2 de octubre 2012 - 00:00

Minoliti: entre lo eterno y lo periférico del arte

Entre los aciertos de Minoliti se cuentan el rescate de la pintura mural, el uso de colores radiantes y el trabajo sobre el clima de una obra.
Entre los aciertos de Minoliti se cuentan el rescate de la pintura mural, el uso de colores radiantes y el trabajo sobre el clima de una obra.
La muestra de Adriana Minoliti (1980) que exhibe la galería Daniel Abate, trata sobre la condición «eterna» y a la vez cambiante de la pintura, sobre el placer que depara su propia materialidad. Desde hace ya varios años, el abanico que abren las nuevas -y no tan nuevas- tecnologías, el auge del arte conceptual y el político, amenaza a la pintura con el destierro. No obstante, y si bien es una técnica que suele quedar relegada a un segundo plano, sobre todo en sus expresiones figurativas y en contextos donde se privilegia la condición espectacular de las obras, los artistas recurren a las estrategias más diversas para mantener su vigencia. Mientras unos perseveran en el formato del «cuadro» tradicional, otros, utilizan dispositivos que les ayudan a crear imágenes con poder de seducción retiniana, que deslumbran al espectador.

Minoliti cree que la pintura puede resistir todos los embates y, con esta convicción, invoca la historia de la propia pintura, vuelve la mirada hacia atrás y, sin salir de su propio campo de acción, trabaja en una dimensión monumental. Su primer acierto consiste en ir al rescate de la pintura mural; el segundo, es el uso de colores radiantes; el tercero y, no menos importante, reside en el clima de una obra, que, invita a imaginar una historia.

De este modo, sobre una superficie de 10 metros de extensión por 2,50 de altura, Minoliti pinta la imagen figurativa de un extenso y colorido paisaje y la combina con formas decididamente abstractas, con los elementos de la «metafísica sexy», término que acuñó Diana Aisenberg hace unos años para denominar una obra que hoy se ha vuelto difícil de clasificar. Los desolados paisajes de entonces, tenían como referentes a Hopper, Roberto Aisenberg o De Chirico; el paisaje actual, con su vivacidad y energía, está habitado por abstracciones.

El tamaño no sólo acentúa el poder de choque característico de la pintura mural, también le agrega atractivos que sorprenden al espectador, condiciones que los gratos y pequeños dibujos y collages nunca habían alcanzado.

Minoliti utiliza recursos del diseño, procedimientos digitales y del cine; pone a su servicio los efectos especiales, la estética del video- juego, la animación, la historieta y la publicidad; se sirve de las revistas de decoración y el erotismo.

«Necesitaba producir algo más potente», relata la artista. Ya tenía la idea del paisaje con rocas que culmina en la selva, poblado por figuras geométricas», agrega. El erotismo aparece en los triángulos y otras formas geométricas que se cruzan o atraviesan, se ablandan, chorrean con la densidad de los fluidos orgánicos, y acaban por conjugar un constructivismo juguetón con las evocaciones sexuales. «Me interesa que el paisaje romántico del fondo entable un diálogo con las figuras», señala la artista.

Así cuenta el proceso que comenzó en 2009, cuando ganó la Beca Creación del Fondo de las Artes, 10.000 pesos, que gastó en materiales. «Hice maquetas, no quería dejar librada la obra al azar», reconoce Minoliti. La muestra se llama «Playroom» y el mural «Figuras sobre selva». Una extraña instalación completa el montaje: la enigmática cabeza de un maniquí que yace sobre un pedestal, otro elemento figurativo. En el vasto territorio del mural, Minoliti logra articular la figuración con la más plena abstracción. Sin prejuicios estilísticos crea una imagen que la distingue: escenográfica, teatral.

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