al desalentar el funcionamiento de los mercados monetarios. No hay objeciones en cuanto a las estrategias de comunicación, pero son un resorte delicado que no ofrece muchas perspectivas de arrimar mejorías. Queda en pie la compra de bonos del Tesoro (en vez de títulos de agencia, porque la Fed ya posee una tajada sustancial de los papeles en circulación). ¿Adquirir activos privados, como lo hizo, en su momento, el Banco de Japón? Silencio de radio. ¿Combinar política fiscal con la expansión cuantitativa, como lo sugirió con énfasis cuando el paciente en el diván era Japón? Menos que menos. Bernanke no sacó los pies de los límites de su quinta en ningún momento.

El mensaje es cristalino: cuando la Fed lo estime conveniente, comprará más bonos del Tesoro. Pero Bernanke se abstuvo de marcar una fecha. Tampoco barajó montos. Mucho menos dejó traslucir que se trate de un hecho consumado cuando el Comité de Mercado Abierto se reúna en setiembre. Más aún: no hay «criterios específicos o gatillos» establecidos que disparen una intervención automática. ¿Una decepción? Sólo para los muy distraídos, o los profanos. Se sabe que, hoy por hoy, el Comité es un volcán de opiniones tan vehementes como enfrentadas. Y Bernanke, ni siquiera con una posición tomada, podría garantizar por adelantado el resultado final de la votación. Mal haría en prejuzgar y prometer lo que no tiene consenso ni está acordado. ¿Por qué, entonces, el duro golpe que sufrieron los bonos, un gancho al hígado imprevisto tras una corrida al galope que se inició meses atrás? Precisamente por eso: la exageración de la sobrecompra. Faltaba una excusa para la toma de ganancias. Y Bernanke la acercó con su descripción soleada de la economía, a contramano de toda la evidencia fresca disponible. ¿No habrá algo más? El citado Blinder no lo ve a Bernanke al borde de entrar en acción. «Si dependiese sólo de él, sería más probable. Pero enfrenta una resistencia significativa dentro del Comité». Blinder conoce la materia, años atrás fatigó la misma cocina. «Relativamente pesimista sobre la eficacia de su arsenal», dice Blinder con razón, no es el Bernanke de 2002 cuando -como gobernador de la Fed y ganándose el mote de «Helicóptero Ben»- imaginaba infinitas soluciones para la trampa deflacionaria de Japón. Está claro que la Fed preferiría «ver y esperar». Pero, en última instancia, es la economía la que dictará la agenda. Y todo indica que su deterioro apura el paso. O la corrosión se frena por sí sola, con el bálsamo de la confianza en las bellas palabras. O la Fed tendrá que salirle al cruce, cuanto antes mejor.