5 de octubre 2012 - 00:00

Mercados: los riesgos desconocidos de un triunfo de Capriles

La elección del domingo en Venezuela no sólo obsesiona a quienes siguen de cerca la política de ese país y a quienes se interesan por los futuros alineamientos en Sudamérica. También importa, y mucho, a inversores convencidos de que un eventual triunfo del opositor Henrique Capriles generaría un flujo intenso de colocaciones en activos venezolanos. Muchos especulan, incluso, que ese escenario se traduciría en una caída de hasta 300 puntos básicos del riesgo venezolano, algo que podría beneficiar en alguna medida a la Argentina.

Es indudable que ése sería el efecto financiero inmediato en ese escenario, pero cabe preguntarse qué ocurriría un poco después.

Desde ya que aquella tendencia debería reforzarse si Capriles cumpliera sus promesas de relanzar una PDVSA que hoy extrae menos petróleo que hace trece años, cuando Chávez llegó al poder, a pesar de que los precios internacionales decuplican los de entonces. Lo propio podría decirse si logra reducir la dependencia de ese activo y generar un proceso de crecimiento económico que libere inversiones privadas frenadas hoy por un modelo que mantiene fuertemente regulada la actividad y que ha deparado la estatización de más de un millar de empresas de todo tamaño y color.

La política, sin embargo, genera interrogantes diferentes. Pese a su retórica, Hugo Chávez ha sido un puntual pagador de los compromisos del Estado. Ese historial, sumado al respaldo que sula cuantiosa riqueza petrolera del país, explica que, devaneos ideológicos aparte, Venezuela haya pagado habitualmente una tasa de riesgo menor que la Argentina, aunque ésta se empinó al calor preelectoral y hoy es algo superior. La continuidad del exparacaidista en el poder no debería alterar aquellos rasgos estructurales.

Si quien gana es su oponente, en cambio, habrá que comenzar a ponderar a mediano plazo serios riesgos asociados a la gobernabilidad.

Ocurre que, aun perdiendo el sillón del palacio de Miraflores, el chavismo seguirá constituyendo una fuerza política portentosa, dueña de una fuerte implantación territorial e institucional y, por ende, de un gran poder de chantaje.

La Asamblea Nacional, el parlamento unicameral, cuenta con una mayoría bolivariana de 95 bancas (90 de chavistas de paladar negro) sobre un total de 165. Una mayoría absoluta holgada, por más que no alcance a la calificada de dos tercios, que es la que permite hacer y deshacer a voluntad. Una situación que persistirá hasta 2016, la mitad del próximo mandato.

Una puja entre una AN chavista y un presidente anti derivaría, probablemente, en una parálisis administrativa, en un contexto en el que la tirria política, en lugar de reducirse, tendería a ampliarse. La alternativa sería confiar en una oposición chavista constructiva y cooperativa. Cada uno es libre de elegir sus sueños.

Además, y más importante, el «cerrojo» que Chávez logró construir después del garrafal error ético y político que constituyó la apuesta opositora al golpe en 2002: la nueva Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

La FAN fue severamente purgada entonces de sus elementos golpistas, pero, además, se adosó a su estructura, como cuarto brazo, a la Milicia Bolivariana. Ésta, de discutible poder de fuego, pero armada al fin y al cabo y fuertemente ideologizada, cuenta con 135.000 miembros que son el reaseguro último del régimen. «La revolución seguirá siendo pacífica, pero ya no será desarmada», prometió el comandante tras su «17 de octubre». Y cumplió. Hoy el cuerpo jura por el lema de «Patria y socialismo, o muerte».

Dejá tu comentario